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Hojas en blanco

Viernes, 30 de Noviembre 2018 - 13:35
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En mi clase, los alumnos no utilizan cuadernos ni libretas. Todos los trabajos los hacemos en hojas blancas y solamente usamos tinta. En cada clase, les entrego una o dos hojas, doy la indicación del tema y las instrucciones del trabajo a realizar. Al final de cada clase recojo los trabajos y voy haciendo un acumulado de cada alumno, ellos se quedan con la información solo en la memoria.

En sus mesas, solo está la hoja y su pluma, nada más. En las hojas blancas pueden escribir horizontal o vertical, se obligan a imaginar renglones y a pensar lo que van a escribir porque está prohibido usar el corrector líquido que todos tienen en su mochila.

Cada siete clases, entrego un formato para evaluación. Son siete fichas, y en cada una, los alumnos se evalúan a sí mismos. Escriben la fecha y el número de cada clase, el tema, una reseña y su calificación en ortografía, redacción, caligrafía, creatividad, orden en el trabajo y en el salón.  No es mucho tiempo siete semanas, sin embargo, con toda la carga de clases y tareas de otras materias, a los alumnos se les dificulta recordar la fecha o el número de clase porque no tienen la ayuda de apuntes en una libreta.

Al tratar de recordar y obligar a la memoria a instalarse en el día de cada clase, los alumnos tienen un desfase del tiempo y la rutina. El día de la evaluación, no se trata de lo que sigue o de lo que queda pendiente por hacer, se trata de regresar unas semanas en el tiempo, con esto, ellos recuerdan, además, otros momentos, otras situaciones que ocurrieron entonces.

Ayudo con la fecha y una pista del tema visto en cada clase, no hace falta que les diga más. Ellos inmediatamente lo comentan y se califican. La consigna es que, como maestra, yo no les juzgaré ni debatiré la calificación que se den, se trata de que cada uno sea justo consigo mismo -con un diez o un seis que quizá no merezcan. Los alumnos de diez, se avergüenzan de escribir dieces en todo y los de seis se “premian” con un nueve. Es cosa de cada uno, a veces, un seis que debió ser nueve, es solo la costumbre que tienen de ser siempre el de seis.

Son de secundaria y hacen planas de caligrafía, yo debo hacerlas también, los teclados entorpecen los músculos de la mano y se olvida aquella letra bonita de los cuadernos de quinto de primaria. No tenemos la libreta de doble raya como guía, también los gusanitos de ocho círculos se hacen en hoja blanca.

Cuando reviso las evaluaciones, me sorprende gratamente que son pocos los que se hacen trampa a sí mismos. La calificación más certera es la que cada uno encuentra en el proceso de crecimiento, hasta la vida adulta cuando todo lo escuchado en un salón de clase cobra sentido.

Mis dieces de hoy, se los debo a los seises del colegio. Mis seises de hoy, son una satisfacción que borra aquel diez no merecido en la secundaria. Hago este énfasis en cada clase, no preocuparse por los números y ocuparse de atender a los números que van ganando y que aún no pueden ver.

Argumentaron al principio acerca de la hoja blanca, la tinta y el no uso de corrector. Mi clase es rudimentaria, es desde lo básico, es una clase que les enseña a que los músculos de su mano deben tener la flexibilidad suficiente para poder escribir la rapidez del pensamiento. Es una clase para usar el cerebro en combinación con la mano que escribe y la boca que habla, sin esto, las ideas rebotan y se pierden, el pensamiento vive en desorden y nada de su rutina diaria terminaría con la satisfacción de haber aprendido algo nuevo, por lo que los dieces en la vida adulta no existirán.

Cuando ellos escriben, analizan, debaten y solucionan, las hojas tienen un orden, parece que tuvieran renglones y cada vez, las palabras tachadas son menos. En las clases de la semana pasada, la dinámica fue escribir la historia que sucede dentro de una imagen, si quieren ser protagonistas, narradores o interpretes de los personajes o las cosas que ven.  Los cuentos que entregaron tienen una calidad importante, como todo, al principio dijeron que no tenían nada que decir y al terminar la hora de clase, ninguno había terminado de escribir porque al final, todos tuvieron mucho qué decir.

Los jovencitos de secundaria hacen que mi decisión de acompañarlos en este trayecto tenga sentido, ellos lo saben y no son complacientes por eso, crecemos juntos y nos conviene hacer de nuestro tiempo, un gran tiempo.

 

Número 23 - Noviembre 2018
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