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Jerry Lewis o el día que la comedia lloró

Viernes, 25 de Agosto 2017 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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La muerte de Jerry Lewis, el comediante de los pantalones de “brinca charcos”, marca el final de una era en la historia de la comedia mundial.

Quizá el nombre de Jerry Lewis no sea muy familiar en estos días, pero su legado al cine es tan importante que podría decirse que hay un antes y un después a partir de su llegada a la gran pantalla. Nacido en 1926, hijo de padres judíos y dedicados al vodevil, Lewis creció entre las bambalinas de los teatros, imitando los movimientos de los bailarines, los gestos de los actores, los chistes de los comediantes y los trucos de los magos. Y lógicamente, las tablas terminaron llamándolo. Su entrada al cine fue en My Friend Irma (1949, George Marshall), en compañía de Dean Martin, a quien conoció en su etapa de teatro de revistas y con quien continuó como compañero hasta 1956. En 1955 conoció al director Frank Tashlin, quien lo dirigió en Artists and Models, la primera de 17 colaboraciones más. El veterano realizador había trabajado por muchos años en las caricaturas de Looney Toons y Mighty Mouse, entre otras y se notaba en sus alocadas comedias. De esa colaboración, Jerry absorbería el humor surreal y frenético que lo haría famoso. Comenzó a dirigir en 1960 y The Bellboy se llevó los aplausos del público, la crítica francesa se fijó en él y lo convirtió en objeto de culto.

Ahora bien, ¿por qué un antes y un después? Jerry Lewis aprendió arremedando a los magos, cantantes y comediantes del vodevil, pero esa impresionante capacidad de observar y duplicar lo llevó a aspirar prácticamente todo lo que veía. Y así lo hizo con Chaplin, Buster Keaton, los hermanos Marx, Jacques Tati, todos ellos homenajeados en muchos de sus trabajos. Como actor se fusionó con el estilo estrafalario de sus ídolos y en un momento en que la comedia americana comenzaba su hoy larga y agónica decadencia, sus escenas de pantomima y comedia visual y física, son recordadas por encima de las acostumbradas en la época. No es casual que gente como Steve Martin, Jim Carrey, Martin Short, Eddie Murphy e incluso Benny Hill, hayan copiado su estilo gesticular y extravagante. Como director, sin embargo, es donde dejó una huella más profunda, discreta quizá, pero importante.

The Bellboy inaugura su estrafalario estilo, en el que importa más lo visual y lo cómico que lo coherente o realista de la historia. A Lewis no le interesa que la gente llore o se identifique, de hecho, rompe con todas las teorías cinematográficas. Sus filmes buscan que la gente ría sin descanso y no tiene reparos en los recursos fílmicos empleados. En el que para muchos es su trabajo más importante, The Ladies Man (1961), cuenta la historia de un hombre que, debido al engaño de su novia se vuelve misógino y por maldición va a caer como empleado en una pensión para starlets. Poco a poco aprende a convivir con ellas e incluso se involucra emocionalmente (no románticamente). Pero la anécdota no es lo importante. Su escenario es una enorme casa de muñecas (literalmente), en donde no hay paredes y que tiene propósitos más de gag visual que de montaje teatral. La cámara se mueve por donde quiere, sin importarle si de pronto debe atravesar los techos o las paredes. Los colores están pensados para resaltar las emociones de los personajes, como en Vertigo (1958), de Hitchcock o Les parapluies de Cherbourg (1964), de Demy. Incluso, se toma la libertad de emplear luces teatrales (cañones, cenitales) en escenas de baile. Sus filmes, como The Nutty Professor (1963, su opus magnum) o The Family Jewels (1965) serían imitadas hasta el cansancio (Eddie Murphy se encargó de hacer un remake y una secuela de la primera, y la habilidad del comediante para desdoblarse en la segunda, es una de las características más evidente que le ha copiado, en cintas como Norbit, 2007, de Brian Robbins). Por años dio cátedra de cine y si uno ve con cuidado las obras de sus alumnos, encontrará no una, sino muchas características de sus filmes en ellas: Martin Scorsese (The Age of Innocence, 1993), Steven Spielberg (1941, 1979), Brian de Palma (Wise Guys, 1986), Francis Ford Coppola (Finian's Rainbow, 1968) y George Lucas (American Graffiti, 1973), nada más y nada menos que prácticamente todo el cine norteamericano de los últimos años. Incluso, Scorsese lo invitó a participar como actor en una de sus mejores películas, The King of Comedy (1983) y sin querer bautizó a su maestro con el apodo que mejor habla de él, “el rey de la comedia”. Como dato curioso, días después de su muerte, la BBC presentó una lista elaborada con los criterios de más de 200 críticos de todo el mundo, de las 100 comedias más importantes de la historia y en ella, dos son de él como realizador (The ladies man y The Nutty Professor) y en una actúa (The King of Comedy).

Su más grande fracaso como director (si se le puede llamar así, porque prácticamente nadie la ha visto) fue The Day the Clown Cried (1972), una película sobre un payaso en un campo de concentración que es empleado para atraer a los niños judíos a las cámaras de gas. Por muchos problemas, tanto legales como morales, fue enlatada y se verá apenas hasta el 2024, uno de los últimos chistes del autor. Pero como siempre, otro de sus muchos imitadores, el italiano Roberto Benigni, la usó como inspiración para su realización más reconocida, La vita è bella (1997).

En estos días en que la comedia está basada en la escatología, la vulgaridad y la verborrea sin sentido (no en balde, prácticamente todos los actores cómicos de la actualidad son comediantes de standup o youtubers), el legado de Jerry Lewis es algo importante para recordar. Incluso, gente como Tim Burton, James Gunn e incluso el chino Stephen Chow y el serbio Emir Kusturica, se han contaminado directa o indirectamente con las ocurrencias y genialidades del veterano director. Kusturica le hizo un homenaje vivo en su filme Arizona Dream (1993), en donde el actor interpreta a un maduro vendedor de autos que llama a su sobrino para que sea su padrino de bodas y a la vez, su socio en su negocio. Al final de la cinta, junto con otro de esos que le deben todo al entrañable “rey de la comedia”, Johnny Depp, interpretan a un par de esquimales que pescan en un río congelado. Esa escena muestra lo mejor del humor de Lewis: era extraño, exagerado, a veces incomprensible, bobo y surrealista, pero profundamente musical, cerebral y memorable.

Con motivo de su muerte, Jim Carrey comentó que “Ese tonto no era un idiota. Jerry Lewis era un genio innegable, una bendición incomprensible, la comedia absoluta ¡Yo existo porque él existió!” El rey a muerto, ¡viva el rey!

Para mi padre, que estará importunando a su ídolo en el cielo de los pantalones de “brinca charcos”.

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Número 12 - noviembre 2017
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