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Salario mínimo

Martes, 28 de Noviembre 2017 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Muchas veces he ganado el salario mínimo, pocas veces mucho más que eso. No recuerdo cómo hice y qué pasó para que todavía ande deambulando por este mundo, menos puedo entender cómo hacen aquellas personas que no tuvieron la suerte de la educación y el apoyo de la familia.

Es un triste asunto esto de saber que, por una jornada de trabajo solo se reciban poco más de ochenta pesos. Más decadente es saber que, los millones que tienen ese raquítico sueldo trabajan a lomo partido durante toda una semana, pagan impuestos en nómina, y en todos los productos y servicios, y no tienen la vida que merece su trabajo, ni un patrimonio asegurado.

No hace muchos días, platicaba en la esquina con algunas personas que esperábamos el transporte público. Era sábado de noviembre al medio día con calor de verano desértico, por lo que el tema era ese, el clima.

Se unió al grupo de espera, un albañil contento, sus manos ajadas por el cemento y con los cabellos salpicados de pintura. Digo contento porque llegó saludando como si todos fueran sus amigos, una persona le dijo de mala gana que el calor la tenía de mal humor y que su sonriente rostro no le era agradable.

El albañil no dejó su amabilidad y comentó que estaba muy emocionado porque había logrado poner una gran cantidad de ladrillos en la barda y había pintado tres paredes de la construcción en la que trabaja. Dijo que su raya era tan buena que iba de camino a comprar zapatos, unas libretas y una mochila nueva para su hijo y que además, a su señora le alcanzaría muy bien para el gasto de casi dos semanas.

El hombre mayor de buen vestir junto a nosotros dijo que su semana fue muy mala, que ni siquiera sintió las ganas de asegurarla en su cartera, sacó del bolsillo de su camisa tres billetes de doscientos pesos y nos los mostró con gesto triste.

La señora de los tacones verdes dijo que venía de dar unas clases de regularización en matemáticas a dos chiquillos, y que tenía cuatrocientos pesos en su bolsa y el cambio para el camión.

Un joven, con zapatos lustrados y corbata dijo que había terminado su carrera hace unos meses, que no podía encontrar trabajo porque el sueldo que le ofrecen es muy bajo, dijo que ya no le dan descuento en el transporte público porque ya no es estudiante y que le tiene que estar pidiendo a su papá cada vez que va a una entrevista.

El albañil confesó con la misma alegría que traía seis mil pesos y que era el pago de una semana con cinco horas de trabajo cada día. Dijo que a él le pagan a destajo, que no siempre gana lo mismo y dijo que, en la misma obra, la esposa del arquitecto manda a su empleada doméstica a vender burritos, tortas y refrescos a los trabajadores, y que los sábados va otra señora a vender ropa usada y que hasta un chamaco vende cervezas. Contó que él nunca compra nada porque se acuerda que su papá le platicó de las tiendas de raya. Dice que no quiere regresarle el dinero al arquitecto, que mejor lo deja en su colonia, en su rumbo, para ayudar a sus vecinos que venden cosas que su familia necesita.

El hombre de buen vestir, la señora que educa a domicilio, el albañil, el joven universitario y yo, nos subimos al camión. En el trayecto, pensé que el mundo es muy cruel con quien ha hecho esfuerzos para ir a la universidad, es muy cruel para una señora que educa niños a domicilio, es cruel y doloroso para un hombre entrado en años que no puede proveer y proteger económicamente a su familia y es muy cruel porque me los encuentro, y eso hace que me duela mi país.

Todos somos o fuimos cada uno de ellos. Con educación o sin ella, con preparación o sin ella. Tantas veces que subimos al transporte público con las monedas justas para pagar el pasaje o las veces que llenamos el tanque de gasolina del auto propio. Fuimos o somos los que alguna vez derrochamos y también somos o fuimos los que, con harto dolor y agotamiento, cobramos un mísero sueldo.

Ese sábado me alegró alguien que cobra a destajo y no se endeuda en los puestos de raya, alguien que se llena de cemento y pintura. Me alegró un albañil con escolaridad primaria que está contento porque no compró cervezas y puede comprar zapatos para su hijo y me alegró porque cuando subió al camión, pagó el pasaje del joven universitario.

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Número 12 - noviembre 2017
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