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Prisión

Martes, 04 de Septiembre 2018 - 15:00

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Silvia Alicia Balbuena

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La discapacidad puede ser un muro infranqueable o una oportunidad…

Estrenando su Audi blanco 2018 Héctor atraviesa el viejo y tradicional Arco General San Martín. Como siempre que vuelve se emociona. Como cada vez que regresa vuelve a sentir un aleteo en su interior, una mezcla de dicha, desolación, expectativa.

En 1986 lo atravesó por primera vez. En ese momento estrenando el Renault 9, modesto, rojo, el que se pudo comprar en esos tiempos de lucha. Pero llevando dos tesoros, sus pequeños hijos Mauricio y Federico, de dos y cuatro años y con la compañía de su esposa, una rubia de ojos claros parecida a aquella de primer grado inferior de sus coplas de la vida. Todavía le parece verlos disfrutar en esa Miramar, justamente llamada la Ciudad de los Niños.

Héctor desacelera el Audi y pierde la mirada en ese mar que lo fascina. Recuerda. A sus seis años, en compañía de la prima Liliana de diez, desde su Rosario, viajaba en ómnibus a Buenos Aires donde los esperaba la mamá de Liliana. En Campana tuvieron un terrible accidente. Iba  dormido y sólo escuchó ruidos y gritos, se vio tirado en la banquina, con un dolor lacerante en su pierna derecha, caras desconocidas brindándole cariño y auxilio, sirenas, camillas, ambulancias y nada más.

El despertar fue muy duro: había perdido su pierna derecha y supo después que Liliana había fallecido. El dolor de su tía y el confortante cariño de su madre, lograron sacarlo de un pozo que de seguro iba a ser difícil. Abrazó la vida con la alegría de tenerla. Suele decir: -Si algo dispuso que yo me quedara, lucharé- mucho en Dios no cree y mucho menos por esa circunstancia de tantas pérdidas.

Su familia: sus padres y sus dos hermanos mayores, asumieron la adaptación de un niño tan pequeño a una vida que se presentaba dura. Y lo criaron libre, feliz, sin complejos ni ataduras. Terminó el secundario y estudió abogacía. Su familia nunca le hizo sentir que no podía, le enseñaron a poder todo. Era tanta su fortaleza, que sus amigos lo conocieron y lo admiraron luchador, práctico, entusiasta. Experimentó nadar en río y mar, ese río marrón de su ciudad y ese mar azul de Mar del Plata que cobijaron sus fechorías y lo desafiaron. Aprendió a jugar ping pong y paddle, a componer versos y canciones, a cantar y tocar la guitarra, a ser un asiduo participante de las peñas folklóricas rosarinas y de las reuniones de amigos con sus cuerdas a cuestas, el vino en la mesa y alguna muchacha para acompañar, a cantarle a la vida junto a su Paraná en noches de grillos y a cantarle a su Paraná en las arenas del río Uruguay de Paso Vera en Concepción.

Apenas pasados los treinta se casó y empezó una vida de nuevas luchas.

Con sus pequeños hijos, en aquel Miramar del ´86, retomó su placer del mar de su niñez. Volver a plantar la sombrilla, nadar detrás de la rompiente, barrenar las olas, hacer castillos y autitos en la arena. Pero ya no sólo para él, sus dos niños lo miraban embelesados y reproducían su modelo.

Cuando se adentraba en el agua, iba saltando en una pierna con un niño tomado en cada mano que saltaban a su ritmo, eran un canto a la vida y al todo se puede.

Una tarde, en la muy paqueta Playa Ibiza, debajo de una sombrilla, junto a su madre y su tía, sentado en un sillón, solitario, triste, con el entrecejo fruncido, Sebastián los miró. Acarició sus muletas y sintió un aleteo. A él también le faltaba una pierna. Él también sentía el dolor de la discapacidad. En el invierno cercano, por un tumor que avanzaba sobre su fémur, amputarlo fue lo único que los médicos pudieron hacer.

La mamá de Sebastián, una bonita y distinguida señora, se le acercó a Héctor: -No sabe lo que usted significa para mi hijo. Lo mira y me dice que él también puede ser papá- entonces Héctor se arrimó a Sebastián, le tocó la cabeza, lo miró con mirada cómplice y gesto tierno: -Macho, no hay problema cuando la vida te quita algo de lo que tenemos dos.

Sebastián rió por primera vez en mucho tiempo. Y tal vez también soñó por primera vez en mucho tiempo.

Los días que siguieron notó que trataba de dejar las muletas, andar por la playa a los saltos, meterse al mar, charlar con otros jóvenes y hasta saltar detrás de una pelota con la paleta playera igual que él. Solía saludarlo desde lejos con la mano en alto con los dedos en V. Su mamá sonreía. Héctor se reconfortaba

Después de ese verano, volvió muchas veces a Miramar, una ciudad a la medida de los niños y la familia. Ese lugar tan especial acompañó el crecimiento de sus hijos y algunos viajes con su esposa cuando Mauricio y Federico empezaron a veranear con sus amigos. Le gusta esa ciudad diseñada y plantada igual que La Plata, con sus amplias plazas y sus diagonales, su magnífica costa donde se enmarcan al sur los señoriales chalets de su fundación y al centro y al norte sus imponentes edificios testigos de su crecimiento, las cabalgatas en el Parque de los Patricios, las bicicleteadas por la ciudad, las lecturas a la sombra de los pinos y eucaliptos del Vivero Dunícula, las pequeñas caminatas hasta la Gruta de la Virgen, los palitos danzando en el Bosque Energético, las pescadillas y las corvinas peleando en el extremo de la caña en el viejo Muelle de los Pescadores. Lugares y experiencias salpicadas por las risas de sus hijos, las fotos de los recuerdos, las sonrisas de los buenos tiempos. Siempre que volvió a Miramar buscó a Sebastián. Siempre deseó que su figura delgada apareciera desde una sombrilla adentrándose en el mar. Nunca lo volvió a ver.

Estaciona el Audi blanco. Toma a sus dos nietitos de la mano. Bajan a la Playa Ibiza. Lo busca. Con la escondida ilusión de que volverá a ver a Sebastián, en su fantasía de la mano de dos pequeños niños. No lo encuentra.

Esta vez, como cada vez que las estrepitosas olas de un mar intensamente azul, frío, eterno, imponente, se deshacen en mil estrellas contra las piedras de las escolleras y se desvanecen en espumas en la arena y el cielo se afana en ser más azul que el mar, piensa en Sebastián. Siente su mirada triste y la mueca de su sonrisa. Sabe que en aquel verano le serruchó los barrotes que lo aprisionaban y le desplegó las alas de la esperanza. Y no sabe nada más…

Ya sin saltar, apoyado en muletas y acompañado por su esposa, se mete en el mar de la mano de sus nietos. Sueña. Tal vez alguna historia vuelva a repetirse.



Número 23 - Noviembre 2018
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