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Los gritos de la palabra en San Lorenzo

Martes, 15 de Mayo 2018 - 15:30

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Silvia Alicia Balbuena

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El Padre de la Patria, como se lo llama al Gral. Don José Francisco de San Martín, nació en un pueblito del noreste de Argentina: Yapeyú, Provincia de Corrientes,  el 25 de febrero de 1778. Trasladado con su familia a España, allí se educó, abrazó la carrera de las armas y tuvo sus primeros contactos con el ideario patriótico americano, hasta con el mismísimo Servando Teresa Mier, mexicano afincado en Londres. Con la fragata Jorge Canning arribó a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 y ya el 16 de marzo el Triunvirato, gobierno de ese momento, lo designa Comandante del futuro Escuadrón de Granaderos a Caballo, cuya creación, organización y preparación constituyó una verdadera obra maestra del genio sanmartiniano e hizo del Regimiento la piedra fundacional de su gigantesca empresa. Fue el artífice de la táctica para preparar los hombres base de sus sueños libertadores. Él personalmente los instruía, tanto en la ciencia de la guerra como en el culto al pundonor y al coraje, bajo una severa disciplina que él era el primero en cumplir.

El combate de San Lorenzo fue la única acción guerrera cumplida por San Martín en el suelo patrio. El 3 de febrero de 1813, en esta localidad de la provincia de Santa Fe, distante 27 km de mi ciudad de Rosario, se libró el combate contra fuerzas realistas que iban remontando el río Paraná y que fueron vencidas por las fuerzas de los Granaderos.

Siguieron después la hazaña del cruce de la Cordillera de los Andes, numerosas batallas y escaramuzas, guerras de espías, vínculos con el chileno Bernardo O´Higgins y con Simón Bolívar, otro paladín de la libertad de América.

Con sus acciones militares San Martín y sus Granaderos aseguraron la libertad de Argentina, Chile y Perú.

El Ejército Libertador, con sus uniformes andrajosos, desconocido por los gobiernos, y con la gloria en sus canas, regresó a Mendoza el 4 de febrero de  1823. Pocos años y muchas acciones le bastaron para tan enorme proeza.

Para no involucrarse en luchas intestinas que conmovían a su patria, partió rumbo a Europa y se afincó en Boulogne-Sur-Mer, Francia, donde murió en compañía de su hija, su yerno y su nieta el 17 de agosto de 1850.

Los restos de San Martín regresaron al Puerto de Buenos Aires en el Vapor Villarino el 28 de mayo de 1880 para ser trasladados al Mausoleo definitivo donde hoy descansan en la Catedral de Buenos Aires, frente a la Casa de Gobierno, Plaza de Mayo por medio. Cuentan que fueron escoltados de incógnito por siete de sus granaderos, ya casi ancianos, que vivían en Buenos Aires.

Ahora una anécdota actual: En la ciudad de San Lorenzo se celebró el 6 de mayo, en una jornada artística, el 10ª Aniversario del evento “La palabra sanlorencina a favor de la paz”, ocasión en que se presentara la Antología Poética “Los gritos de la palabra”. Dada la ciudad impregnada de la primera historia sanmartiniana y mi fervor por éste, nuestro héroe argentino, publiqué en la Antología el siguiente poema:

Los siete de Don José

Ayer. Siete ancianos sobrevivientes

visten con garbo sus andrajosos uniformes,

montan sus caballos, dejan correr sus lágrimas,

se hinchan el pecho de cariño y respeto

y hacia el Puerto van. El vapor Villarino desde Francia

trae los restos de su general, su guía, su hacedor.

Ese que en cientos de jornadas inmortales

los condujo a la libertad y la gloria,

les enseñó la espada y el honor.

Hasta su tumba lo escoltan

toda la noche son su guardia, ¡loor!

Don José, su amado jefe, ya descansa en su suelo.

Sin nombres, casi sin historia,

al alba se diluyen,

tan nada como se sentían,

tan todo como lo que eran...

 

Hoy. Un pueblo los venera. Allí van.

Desde la Casa de Gobierno a La Catedral.

Son siete, como aquellos siete.

Llevan del soldado la hidalguía,

en sus uniformes la historia,

de su Regimiento la gallardía.

Marcha con ellos su pueblo

con un grito silencioso de admiración.

El Gral. José de San Martín,

Don José, su jefe,

tiene en sus Granaderos, emocionados,

en el cielo de su Patria, eterna protección.

 

Finalizo con una reflexión que tengo cincelada y que repito cada vez que hablo de nuestro Gral. San Martín: “Que cada argentino sepa amar como él amó, sepa luchar por lo que él luchó, sepa renunciar por lo que él renunció”

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Número 17 - abril 2018
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