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Marzo

Martes, 06 de Marzo 2018 - 16:00

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Silvia Alicia Balbuena

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Hay objetos, momentos, espacios, que en hologramas circulan por mis latidos en forma de recuerdos. Aparece nítido el almanaque de mi niñez. Sobre un fondo oscuro –a veces rojo, a veces azul- con letras doradas figuraba el nombre de la Cooperativa Agropecuaria –no éramos socios, sólo buenos vecinos y nos lo regalaban-; tenía los tacos de los días y los meses. Una a una las manos de mi padre diariamente arrancaban las hojas, eran como alas que se depositaban junto a mi taza de desayuno y yo leía el santoral, la horas del sol y, en su reverso, refranes, citas literarias, versos de nuestro Martín Fierro. Siento que de a poco esas pequeñas lecturas me fueron introduciendo al pensamiento formal, racional, filosófico. Aparece también con nitidez esa imagen del último día del año, cuando los tacos habían desaparecido y el almanaque se cambiaba; formaba parte del ritual de la Nochevieja. Hoy los almanaques de pared casi desparecen, en un click de un aparato tecnológico, el calendario y la agenda son visibles en una pantalla. Y uno siente que el tiempo se va comiendo todo.

 

Frente a esas hojas que van cayendo en mis recuerdos y estas nuevas maneras de información, me pongo a pensar qué es el tiempo. Hay una expresión jocosa que dice “el tiempo sin ti es empo”; de alguna manera es verdad, porque el tiempo es tiempo con el otro, siempre el tiempo es compartir.

El tiempo es esa sucesión de acontecimientos que nos deja recuerdos y arrugas, que nos da y que nos quita, que nos permanece y que nos cambia. Esa magnitud que no podemos tocar, ni guardar, ni recortar, ni cambiar. Que para medirla sólo se pudo establecer una definición de su unidad, nadie puede guardar en un anaquel del Museo de Sevres en París una cajita con un segundo. Cuyo instrumento de medición llamado reloj es una entelequia, un invento, capaz de esclavizarnos maníacamente, y que sólo nos establece con su tic tac y sus eternas agujas, sus campanadas, su números digitales un avance, sin fisuras, sin modificaciones, sin retrocesos.

 

De ese cúmulo de recuerdos que me danzan, me detengo en una hoja: Marzo. Mes muy especial para mí, y creo que también para el devenir de mi pueblo. El eje de la tierra va cambiando su inclinación y el sol que nos daba de pleno va mutando al hemisferio norte; sus rayos empiezan a llegarnos más oblicuos. Los meses de diciembre, enero y febrero, nuestro verano argentino, con su cuota de tórridos calores, las vacaciones con largas mateadas o vasos de espumante cerveza, arenas y aguas, las largas horas que sólo fluyen en ocios, lecturas, descansos y actividades diferentes, se van terminando. Los días son cada vez más cortos, la oscuridad de la noche se va alargando. Las tardecitas toman ese encanto de la tibieza de un sol suave que nos invade, el cuerpo y el alma.

En Marzo comienza el ciclo lectivo. Por 55 años de mi vida fue un hito en mi cotidianeidad. Como alumna, docente, madre. Hoy lo sigue siendo, en parte,  como abuela. Marzo es olorcito a tostadas con manteca y miel de desayuno y a papeles de cuadernos y carpetas, es color de pinturitas y mochilas cargadas de útiles y sueños. Es revoloteo de guardapolvos blancos de nuestra escuela de gestión pública argentina –escuela de esencia sarmientina- y de uniformes de escuelas de gestión privada. Es horario y apresuramiento, despertadores y relojes que nos apuran.

Marzo es también una convocatoria de amarillos, rojos, ocres, dorados. Los grandes árboles de mi zona empiezan a ver morir sus hojas y en un obsequio de llanto cicatrizado nos cubren las veredas, los jardines, los paseos, dibujando una alfombra dorada. Me gustó siempre hundir mis pies en ella, fluir con esa sensación de pertenencia de la belleza de una vida que se transforma. Hoy me gusta sentir crujir esa alfombra bajo mis pies y lanzar al aire esas palomas de oro de la mano de mis nietos. Cada vez que ando por ellas recuerdo los versos del poeta: “Es una fantasía tanto oro sin dueño”. Me mimetizo con esos dorados crujientes, siento que mis años tan dorados son la misma fantasía, la misma belleza que quiere renovarse, el mismo esplendor de los ocasos…

Marzo ha comenzado. En este hemisferio sur una fantasía de oro nos penetra en la vida. Vivámosla felices.

Y frente a la magia de marzo vuelven a emerger versos…

 

O T O Ñ O

-Siglema*-

 

Oropel de luz.

Dorados rojos ocres

tus hojas lloran.

 

Titubeantes

fragorosas fogatas

frías estrellas.

 

Oro reluces

cálido y crujiente

renaces en mí.

 

Ñomos del bosque

danzan sus travesuras

entre fulgores.

 

Oh, tan dorada,

tú, mágica estación,

bruñes recuerdos.

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Número 17 - abril 2018
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