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Mis fantasmas

Miércoles, 28 de Noviembre 2018 - 17:30

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Silvia Alicia Balbuena

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Aeropuerto de Rosario. Mediodía frío y expectante. Mi vuelo de LATAM salía con una hora de retraso, no importaba, en mi largo viaje de más de treinta horas y tres escalas, era una espera más.

    Aeropuerto de Sao Paulo. Primera escala. Aterrizaje sin problemas. Había pedido silla de ruedas, por si las piernas en el extenuante trajinar, no me respondían. La azafata, muy amablemente, nos retuvo con un trato preferencial a los cinco pasajeros que estábamos en esta situación  y nos encargó a alguien de la empresa en las puertas del embarque.

    Las sillas no aparecían. Los minutos pasaban y se devoraban mi calma. Empecé a gritar, nos tranquilizaban. Ya se estaba consumiendo la hora que tenía para el trasbordo… y yo quieta en un rincón. Mi desesperación me hizo gritar nuevamente y un personal jerárquico me dijo que me apurara, junto a un negro que iba a llevar a una anciana en la única silla que trajeron. Con voz firme, mientras hablaba por teléfono, me dijo:

    –Si se anima, corra.

    Lo que no había hecho con tiempo y paso tranquilo, lo hice corriendo con desesperación y sin aliento tras el negro y la silla. Pasillos, hall, negocios… iban desfilando ante mi agotamiento.

    –Yo sigo para allá, corra al mostrador de United Air Line – me dijo en una media lengua que apenas adiviné.

    Me acerqué y la empleada, de impecable trajecito azul, me dijo:

    –La rosarina… su avión es ése, que está levantando vuelo.

    A través del enorme ventanal vi luces desplazándose, junto a mi corazón que latía desbocado y una angustia que me paralizaba.

    –¿Y mi equipaje?

    –Está acá, no se despachó.

    –¿Y qué vuelo tengo?

    Mirando su computadora analíticamente, me respondió:

    –Recién mañana a esta misma hora, pero con cambio de destino, en lugar de Chicago, Nueva York.

    Mil ideas en torbellino me asaltaron. Los vestíbulos estaban vacíos, sólo impecables trajecitos en algunos mostradores y hombres de color con pecheras por todos los espacios. Duros sillones vacíos alineados, no eran una confortable opción.

    Tenía calor por el cambio de clima, estaba agotada. Sentía que la desesperación me ganaba. Desvalida, sin idioma, sola, con muchas horas para gastar. Me miraba las manos, temía que se forraran de pelos y pezuñas ya que sentía que me estaba transformando en un monstruo capaz de venganza. Menos mal que no era noche de luna llena… Me abracé a mi cartera, recordé las palabras de mi cuñada: “Llevate alguna muda, por las dudas” (suelen ser brujas las cuñadas…).

    –La compañía que no la trasladó, debe hacerse cargo.

    Empecé a caminar por enormes espacios, hombres con pecheras trataban de ayudarme con su lengua que no entendía. Puertas de enormes ascensores se me abrían y cerraban. Todo constituía ejércitos de robots amenazantes. Seguía mirando mis manos… Llegué finalmente al mostrador de LATAM, presa de una crisis de llanto, llanto que logré calmar, pero no las preocupaciones.

    Me reprogramaron el vuelo, me dieron traslados, alojamiento y comida. Pero como las computadoras ya no andaban, todo en precarios papelitos manuscritos con claves. La nada misma. Lo único mío y seguro, mi cartera, a la que me aferraba con ahínco rogando no transformarme en el monstruo que sentía crecer en mí.

    –Siga por este pasillo, doble a la izquierda, encontrará Aduana y Migraciones, haga los trámites y llegará a un muro amarillo.

    Comencé el trajinar. Anduve por largos pasillos repletos de carteles en portugués e inglés que trataba de adivinar para avanzar.

    Finalmente me sacaron la foto, me tomaron las huellas digitales (parecía que seguía siendo persona) y encontré el muro amarillo de salida. Me iba a subir al taxi cercano, ¡pero no!, ese era el último, me correspondía el primero que estaba en una larga hilera de tres cuadras. Cada avance era como un retroceso. Me acordé de mi abuela. De niña me contaba cuentos que comenzaban Había una vez… pero ya más grandecita me decía Genovesi despertaba los mismos fantasmas… y ahí me lanzaba historias que me asustaban. Creo que mi abuela, con su sabiduría, me estaba preparando para  momentos como este, donde a cada instante aparecía un fantasma nuevo que me podía transformar en un monstruo. Trataba de calmarme abrazada a mi cartera… ¡Ay, mi cuñada que me la había hecho preparar por las dudas!... y ese por las dudas lo estaba viviendo.

    Le entregué el papelito al taxista. Tomó autopistas de varias manos. Las luces se entrecortaban con intensas oscuridades. Era de madrugada y el sonido de las ruedas sobre el asfalto despertaba nuevos fantasmas.

    Se me estrujaba el alma… Si él quisiera, me llevaba a una de las cunetas y podría hacer de mí a su antojo. Recordaba la voz de una amiga que decía si te quieren violar, relájate y goza… y otra decía que no, que esto los enardece, pero otra voz también decía que si peleas, los incentiva. El pecho se me contraía.

    Salió de la autopista, tomó unas callejas oscuras y entró a una construcción. Me paralicé aún más. Era igual al motel que habían inaugurado en mi pueblo cuando era una adolescente. Finalmente aparcó frente a un enorme hall vidriado.

    Las luces, la calidez de la recepcionista, la buena cena que me ofrecieron, la excelente habitación en la que me alojaron, todo junto y de a poco, empezó a diluir mis tormentosos fantasmas que me convertían en una bestia irracional y a punto de ataque.

    La ducha y la muda limpia que llevaba en mi cartera (no resultó tan bruja mi cuñada), me acomodaron en el mundo real. Y ya los miedos intensos guardados para el día siguiente, con nuevos trámites, empezaron a menguar.

    No sabía que aún me esperaban muchas aventuras… pero ya sin bestias dominándome, creo que se me fueron por la rejilla de la ducha reconfortante.

Silvia Alicia Balbuena

silbalbuena@hotmail.com

@silvialibal



Número 23 - Noviembre 2018
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