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Las metidas de pata. Que corra el gag reel

Martes, 30 de Junio 2015 - 11:00

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Diana Morales Morales

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Cómo hay cosas que incomodan a uno, ¿no? Ya nadie dice "hacer el oso", al menos yo no ni nadie que conozca, pero a eso me refiero, sólo que la palabra "incomodidad" es un concepto más amplio, es más... existencial. Y es que encima de la incomodidad (o torpeza) característica de alguien son las situaciones que no podemos controlar. No sé si sea mi idea pero parece ser un tema que se ha puesto de moda en los libros, en el cine y la televisión, sobre todo cuando se trata de la representación del género femenino, ¿o me lo estoy tomando muy personal? Creo que el género literario "adulto joven" tiene su parte de culpa en estos tiempos y, si está basado en la realidad, ahora resulta que somos una generación de mujeres torpes e inadaptadas, una idiosincrasia que nos hace ver adorables y carismáticas ante nuestro galán. No sabría ubicar en qué punto de la historia tiene origen este estereotipo (¿Lucille Ball?) que pudo haber empezado como comedia física pero se ha deformado tanto que nuestras protagonistas han quedado reducidas a simplonas, indefensas y tontas. ¡Voy! No me quiero poner intensa, todo esto lo digo como preámbulo a los momentos de torpeza/oso/incomodidad que he pasado (y he hecho pasar) y que me gustaría compartir.

Me decidí a tocar el tema por una plática que tuve hace meses con unos compañeros y con mi mamá respecto a mi discurso de graduación. Tal vez no lo digo lo suficiente pero cuando iba en prepa mis calificaciones eran pésimas, por suerte eso no era impedimento para que fuera "valedictorian" en inglés, digo por si andaban con el pendiente, y con todo y todo me las arreglé para avergonzar a mi familia. Mi idea era hacer algo digerible, lo último que quería era escribir un discurso larguísimo, y solemne, mucho menos sentimental porque yo estaba eufórica, así que opté por la comedia. Y cuando digo "comedia" quiero decir "tonterías", no voy a insultar su inteligencia citándolo. Así que ahí estaba yo en toda mi gloria adolescente, frente a directivos, maestros y padres de familia, hablando mi verdad mientras el teatro estallaba en risa, unos porque me entendían y otros porque el de junto se reía, el punto es que nos estábamos divirtiendo, o eso creía yo. Cuando vi a familia al final de la ceremonia me recibieron con sonrisas tibias. Mis papás decían "los directivos te veían horrible" y mis tías "¡niña! ¿qué tanto dijiste? ¡qué barbaridad!" Después, para olvidar el embarazoso momento, quisimos ir a desayunar; era de vital importancia evitar encontrarnos a alguien después de la vergüenza que les hice pasar. Cuando nos decidimos por un lugar lo suficientemente alejado del rumbo lo primero que vimos fueron mesas y mesas ocupadas por mis maestros y directivos. "No lo puedo superar" sigue diciendo mi mamá. Y eso que leí la versión censurada.

Cuando entré a la universidad, algo que me resultaba increíblemente difícil era acostumbrarme a memorizar nombres y caras. No era una escuela muy grande pero casi todos los días durante cuatro años conocía a alguien; el conocido del conocido y el conocido del conocido del conocido. Lo más desesperante era que nadie tenía un nombre real, todo era por apodos. Todos eran el Chícharo, el Negro, el Monster, el Shadows, la Guacamaya; no faltaba los que no tenían sentido como el Toti, el Tori o la Titi, pero siempre era más incómodo cuando los apodos eran peyorativos. Después de haber pasado un rato con ellos esperaba que en algún momento se hiciera mencíon del nombre real pero nunca pasaba. Cuando terminaba la conversación y se iban le preguntaba su nombre al conocido que teníamos en común y la respuesta era "no sé, yo le digo Bastardo/Puto/Maricón/Maricotas/Güey cada que lo veo". Y justamente eran las personas que invariablemente me encontraba en los pasillos. Durante esos cuantos pasos antes del saludo pensaba que llegar y decir "qué tal, Bastardo/etc." no se sentía bien si lo acababa de conocer. Llegaba un punto en que era demasiado incómodo preguntar, años habían pasado, nos habíamos hecho confidencias y yo seguía sin saber sus nombres. "Oye, ¿por qué te dicen ----?", pregunté una vez queriendo empezar de cero con alguien y evitar la situación de los apodos, "porque así me llamo", contestó. Ya no importaba, todos se parecían de cualquier manera, a la larga todos eran el mismo Puto.

En más de una ocasión, en el trabajo y en la escuela, había embarazos no planeados cerca de mí. Nunca nunca nunca sé que decir. "¡Felicidades!" suena sarcástico, "¡suerte con eso!" suena condescendiente, "y... ¿que vas a hacer?" ofensivo. Cuando la pareja de mi jefe iba por el segundo hijo él se encargó que toda la oficina supiera lo no planeado que había sido, por días lo evitaba en los pasillos por no saber qué decir. Un día que el lugar estaba abandonado y sólo estábamos los que queríamos por gusto, decidió pasearse por mi lugar mientras platicaba con alguien por telefóno. "¿Ya supiste que voy a tener otro hijo?" gritaba mientras se detenía a leer encima de mi hombro que Michael Jackson se había muerto, "...sí, güey... pues ya ni modo, imagínate, ¡a mis años! ... güey, Michael Jackson se caba de morir y tenía mi edad". Ya sabía lo que iba a pasar después de que colgara, me iba a contar la misma historia, lamentarse y esperar una respuesta empática de mi parte. Me fui a esconder al baño.

Cabe mencionar que no todos son así y los que lo somos no es todo el tiempo. Hay gente desenvuelta y funcional, sé que existen, los he visto. Habemos otros que podemos fingir la asertividad de vez en cuando. No intenten nada de lo anterior, yo soy una profesional. 

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Número 20 - agosto 2018
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