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La Filarmónica de Viena en México. ¿Dónde están las mujeres?

Lunes, 05 de Marzo 2018 - 15:00

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Venus Rey Jr.

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El pasado viernes 2 de marzo acudí al Palacio de Bellas Artes para presenciar la actuación de una de las agrupaciones con más prestigio en el mundo de la música: la Filarmónica de Viena (Wiener Philharmoniker). Fue dirigida por Gustavo Dudamel, el joven súper estrella venezolano que ha causado furor desde que enloqueció al público del Royal Albert Hall en un concierto durante los Proms de 2007.

Dudamel es conocido como un director eléctrico, es decir, lleno de vitalidad y vigor, un hombre que gesticula, brinca, grita y baila en el podio. Sin embargo vi un Dudamel mucho más mensurado, más sobrio, quizá por el rancio linaje que supone una orquesta como la de Viena. Pero no podría reprochar nada a su dirección. Al contrario: la Segunda Sinfonía de Charles Ives fue muy convincente, técnicamente impecable; y la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky fue un tour de force. El público –como suele suceder cada vez que viene una orquesta de este calibre–, se deshizo en aplausos y ovaciones. Durante varios minutos el Palacio de Bellas Artes vitoreó de pie a los artistas, de modo que Dudamel y la orquesta ofrecieron un encore: el Vals del Lago de los Cisnes, también de Tchaikovsky.

Es difícil que algo salga mal si está tocando la Filarmónica de Viena; el nivel que tiene es de perfección. Tendría que pasar una catástrofe, como la que sucedió a Lorin Maazel y a esta orquesta en Madrid, en 1998, cuando fueron abucheados mientras tocaban el Bolero de Ravel; pero, ciertamente, el concierto del viernes no fue el caso.

Sólo hay algo que llama poderosamente mi atención –y no en este concierto, sino desde hace varias décadas–: casi no hay mujeres en la orquesta. La Filarmónica de Viena prácticamente no las admite; es una institución demasiado tradicional. La primera vez que aceptó a una mujer fue en una fecha tan reciente como 1997.

Una amiga que toca en una orquesta europea, me comentó una vez que había visto una interpretación, ya hace varios años, de una de las sinfonías de Tchaikovsky por parte de la Filarmónica de Viena, y que le había parecido demasiado intelectual, fría, sin pasión, cuando de hecho las sinfonías de Tchaikovsky, especialmente las últimas tres, son obras tan intensamente apasionadas y llenas de sentimiento, que no tocarlas así las priva de sentido. La causa, según ella, de esta falta de pasión, se debía a que no había una sola mujer en la orquesta. Aunque muchos dirán que en cuestiones de calidad musical el sexo no tiene nada que ver, no puede sonar igual Tchaikovsky en una orquesta sin mujeres que en una que sí las tenga. Y no sólo Tchaikovsky, sino cualquier compositor o compositora. Una orquesta integrada equilibradamente por hombres y mujeres suena mejor. Alguien objetaría, usando la reductio ad absurdum, que entonces agrupaciones como los cuartetos Emerson, Amadeus o Alban Berg, integrados sólo por hombres, son agrupaciones “incompletas”. Valga; en lo personal me gusta ver hombres y mujeres en los ensambles de cámara. Pero una orquesta de noventa, cien o más integrantes es un universo completo en donde, digan lo que digan, no pueden faltar las mujeres.

Viena es una ciudad llena de músicos del más alto nivel. Y la mitad de todos ellos son mujeres. No entiendo por qué la dualidad sexual no se ve reflejada en la conformación de la Wiener Philharmoniker. No se trata de una cuestión de cuotas y mucho menos de un asunto baladí. Simplemente es inexplicable que en pleno siglo XXI persista el prejuicio sexual en orquestas tan prestigiosas y respetadas como la de Viena. La política de admitir el menor número posible de mujeres en una orquesta, en el fondo presupone que los hombres son mejores músicos que ellas, lo cual es una suposición aberrante.



Número 23 - Noviembre 2018
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