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Hazlo como hombre: No llores como hombre lo que no supiste defender como mujer

Viernes, 18 de Agosto 2017 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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Hazlo como hombre, la primera gran basura mexicana del chileno Nicolás López, rompe récords de taquilla y algunas madres también.

A finales de los años 30, la cinematografía nacional tuvo un despegue tremendo, como nunca en toda su historia lo ha vuelto a tener, debido a que en primer lugar, la televisión no era tan popular como lo fue después, la gente tenía necesidad de ver películas en su idioma y no se practicaba el doblaje, y principalmente, la producción hollywoodense descendió de manera drástica debido a la entrada de EEUU a la Segunda Guerra Mundial. Incluso los grandes estudios de allá invertían acá. La llamada “Época de Oro” terminó en 1960 y desde entonces son aislados y fracasados los intentos de tener una industria sana: El cine de aliento de finales de los 60, el cine del “echeverriato”, que dio grandes obras en los años 70, curiosamente, en su mayoría, críticas al sistema; el nuevo cine mexicano de los años 90 y párenle de contar. Curiosamente, casi al terminar el siglo XX, aparecen cintas muy exitosas, con mejor producción técnica, pero con tratamientos más ligeros. Sexo, pudor y lágrimas (1999, Antonio Serrano) sería el banderazo de inicio de éxitos cada vez más comerciales. Se auguraba un éxito sin precedentes para la filmografía nacional, pero fuera de algunos logros, las películas del país, se han vuelto cada vez más extremas y, o se vuelven inaccesibles para el público o más complacientes para con él. Y de estas últimas es Hazlo como hombre (2017, Nicolás López).

La cinta, en pocas palabras, cuenta lo que ocurre cuando un “macho calado”, pelo en pecho, sobaco peludo, es informado por uno de sus dos mejores amigos, de que éste es gay. La revelación será tomada por el protagonista como un duelo, en el que deberá pasar por cada una de las etapas, hasta que al final, como lo intuimos desde el principio, acepta que su amigo es homosexual y lo aprende a querer, aunque no por eso dejará de ser macho.

Ahora bien, lo positivo de la cinta es que en lugar de centrarse, como ocurre en estos casos, en el que “sale del clóset”, se enfoca en el amigo que debe luchar para aceptar que su brother es homo. Y nada más. Salvo una que otra escena que da un poco de risa, el resto es un montón de clises, como el cocinero gay, el sábado de familia jugando videojuegos, el que pertenezcan los tres amigochos a un equipo de futbol rápido, que el que sale del clóset anda con la hermana de su amigo, y así. Las actuaciones, disparejas como corte de pelo gratuito del metro Insurgentes, van de un regular pero inspirado Humberto Busto, hasta el borde de la sobre actuación de Mauricio Ochman y Aislinn Derbez, que parecen estar en un duelo por demostrar quién es el peor actor de la historia, tratando de ser graciosos, aunque sea a base de gesticular de tal manera que hasta “Chespirito” parece histrión.

El ritmo es paquidérmico, pese a que sólo dura 1 hora 30, en parte porque los actores no logran involucrarnos y en parte porque la premisa se agota después de los primeros minutos. El final, agónico, es de lo más predecible y te hace sentir que no es que lo hayas visto antes, sino que está pasando en tu cabeza en ese momento; es decir, es más previsible que Julión diciendo que no conocía a Raúl Flores Hernández, pero que sí lo conocía pero que no sabía que estaba ligado al narco, pero… Una música incidental espantosa, que quiere parecer de cine hollywoodense y la canción “jota” más fea que pudieron encontrar, es lo que ofrece la producción dirigida por el chileno Nicolás López (que debió seguir afeando las cinematografía de su país), especialista en cine malo.

Decir que no te gustan los filmes mexicanos es un albur. Te tachan de malinchista, vende patrias, amargado, misógino, etc., etc. Pero con ejemplares como este, que intentan copiar lo hecho en USA, pero con cuatro pesos y actores de televisión que no tienen ni la más remota idea de actuación para cine, uno prefiere que le digan malinchista, vende patrias, amargado, misógino, etc., etc. Eso sí, no pueden comentar que tienes mal gusto, lo cual es mil veces preferible.

Cuando se aprobó el artículo 189, que permite que las personas que inviertan en cine puedan deducir el ISR, muchos se alegraron por este estímulo a la producción fílmica, pero por desgracia, son cada vez más los que realizan cosas que están hechas al criterio de la empresa que las patrocinan, que buscan recuperar la inversión por medio de la copia de modelos extranjeros (incluso, Martha Higareda se ha dedicado como productora a recrear cintas que tuvieron éxito en otros países, lo cual se agradece más que su costumbre de andarse encuerando a la menor provocación; eso sólo se le perdonaba a Isela Vega), o que nadie va a ver porque están hechas con las patas. Cuando terminas de ver esta cosa, la sensación de vacuidad es tal, que no puedes más que lamentarte por los 100 pesos del boleto en combo comida del Cinépolis. Cuando de una cinta lo más disfrutable son las palomitas y el refresco, algo está mal. El cine mexicano se ha transformado en una copia al carbón de La rosa de Guadalupe, de Lo que dice el dicho, de 40 y 20, es decir mercancía televisiva, mala y de simple explotación; se ha transmutado en un producto tan mediocre como un infomercial, de los que venden tonterías que sabes que no sirven pero que debes comprar en los siguientes cinco minutos, antes que se acabe la oferta, aunque también intuyes que eso es un engaño, porque si lo adquieres en el súper te va a costar lo mismo. Se está queriendo convertir a estos filmes en un objeto de consumo que, para ocultar su mediocridad, se vende con la etiqueta del patriotismo, similar al empleado para que apoyes a la selección mexicana. Y parece que lo han logrado. Hazlo como hombre ha roto los records de audiencia para los filmes locales, tristemente, porque hay muchos más trabajos mexicanos que merecerían ese honor. Su táctica de “chilletas” funciona: “¡Apoya al cine mexicano, no importa lo malo que sea, no importa que no aporte nada ni que sus intérpretes sean unos farsantes, que roban oportunidades a actores verdaderos y que a sus realizadores no les interese más que verte cara de billete!”. A eso se reduce hoy en día la Patria. Y luego se quejan de que Donald Trump nos considera basura.

Para mi querido amigo Miguel Ángel Ruffiar, un gran ser humano y un excelente analista cinematográfico.

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Número 12 - noviembre 2017
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