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La 4ª compañía: de cómo el cine mexicano puede sobrevivir sin Martha Higareda

Viernes, 13 de Abril 2018 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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  • La ópera prima de Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola, se estrena tardíamente, para demostrar que no todo el cine mexicano es malo.

El sexenio de José López Portillo como presidente es recordado por ser cuando los espectáculos nocturnos estaban en el pináculo, el cine mexicano tuvo su más oscura época (encabezada por las “sexicomedias” o “cine de ficheras”, las cintas de narcos y las súper producciones fallidas de la “Tigresa” Margarita López Portillo) y sobre todo, por la corrupción e impunidad con la que operaban los mandos policiacos, encabezados por el inefable, Arturo “el negro” Durazo Moreno, uno de los personajes más peculiares, mitad Charlie Valentino y mitad Idi Amin Dada. En su tiempo al frente de las corporaciones dedicadas a la ley, los robos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones y asesinatos, alcanzaron notas tan violentas como las que se viven actualmente, sólo que en lugar de ser actos provocados por el crimen organizado, fueron realizados por los mismos que debían defendernos. En ese contexto histórico se desarrolla La 4ª. Compañía (2016, Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola).

Inspirada abiertamente en la experiencia real de un reo que estuvo recluido en el Penal de Santa Martha Acatitla a finales de los años 70, narra su etapa en uno de los penales más violentos del México de esos años, así como su anhelo de jugar en el equipo de futbol americano del mismo, “Los perros” de Santa Martha, que en ese entonces eran noticia por estar formado por un grupo de reclusos que eran capaces de ganarle a los mejores equipos nacionales. Apadrinados por el polémico “Negro” Durazo himself, lo que el público no sabía es que sus jugadores formaban, a su vez “La 4ª compañía”, una banda que se encargaba de controlar el Centro Penitenciario y a su vez, tenía la enmienda de salir a las calles de la Ciudad para cometer robos de bancos y autos, principalmente.

Filmada en su mayoría dentro del lugar auténtico en el que se lleva a cabo la historia, se dice que los nóveles directores se tardaron cerca de 10 años en levantar el proyecto, que fueron apoyados por el equipo creativo del documental Presunto culpable (2008, Roberto Hernández y Geoffrey Smith), y por Vicente Leñero y Felipe Cazals, creadores de las mejores cintas sobre el ambiente carcelario mexicano (Leñero adaptó para cine Lo de antes, de Luis Spota, y la transformó en Cadena perpetua, en 1978, dirigida por Arturo Ripstein; mientras que Cazals, junto a Tomás Perez Turrent, hicieron lo propio con la obra de José Revueltas, El apando, en 1977). También se cuenta que fue una película difícil de financiar, que tuvo muchos problemas de distribución y que según muchos, no se merece los 10 Premios Arieles que ganó el año pasado. Con todo, hay que comentar que el resultado es apantallante. La ambientación y la fotografía son espectaculares, la atmósfera nos transfiere a la época en que se desarrolla y se transforma en un fiel retrato de ese tenebroso momento histórico. La pintura de la corrupción y la impunidad que se vivía es puntual y hay momentos en que se siente como si fuera una cinta de José Luis Urquieta, un injustamente olvidado realizador que se dedicó durante los 80 a filmar películas de crimen, algunas con excelente oficio, pero que se inscribían en las convenciones de la época. Matanza en Matamoros (1984), La tumba del mojado (1985), Días de violencia (1987), entre otras de sus más de 40 trabajos, son verdaderos clásicos del cine de la violencia mexicano, también llamado “Mexplotation”. A La 4ª compañía se le ha criticado precisamente el que de pronto se mueve entre la truculencia a la mexicana y el thriller carcelario norteamericano clase b, pero es precisamente esa violencia excesiva la principal característica del cine que conscientemente, se nota que homenajea. Hay mucho de crítica social y las escenas de acción, en su mayoría, están muy bien coreografiadas y editadas, pero por desgracia, casi a la mitad de la producción se cae un poco el ritmo, las actuaciones a veces se sienten disparejas, debido a los diversos medios de donde provienen los actores: algunos, de cuadro, son auténticos reos del Santa Martha, hay un español que no puede ocultar su acento y el extraordinario Manuel Ojeda, que tristemente, no puede separarse de lo que hace siempre que sale de villano en las telenovelas – mención aparte, es curioso que el mismo histrión fue un reo en El apando y aquí es el director del penal; cosas del arte.

Uno de los factores más lamentables del cine mexicano actual y que más daño le está haciendo, es precisamente su falta de identidad. La cartelera se encuentra inundada de comedias insulsas, poco interesantes y de producción inflada (que no se hagan, la mayoría de ellas no valen lo que se registra ante el EFICINE 189), que sólo buscan tener ganancias en taquilla, imitando las fórmulas de los filmes norteamericanos más cutres. Aunque en la superficie, La 4ª compañía se inscribe en el cine carcelario hollywoodense, principalmente por su similitud anecdótica con The Longest Yard (1974, Robert Aldrich, recordada principalmente por su remake del 2005, con Adam Sandler), lo cierto es que es que, como comenté anteriormente, hay algo que tiene que hace que uno se percate que está ante una realidad más cercana a lo visto en El apando, de Cazals, con la que comparte su grosera y angustiosa visión de la realidad. Aunque no es un filme perfecto e incluso tiene algunas lagunas en el guión, algunos personajes y situaciones mal desarrollados, partes con audio inaudible, otras con actores sin idea de lo que es la dicción y voces en off que suenan planas y discursivas, es un muy buen ejemplo del camino que debería seguir el cine mexicano comercial: Películas provocativas, bien realizadas, espectaculares y sobre todo, honestas.

En resumen: Una cinta disfrutable, dura, no apta para todo público y que gracias a Dios, no tiene en su elenco a Martha Higareda.

Para mi querido amigo Andrés Tejada Zuno, “el condor” y su eterno amor por el “tochito”.

 

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Número 17 - abril 2018
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