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La habilidad para insultar y agredir: Viene de familia

Lunes, 22 de Junio 2015 - 17:30

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Diana Morales Morales

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Siento que la palabra "insultar" describe una acción indulgente, como justificar el abuso psicológico, ¡pero cómo hay gente que se lo gana! Como cualquier otra persona soy fan de la manera elegante y rebuscada de insultar, muy a la Shakespeare, esa que confunde a nuestro receptor; pero para mí no hay nada mejor que soltar un insulto y tener absoluta certeza que la otra persona entendió el mensaje. Creo que hablo por todos cuando digo que es en verdad satisfactorio decir exactamente lo que queremos a la persona correcta en el momento indicado. Y no me refiero a un insulto per se... bueno, sí, pero hablo de esos insultos que a final resultan ser verdades dichas de la manera más insensible posible, o al contrario, un insulto tan bien envuelto en falsa amabilidad que uno ni cuenta se dio de lo que acaba de pasar. Para unos cuantos afortunados repartir verdades a diestra y siniestra es el pan suyo de cada día, pero para otros es algo tan extraño que cuando llega a suceder es catártico.

Es una de esas cosas que depende de la personalidad de cada quién, o del tipo de educación, cultura, costumbres, o lo que sea. Para descubrir de dónde viene nuestro estilo insultador (¿insultante, insultativo?) basta con observar a la familia de uno. En mi familia, por ejemplo, ahora que ya todos somos adultos (al menos en edad) cualquier tipo de agresión tiene que ser pasiva, bueno, no es que tenga que pero es algo que se nos da muy bien. Nuestras reuniones son una cosa maravillosa; hay mucha volteadera de ojos, indirectas y sarcasmo apenas disfrazado de buenas intenciones, entre otras cosas. Siempre es beso, abrazo y pedrada, hasta parece porra.

Primero está mi mamá. Como todas las mamás tiene la habilidad de callarnos con una mirada o hacernos saber todos los insultos con determinada inflexión de la voz. Es apenas en estos tiempos en los que recurre a la manera pasiva porque cuando mi hermana y yo estábamos chicas la cosa era muy directa. Sus regaños eran memorables, pero no por las razones obvias. Muchas veces se debía a la peligrosa combinación de venas saltadas con ojos desorbitados y acelerones/enfrenones, porque casi siempre nos regañaba en el coche; pero otras era porque, aún en esos momentos en los que su enojo había alcanzado niveles preocupantes, lo que decía daba miedo y risa. Una vez que la mandaron llamar de mi escuela por no haber llevado el uniforme completo me iba regañando en el camino. "¿Por qué nunca llevas el uniforme completo? ¡CONTÉSTAME!", me decía, seguido de "¡NO! ¡CÁLLATE! ¡DÉJAME HABLAR!". El regaño está editado para no herir la sensibilidad del lector, pero siéntanse libres de agregar un elocuente adjetivo para el uniforme y unos cuantos "hija de..." aquí y allá. Ahora, después de muchos años de esto, la dinámica entre mi mamá y yo es tal que los "hija de..." han adquirido una naturaleza juguetona y afectuosa.

Por otro lado, mi papá es firme partidario del bullying humorístico, ese siempre ha sido su modus operandi. Todo está bien si el abuso psicológico viene en la forma de un "chiste de papá", esos con los que no hacen reír a nadie más que a ellos mismos. No quiero insultar su inteligencia escribiéndolos pero esta es más o menos su esencia: ¡eres una tonta, jajaja! Gracias por tu brillante comedia, papá, esos son tres segundos de mi vida que nunca voy a recuperar.

Las más hostiles son mis tías. ¿Cómo podría empezar a describirlas? Insultan, reprochan, hacen chantaje emocional y quedan como las víctimas, todo en el mismo aliento. Su estrategia se basa en una simple pero poderosa frase; "yo lo digo por tu bien, una de mensa que se preocupa". Esas pequeñas ayudantes de Satanás son capaces de destrozar la frágil autoestima de una adolescente en un saludo/pregunta/comentario. En aquellos tiempos todo era motivo de pleito; que si estábamos gordas/flacas, que si teniamos imperfecciones en la cara, que si dijimos o no dijimos, que si hicimos o dejamos de hacer, etc., y en lugar de ir directamente a la fuente con sus quejas nos acusaban con mi mamá. Le decían cosas como "pero no les vayas a decir que te dijimos"; o, "pero no las vayas a  regañar" en tono de súplica despúes de quejarse amargamente de nuestros "malos modos" y dar una larga lista de todo lo que hacíamos mal, según ellas. Mil años han pasado y seguimos igual. Gordas/flacas, imperfectas, contestonas, cínicas y ahora resulta que hasta medio pu...

Yo, siendo hermana menor (y la más chica de mi familia), tengo maestría y doctorado en molestar y saber defenderme. Así que, en mi opinión profesional, hay que estudiar al oponente; la naturaleza del insulto perfecto es la observación y la honestidad. ¿Tan conflictuados estamos con quienes somos? Obviamente. La declamación ideal es con toda la calma de la asertividad y ¡bum! Silencio total. *Deja caer el micrófono*  



Número 23 - Noviembre 2018
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