Se encuentra usted aquí

Esa niña

Martes, 21 de Agosto 2018 - 15:30

Autor

silvia-alicia-balbuena.jpg
Silvia Alicia Balbuena

Compartir

playa-de-las-grutas-en-argentina.jpg

El domingo 19 de agosto se celebró en Argentina el Día del Niño. Les comparto un relato inspirado en esa ternura, inocencia, espontaneidad que poseen los niños

Salió por el largo pasillo. Agotado, se subió a su automóvil. Llevaba intensas horas de trabajo en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, donde había atendido dos graves accidentados de moto, un jovenzuelo acuchillado por su hermano, heridas en una riña por barras bravas de fútbol. No quiso pensar más. Su trabajo era una fuente inagotable de luchas, de dolores, de llantos.

Tiró el guardapolvo y el attaché en el asiento de atrás, se pasó la mano por la frente tratando de quitarle los malos recuerdos, tomó avenida Pellegrini y luego el bajo. “Estaría bueno tomarme un trago en La Fluvial” pensó. Buscó su celular y se comunicó con Alfonso, su amigo que le sabía hacer compañía en momentos como ése.

Sebastián y Alfonso se encontraron en la puerta y entraron juntos a la disco. Estaba bastante oscuro y con muy poca gente. Era sábado, noche en que suelen frecuentar el bar los estudiantes universitarios con sus amigas y no médicos como ellos. No importaba. Se sentaron en la barra y pidieron dos tragos, los de siempre, el barman ya los conocía.

Se enfrascaron en una charla del momento político presente y de las próximas elecciones que viviría la provincia. Un amigo se presentaba a candidato a gobernador y fue ése el centro de la charla y de las opiniones encontradas. A pesar de compartir el puesto en el Hospital, que los dos habían ganado por concurso, sus ideas políticas eran muy divergentes.

Justo en el momento en que la conversación empezaba a ponerse ríspida, una voz pastosa, seductora, amalgamada de sensualidad y afinación, partió del pequeño escenario ubicado allá en el fondo, en el que en contadas ocasiones había algún espectáculo artístico. Los dos miraron de inmediato. Una figura alta, de largo, enrulado y renegrido cabello y con un vestido rojo de lentejuelas brillantes resaltaba a la luz del haz que la enfocaba. Sebastián no pudo dejar de suspirar. Esa piel cetrina de mulata se le metía en su propia piel y amenazaba llevarlo hacia lugares insondables. Ella, distante, esbelta, esfinge en la noche, entonaba sin conectarse con nadie la canción “Imagine”. Sebastián sentía arder la propia imaginación con las notas impecables que salían de su boca. Mientras sorbía un trago llamó al mozo para preguntarle cómo conectarse con ella. El mozo le sonrió mientras le decía que eso era imposible. Pronto la joven dejó el escenario.

Cansado y con la sensación de que ese temblor vivido por la imagen de la joven era muy difícil que se repitiera, se fue. En la puerta se despidió de su amigo y tomó calle Córdoba rumbo a su solitario departamento de soltero. Debía tratar de acostarse rápidamente y descansar, ya que al día siguiente tenía que jugar la final del torneo de tenis.

Sonó el despertador a las diez. Se levantó, se duchó, se afeitó, acomodó el bolso con el equipo para jugar, sus dos raquetas Wilson, los elementos para ducharse después del partido. Era muy meticuloso, nada debía faltarle. Todavía con la bata puesta, comió algo a modo de almuerzo.

Eligió el pantalón pinzado blanco, las zapatillas Gola blancas con las rayas rojas, su remera preferida, la Lacoste roja con detalles blancos y el suéter de hilo azul. Se miró al espejo, se sentía bien, estaba acorde al Club donde debía jugar, el Jockey. Se acomodó el cabello, un mechón rebelde se le caía insistentemente sobre su frente. Recordó la sensación de la noche anterior al ver a la cantante y volvió a sentir que se estremecía. Trató de olvidarla acariciando nuevamente su cabello.

Derecho por calle Córdoba, arribó al club. Estacionó, fue al vestuario donde se encontró con algunos amigos con los que compartía estos habituales torneos. Lo palmearon afectuosamente felicitándolo porque había llegado a la final. Se metió en la cancha, concentrado en los peloteos. Sabía que si quería ganar debía olvidar esa voz pastosa del “Imagine” y todo el dolor del hospital.

La concentración le dio resultado.

Con las manos en alto sosteniendo el trofeo del Primer Puesto, una hermosa copa de cristal, saludó a la tribuna. Y allí la vio. Su piel cetrina, iluminada por el sol, era más lustrosa y brillante. Una coqueta capelina blanca, un pañuelo de destacados tonos verde y naranja al cuello, una camisa blanca desprendida hasta la mitad que la hacía más sensual e insinuante y un ajustado pantalón negro. No vio nada más. Sus ojos se prendieron de esa imagen, hasta que un reportero le vino a realizar unas preguntas. Cuando pudo volver la vista, ella ya no estaba.

Después de ducharse, fue al salón de té para compartir el habitual tercer tiempo de la finalización de torneo. Sus amigos y sus amigas lo estaban esperando. Y entre ellos, como salida de su propia imaginación, nuevamente la morocha. Se había sacado la capelina y su cabello, sostenido descuidadamente por una hebilla, la hacía más hermosa.

Los presentaron:

   -Sebastián

   -Mayra.

Pensó darle la mano, pero siguió sus instintos y besó su mejilla.

Se sentaron uno junto al otro, compartieron charlas generales y algunas primeras confidencias. Supo que era de Bahía, al norte de Brasil, que estaba en Rosario realizando un doctorado en Nutrición y que cantaba, un poco porque le gustaba y otro para ayudarse en su estadía mientras estudiaba.

En miradas intensas, se reconocieron y conocieron el color de sus ojos, azules los de él, negro azabache los de ella. Rozaron sus dedos, supieron de la tibieza de la otra piel que se entregaba aún en la mínima caricia.

Ante el asombro de todos, se fueron juntos. Él era un solitario al que ninguna mujer le atraía, un ermitaño, sólo sabía vivir con sus amigos y en su trabajo, un jugador de tenis para aliviar estrés. Ella una mujer voluptuosa pero ausente, lejana, sólo dedicada a estudiar y cantar. Había aceptado la invitación de una compañera de estudio para ir al club ese domingo con un cielo plenamente diáfano, para gastar la interminable soledad de la pensión.

Esa tarde el departamento de él fue testigo de sus primeros acercamientos y se convirtió luego en el refugio del ardor sin mesura, sin límites, sin tiempos, de los dos. De ese descubrimiento cotidiano de cada rinconcito de placeres. De canciones escuchadas en los CD o cantadas por ella para él. Cada vez que estaban juntos, él volvía a sentir ese fuego y ese temblor que lo sobresaltó cuando la vio por primera vez.

Sebastián adelantó unas guardias, ella rindió dos parciales y avisó en el bar que se ausentaba por el fin de semana y partieron juntos hacia Capilla del Monte en la provincia de Córdoba. Eligieron ese lugar de las sierras porque ella, llena de mar y vegetación, ansiaba conocer una montaña árida argentina. Él porque ahí gozó en su niñez de encantadoras vacaciones familiares. Y querían buscar juntos la energía de famoso cerro Uritorco para que los protegiera en ese amor.

Estaban felices, canturreaban, reían. Mayra acomodó su pañuelo, llevaba nuevamente aquel verde y anaranjado, y deslizó su mano sobre la pierna de él. Sebastián se dio vuelta y la besó. Justo en el instante en que al camión que iba delante se le desprendió el acoplado. Hizo una brusca maniobra, pero el choque no pudo ser evitado. Él salió ileso, todo el golpe lo recibió ella. Desesperadamente quiso ayudarla, protegerla, darle su propio aliento. Su trabajo era salvar vidas, pero no pudo salvar la de ella. Entre sus brazos, esos labios que tanto había besado, sonrieron en una última mueca. Esa mirada que tanto lo embelesaba, lo miró por última vez. Esos latidos que se habían acelerado al  ritmo de sus ardores, se extinguieron en sus manos.

Los padres de ella vinieron a buscar sus restos, la cremaron y se la llevaron a Bahía. Sebastián sabía que tirarían sus cenizas al mar en ese pedacito de la costa que ella tanto amaba.

Él no se pudo reponer. Con su dolor a cuestas sintió que ya no tenía más fuerzas para lidiar con la muerte. Renunció al hospital, vendió el departamento, dejó el tenis, se despidió de sus amigos y se fue a vivir a un pequeño pueblo costero en la provincia de Chubut en la Patagonia, en el Mar Argentino. Consiguió un trabajo de cuidador de embarcaciones en la playa. Sólo deseaba estar junto al mar. Con la secreta esperanza que ese intenso azul atlántico, el mismo que besa las playas de Bahía, lo mantuviese conectado con aquella mujer que sentimientos tan profundos había despertado en su vida.

Fue un solitario. Pasaba largas horas caminando por la playa, mojando apenas sus pasos en el agua salada, mirando la inmensidad. Se sentaba, tomaba puñados de arena, la hacía correr entre sus dedos. En las iridiscencias que formaba el sol parecían piedras preciosas que se escapaban de su mano para embellecer las manos de su amada que allá lejos, en la espesura de cielo y olas, se le tendían para esperarlo. A veces escribía Mayra sobre la arena y era un rezo laico para perpetuarla en su ser. Otras veces se tendía en las piedras donde las olas rompían con violencia. Sentía que las gotas que lo alcanzaban eran sus mismas lágrimas saladas de desesperanza.

Una tarde calurosa de fines de enero, con algunos turistas paseando por la playa, se sentó en su habitual forma para conectarse con el mar.

   -Señor, estás muy triste. ¿No querés ser mi papá?

La vocecita lo llamó a la realidad. Distrajo la mirada de la voluptuosidad del agua y se encontró con una carita redonda, unos rulos dorados movidos por el viento, una mirada verde triste como pocas veces había visto. Le parecía ver su propia mirada. La niña, que debía contar con cinco años, tenía en sus manos una pelota inflable de colores verde y naranja. Pensó en aquel pañuelo de Mayra ¿Por qué esa niña estaba allí, con sus mismos colores y su misma dulzura?

   -Me llamo Abril.

Volvió a estremecerse. Había conocido a Mayra en aquel bar una noche de abril.

Con la tenacidad que tiene la dulzura de los niños, le dio la mano, lo obligó a levantarse y a acompañarla. Ella, entusiasmada con la fortaleza de esa mano de hombre, no dejaba de parlotear.

    -Mi papá se murió, está allá en el cielo mirando cómo juego con esta pelota que me mandó con los Reyes Magos. Mi mamá a veces me juega, pero yo me aburro. Mirá, allá está mamá. Se llama Paula y es tan rubia como yo. Pero tiene los ojos grises, los de mi papá eran verdes. Mi mamá dice que como él se iba a ir pronto al cielo, me regaló su color de ojos. Mirá que linda es mi mamá.

Sebastián siguió el dedo de la niña y vio a una hermosa muchacha rubia en una silla de ruedas. Se acercó. Notó que sus ojos grises tenían la misma infinita tristeza. Un escalofrío recorrió su médula. Con qué cariño hablaba esa niña y con qué ternura y entusiasmo de una situación tan dura. “Sólo los niños tiene la capacidad de absorber tan naturalmente la realidad” pensó y se culpó a sí mismo de todo el dolor cargado de culpa que él tan egoístamente sentía.

Jugó un rato con la niña, le dio algunos pases a su mamá y las acompañó hasta una pequeña casita de madera que poseían muy cercana a la playa. La niña le apretaba la mano, no queriendo abandonar esa seguridad ocasional encontrada.

Paula lo invitó a tomar un café. La casa era humilde pero muy acogedora. Hermosos colores de flores, algunos tapices típicos de la artesanía mapuche y cojines que invitaban a un apoltronarse sin tiempos, impactaron su vida sin brillo. Se enredaron en una amena charla, llena de anécdotas, risitas infantiles, imitaciones de voces de animales, un juego de ludo y hasta uno de la play station. Cuando Abril se durmió y juntos la arroparon en su camita, sus manos se cruzaron, sus miradas se entrelazaron y el beso surgió poderoso, inevitable.

Sebastián se asustó. Había abandonado a su mar y a su Mayra y estaba besando a una joven mamá inválida y viuda.

Buscó una excusa trivial y se fue. Sin promesas, sabiendo que esa situación para él no se podía repetir. Que debía huir de ese afecto y ese calor que parecía empezar a envolverlo, que no estaba dispuesto a claudicar en su culpable dolor.

Se refugió nuevamente en sus pensamientos y en ese mar que lo acompañaba y que allá bien en el norte había recibido las cenizas de su amada.

Una tarde con una amenazante tormenta, dejó la playa y se fue al poblado. Iba a caminar un poco, tomarse una cerveza y buscar algún cine para refugiar su soledad. Caminado por el cantero del boulevard que era la calle principal, vio a Paula que entraba rápidamente en el hospital conducida por una mujer. Se le acercó y vio su mirada transparente llena de lágrimas.

   -¿Qué pasa?

   -Abril está internada hace tres días, yo me había ido un ratito a cambiarme y me llamaron de urgencia que se puso mal. Mirá, ahí viene el médico.

   -Yo también soy médico. ¿Qué le pasa a la niña?

   -Dice que está muy triste, que no quiere comer más, que hace fuerza para no respirar porque se quiere ir a jugar a la pelota con su papá. Y se está debilitando mucho y bajando mucho sus defensas.

Sebastián sintió que esa niña lo necesitaba, que él tenía la profesión y los sentimientos para poder salvarla. Entró a la habitación y tomó fuertemente esa manita tan pequeña y delgada que aquella tarde había buscado la suya. La niña lo miró con sus ojazos verdes y con un hilito de voz le dijo.

   -¿Te mandó mi papá para que me cuides?

Sebastián supo que era ése su lugar en el mundo. Que esa cálida muchacha triste y esa niñita de ojazos verdes eran su redención. Que podía volver a ejercer su profesión de médico en las inmensidades de la Patagonia.

Se dejó llevar por las nuevas sensaciones reverdecidas. Sin la voluptuosidad de aquella bahiana. Pero con la paz encendida por aquellos vientos de las mesetas. Y supo que hacer el amor con Paula era una nueva dicha que no había esperado ni soñado.

En algunas tardecitas, de la mano de Abril y empujando la silla de Paula con su panza embarazada de seis meses, camina por la playa. Siente que desde el mar una sonrisa se le regala. Y que los ojos llenos de chispìtas de esa niña son un milagro de vida más allá de su vida misma.



Número 23 - Noviembre 2018
revista-portada.png
Descargar gratis