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Hablar de Eso

Viernes, 05 de Enero 2018 - 15:00

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Juan Mireles

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Pensar en el inmenso poema Eso de la poeta danesa Inger Christensen es reencontrarse con la poesía y su esencia.

En la constitución del poema podemos intuir la inmensidad, el reflejo de aquello inabarcable: la totalidad.

“Eso. Eso fue. Así empezó. Eso es. Continúa. Se mueve”. Eso está ahí. La poeta lo supo en su momento, pero para distinguir el movimiento tuvo que estar inmóvil –morir un poco para conseguir la capacidad para detenerlo todo y presentir la cercanía del pálpito de la existencia.

Sí, Eso va en una constante espiral, cayendo al mundo –como un significado queriendo ser revelado-, a esa parte humana ciega, que utiliza a la palabra como herramienta de comunicación básica; sin embargo, la poeta consigue abrir los ojos -los que se aprecian al quitarnos la carne-, observarlo todo y contarnos, letra por letra, el significado de esta naturaleza llamada vida.

La vida moviéndose y la poeta quietísima, expectante, con los ojos cerrados advierte el discurso de las cosas.

¿Qué dicen? El ruido y su magia. Su composición rompe cualquier respuesta. Y nosotros sabemos que no podemos escuchar, no podemos oír lo que la poesía reúne. No, no podemos encontrar los significados porque nos hemos acostumbrado tanto a la estruendosa manera de vivir.

Despegamos las manos rojizas de las paredes, en las cuevas y sus silencios, y entendimos muy adentro, que todo se había perdido.

La confusión propia del griterío nos anula. Pero a Eso no le interesa nuestra insignificancia, por el contrario, se logra cada vez más, con la intención de no tener fin.

Algo de Eso vemos, acaso en la tristeza, en el dolor y sus remordimientos: en la muerte. Quizá ahí aparece cierta consciencia sobre la inmensidad que representa Eso. Pero es tan superior a nosotros, que aunque insistimos en dar respuesta a lo imposible, nos quedamos hundidos en lo que sabemos.

Y la poeta entiende que la extrañeza es propia de la poesía y continúa con la mano apoyada al papel, anotando el rumor de lo que hemos ido dejando.

Inger Christensen va encontrando en sus propios versos, los restos de Eso y partes de aquello que lo reconstruye: “las palabras ocultan una agitación/una confianza justo en el lugar donde tropiezan/un terremoto en el interior/una silenciosa mutación/un ambiente herido donde de repente se regocija el sufrimiento”.

Esa vibración, ese acceso al interior del ser humano que la obliga a seguir, para entender simplemente que su perdición es una cercanía a esa totalidad enmarcada en Eso: “lo que se escribe es siempre otra cosa/y lo que se describe es de nuevo otra cosa/Entre ambos está lo indescrito/que tan pronto como es descrito/abre nuevos territorios”.

Caminos que dejaron rastros y marcas por donde desfila la poeta, entendiendo que los “caminos posibles solo fueron posibles antes”.

Desandar para entender alguna cosa, para dar luz dentro de la espesura del humor de la existencia.

Eso fue publicado en 1969 en Dinamarca, y ya desde el inicio causó una agitación esperada una vez conseguimos cerrar el círculo (la lectura) del poema (al entender el porqué): “Sus versos pronto aparecieron sobre los muros de diversas ciudades como una forma de protesta política. Los gobernantes, por su parte, los citaban en sus discursos. La crítica universitaria y el gran público coincidieron en aclamarlo. Los grupos de música rock se lo apropiaron, y las canciones surgidas de sus páginas se volvieron grandes éxitos. Algunos fragmentos del poema fueron tan célebres que se convirtieron en expresiones de uso coloquial”.

La poesía como el retrato de un tiempo -esa descripción mágica.

La poesía revelándose al anonimato, a la aridez del oficio literario (el original). La poesía como trascendencia. La poesía enseñándonos que lo único que nos quedan son las palabras, que lo demás no importa.

Inger Christensen lo supo desde la sencillez que da la claridad de saberse una verdadera poeta: “las palabras se quedan donde están/mientras el mundo desaparece”.

Las palabras incluso no escritas, en algún momento, serán recogidas por otros, para que después del final, recomiencen la historia de esto que llamamos vida, de esta maravillosa imposibilidad.

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Número 13 - diciembre 2017
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