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Te veo, Abuela

Martes, 16 de Enero 2018 - 15:00

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Silvia Alicia Balbuena

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En estos tiempos de recuerdos y añoranzas, después de las tradicionales fiestas, surge la figura señera de mi Abuela.

Margarita tu nombre argentino. Barbara el austríaco.

Mamá de mi mamá.

Cuando yo nací tenías un poquito más de 50 años. Y siempre te veo viejecita. No pude verte nunca mujer, siempre abuela. Chiquita. Pequeños y profundos ojos celestes transparentes. Cabellos largos, largos… grises, que no conocieron la peluquería. Te veo peinándote por la mañana con suavidad y empeño y hacerte con maestría tu inconfundible rodete. No me acuerdo de haberte visto con alguna ropa distinta a tus vestidos de todos los días negros, largos, sin ningún detalle y a los dos que tenías para las grandes ocasiones: el negro con cuello de encaje y el de pintitas con algún detalle. Te veo en tus fotografías familiares siempre así: de oscuro y de rodete canoso, con una sonrisa suave y una vejez precoz digna.

No tenías nada material. Tu vientre extranjero dio 12 hijos a esta patria argentina y tuviste quince nietos. A la muerte del abuelo no te quedó nada. Tu casa de la calle Cangallo de Rosario era un departamento alquilado de pasillo de dos habitaciones que daban a un patio: una era tu dormitorio con el juego de muebles de tu casamiento y una camita turca adicional y la otra el comedor de amplia mesa, aparador tradicional y seis sillas, en él estaba el viejo sofá cama donde durmió tu hija Ana hasta tu muerte. Cómo jugábamos todos los primos en ese sofá: guerras de cosquillas y de almohadas, concursos de saltos en alto, arrorró a los muñecos, charlas preadolescentes. Creo que en esas ocasiones vi tus únicos enojos y tus retos firmes cuando la cama corría peligro. En el comedor estaba cual insignia el retrato del abuelo Ian (castellanizado Juan) que junto a las anécdotas y a las historias era una figura constante en el hogar. También al patio daban la cocinita, el baño con sólo un inodoro, una ducha con calefón eléctrico (el único lujo de la casa) y un espejo. En el patio, que contaba con un tradicional alero, estaba la pileta de la ropa (único confort de la época sin lavarropas ni secarropas) que delante del baño funcionaba también como su lavabo. Y en un rincón… ¡el galponcito! Era objeto de todas nuestras fantasías: ahí no nos dejaban entrar. Lógico, las travesuras de los niños hubieran hecho estragos en todo lo que guardabas, ése era tu lugar sagrado. ¿Qué tesoros escondía? Ya más grande pude ver que sólo había algunas herramientas y algunos trastos viejos. Pero allí estaba: ¡la fusta! Colgada en la pared era la amenaza constante con que nos disciplinabas, jamás vi que la tocaras, pero era motivo suficiente para que con su solo nombre fusta la “tropa” se encuadrara. Todo daba al patiecito. Todo era precario, humilde, pobre. Sin embargo, nunca lo vimos así. Era tanto lo bueno que allí vivíamos que no percibíamos lo que faltaba. Era tu casa, la casa de la abuela.

Allí nos reuníamos, allí la mesa congregaba al familión. Y dormíamos todos en camas improvisadas. Nada necesitábamos en medio de tan pocas cosas. Éramos felices sólo con compartir con vos y compartirnos todos. Navidades, Día de la Madre y tu cumpleaños eran las fechas infaltables en las que nos gozábamos. Te veo ir envejeciendo, aminorando el paso, sostenerte de las paredes, usar el bastón… Pero siempre acogedora y vivaz, siempre feliz por tenernos.

Recuerdo de esos días la algarabía de los fuegos artificiales que hacían círculos incandescentes colgados de los árboles, las cañitas voladoras transformadas en buscapiés que nos asustaban, las chapitas con pólvora colocadas en las vías del tranvía que pasaba por la esquina para provocar estruendos, el canario dorado que siempre estuvo en tu arbolito navideño, que no dejó de estar en el mío hasta hoy desde que te fuiste y que ya legué como símbolo a mi nieto mayor: Roman. La espera ansiosa, entre alegre y asustada, de los regalos del Niñito Dios. Los ravioles caseros que mi mamá preparaba con mi papá o los peroé de tu cocina europea que me fascinaban y sólo los comí en esas ocasiones. Los chopp de las tardecitas comprados de El Alemán. El viaje de recorrido completo en el tranvía Nº 2  en el que nos llevaba el tío Héctor saliendo desde tu casa junto a todos los primos. Los regalos – una muñeca y una pelota de goma rayada- que arrojó Perón desde el tren, en la esquina, donde pasaban las vías que unían puntos extremos de este enorme país y hoy sólo son un recuerdo reemplazadas por la Avenida de la Travesía. El pan quemado y el “pelente” para ahuyentar a los mosquitos, ceremonias rosarinas ya que en mi pueblo los mosquitos no existían. Los momentos imborrables en los que me peinabas con suavidad y cariño mis largos y enmarañados cabellos (creo que me los enmarañaba para esclavizarte con tu peine). Las tardes de playa en el “Crotin” –balneario muy precario que así se llamaba parafraseando a la palabra croto: hombre que vive en la calle-, donde hoy están los paquetes clubes de la costa y donde fueron mis primeras experiencias en la arena.

Y al lado de la casa: ¡la escuela! Desde el pasillo con altas paredes podíamos escuchar los bullicios de los recreos y de las horas de Gimnasia. Y saliendo a la calle, al lado de la puerta de ingreso a los departamentos, el portón del fondo de la escuela. De rejas, se podía ver hacia dentro. Muy pequeña me quedaba absorta largos ratos mirando en el patio a los niños en guardapolvos blancos, típicos de la escuela pública argentina de Sarmiento, el Gran Maestro de América. No recuerdo mis pensamientos, pero sí ese encanto que el patio con los chicos me producía. ¿Ya estaría naciendo esa plenitud que la escuela me dio a lo largo de 55 años? Las cosas no suceden porque sí, tal vez ser tu única nieta mujer de hija mujer hizo que estuvieras ahí, al lado de la escuela, despertando sin saber ni pensar mi vocación docente. Y, ¡oh casualidad!, tu muerte, repentina, sin enfermedad, se produjo cinco días antes de mi Acto de Graduación como Maestra. La vida me quitó en ese momento una de las personas incondicionales que más amé pero me dio el comienzo de la gran pasión de enseñar por profesión que abracé como estilo e historia de vida.

Te veo… Digna en tu pobreza y en tu soledad. Digna como madre y como abuela. Digna para hacernos felices sólo con los afectos. Digna en el dolor cuando murieron tus hijos Teresita y José y en la difícil misión de criar una hija discapacitada en aquellos tiempos. Digna para acogernos a todos en tu regazo cuando parecía que tenías tan pocas cosas para dar. Digna para recordar con añoranzas la campiña verde de tu Austria natal y para superar los dolores que la guerra dejó en tu suelo. Digna para vivir y hacernos vivir con integridad.

TE VEO en todas tus dignidades y tus afectos… Orgullosa, soy tu nieta.

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Número 18 - mayo 2018
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