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Juan Estío

Martes, 20 de Febrero 2018 - 15:30

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Silvia Alicia Balbuena

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El calor en mi ciudad de Rosario de Argentina en el hemisferio sur nos lleva a buscar las playas de arena que se acuestan, escasas y hermosas, sobre el caudaloso río Paraná y surge este relato inspirado en uno de los personajes de la playa: Juan, el Guardavidas. Ya por estos días el sol se va corriendo al norte, las horas de luz se acortan, las sombras de la noche se alargan y comienzan a aparecer las nostalgias del verano…

-Siempre igual.

-No le pasan los años.

-Ni un gramo de grasa.

-… no engorda.

-¿Cómo hace para no envejecer?

Hombres y mujeres, adoradores del sol, del río, de la arena, en la playa La Florida de Rosario murmuran mientras lo ven pasar a Juan Alberto, el guardavidas del Balneario.

Con sus cincuenta años, pasea la costa desde hace veinticinco. Con su slip pequeño, y rojo por ser de la Cruz Roja. Su silbato siempre alerta. No muy alto, extraordinario físico, propio de nadador: tórax amplio, cintura y pelvis pequeñas, brazos y piernas torneados y fuertes, pelo castaño siempre rubio por el sol, piel entre dorada y marrón, mimetizado por el río y acariciado por el sol, ojos negros mirando el agua sin cesar. Camina casi todo el tiempo, escudriña las aguas permanentemente, a su ojo de águila no se le escapa nadie que pueda estar en peligro. Jamás se murió un bañista en su guardia. Casi no habla con nadie, sólo algunas sonrisas a los habitúes, algún mate amargo y rápido al pasar o algún descanso en la silla alta sin dejar de custodiar el agua.

Todos lo respetan. Los hombres lo admiran, las mujeres tratan de asediarlo sin fortuna.

Un día gris y frío no había nadie en la playa, fui a caminar, lo encontré y nos pusimos a conversar. Me contó que su madre le dice Juan Estío porque vive en verano, ya que además de ser guardavidas en el balneario rosarino, durante el verano europeo es bañero en Alicante. Vive sólo en verano, tocado por las aguas dulces y marrones del Paraná y por las saladas y celestes del Mediterráneo. Gana bien… Lo miré, habrá notado en mí cierta mirada de envidia y admiración y entonces me contó de sus soledades, de su desarraigo, de la falta de una compañera que pudiese soportar su vida nómade y dividida por mitades, de unos brazos de hijo que den ese calor único de su sangre.

Me saludó y se fue a su recorrida habitual, a pesar de que la playa estaba casi desierta. Lo miré de nuevo. Se me apareció el Proteo de los egipcios. Descubrí el Neptuno romano -o el Poseidón griego-, desnudo de ropajes suntuosos, fuerte, irascible, poderoso, hasta le vi el caballo blanco de cien cabalgatas, el tridente que de seguro agita su sangre.  Cuando miraba el río me pareció que buscaba las nereidas y las sirenas, los criptones o los fuegos de San Telmo, hasta percibí que esos fuegos que denotan la presencia de semidioses también se habían apoderado de su alma transformándolo un poco en semidios de las aguas también. Tal vez se conjugaron en él Tiamat el del agua salada y Apsu, el del agua dulce, dioses del Antiguo Oriente. Tal vez se revolvía también en su sangre de agua y estío Egir venido de las razas nórdicas o Kukulkán, que desde México trajo tempestades y creó la vida por medio del agua. Él es vida en el agua. Es servicio y vocación, es entrega y responsabilidad, vive para sentir y mirar el agua. ¿Qué Dios lo habrá diseñado? ¿Qué semidios se hizo carne en su carne?

En su andar constante y permanente por la playa, los chicos lo siguen, le preguntan, lo admiran. Semeja el Juan Bautista irradiando su carisma como el Santo sus aguas bautismales en el desierto, tan especial que bien podría haber bautizado a Jesús en las aguas del Jordán.

Lo veo en La Florida al lado de su río marrón, lo pienso en Alicante al lado de su mar adoptado. Saboreando la corriente del río y las olas del mar, esperando el embate del agua dulce cuando pasa un buque de gran porte transportando su sueño de distancia y cereal o del agua salada en olas enfurecidas después de una tempestad. Lo siento historia en la playa, tan historia como ese Eustoquio Díaz Vélez que junto a las aguas del Río Pasaje en el extremo noroeste del país tomó juramento de fidelidad a la Bandera a su creador Manuel Belgrano. O como ese Juan Ignacio Gorriti que con agua bendijo la bandera desobedientemente creada precisamente acá, en las márgenes del río Paraná en Rosario.

La tarde se pone cada vez más gris y más fría. Siento que ya estoy divagando, que las aguas y este ser especial que las observa, me están llevando a misterios de agua, a dioses de agua, a historias de agua. Pero en el fondo sé que Juan Alberto es un ser de agua y estío que forma parte de mí, como mi arena y mi río y que ya es una postal viviente de éste, mi querido lugar en el mundo.

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Número 21 - septiembre 2018
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