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Es un instante

Martes, 11 de Septiembre 2018 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Sin tener la certeza y nunca la respuesta a un: “¿para qué estamos en el mundo?”, la vida toda, los sinsabores y los grandes éxitos, hacen que el tiempo respirado sea el mejor pasatiempo mientras que todo termina…o empieza; quizá después de haber soñado se empieza a vivir o después de haber vivido se inicia el camino al sueño. Entre el tiempo de ojos cerrados y cerebro despierto, existen todas esas pequeñas cosas que hacen grande una existencia. Año tras año y segundo a segundo, el parpadeo y el suspiro cobran sentido. Algunas personas se van, otras ya se fueron y no lo saben y quienes quedamos sin saber si estamos, vivimos rescatando tiempo del tiempo pasado para asegurarnos que los callos en los pies y las arrugas en la piel, han valido el sentido sinsentido de la vida.

No son interrogantes las que presenta un día o miles de ellos, no son reclamos los que presenta una lágrima o millones de ellas. No son misterios los que enseña una enfermedad o decenas de ellas. Se llama camino andado y en cada paso dado, sin saber para qué, las respuestas se presentan en el gran escenario, ante un teatro vacío o de frente a un estruendoso aplauso. Es caminar hacia el horizonte que nunca se alcanza y quien logra tocarlo, no vuelve para decirnos a qué sabe.

Pedirle a un niño que escriba su autobiografía, su tiempo o su experiencia, es una tortura que impulsa a la decepción: “no he hecho nada” y su acusación será correcta, no ha hecho nada por su voluntad, aun no, solo hasta que sus ojos vean su propio horizonte, su propia lentitud o su muy personal velocidad y lo poco que alcanza a ver hoy, que es nada, será un día parte de lo que pueda contar.

Exigirse como adulto, escribir y vivir la vida a través de las letras, de las imágenes, de su gente y de sus pasos, es una obligación porque el ser humano siempre será maestro. Lo aprendido, lo evadido, lo enfrentado y lo negado es escuela para quienes están en proceso de descubrir su propio horizonte; no contar la vida, no contar las piedras y los puentes, las ventanas y las puertas, es negar que se ha vivido.

Los recuentos de vez en vez son un pasatiempo como pasatiempo ha sido el andar. Las imágenes incrustadas en la memoria, en el papel y en los muros del alma, siempre son un impulso para un nuevo inicio. Si se pudo una vez, si se logró antes, puede suceder otras veces y cada vez mejor y más grande hasta que el pasatiempo termine y el horizonte tenga sabor.

Estas letras, son consecuencia de una fotografía que acabo de ver y el pensamiento se convierte en una carrera filosófica repentina que toma su curso mientras veo más imágenes de antes. Cuando veo lo que hice y lo que cumplí, cuando recuerdo que mi voz y mi palabra contaban para darle fuerza a la voz y a la palabra de otros, cuando veo que una tenue huella fue seguida y mi mano se movió de prisa para escribirlo, caigo en la cuenta, que este tiempo presente no ha servido para auxiliar a nadie, para acompañar a nadie, para escuchar a nadie. No he construido nada ni he conquistado una esquina o abierto una puerta azul; ha sido un ir y venir agotador e improductivo, como las hormigas perdidas que, lejos del hormiguero, andan de ida y vuelta sin llegar a ningún lado.

Las imágenes vuelven para recordar que esto que pasa -que no pasa- debe ser solo un instante. De memoria sé, que tengo 54 años, que nací el día que Díaz Ordaz, protestó como presidente y que llevo vistas nueve presidencias. He tenido 42 empleos, la mayoría muy productivos y emocionantes, aunque mal pagados y en ocasiones, dos trabajos al mismo tiempo. He vivido en siete ciudades de México y me cambié de casa en 36 ocasiones. Tengo en mi haber cuatro libros escritos, todos se vendieron o los regalé, no guardo ninguno y tampoco están en librerías. Escribí puntualmente decenas de artículos para ruizhealytimes.com, hace dos meses, me volví intermitente en los envíos sin saber por qué.

Para solicitar otro empleo, cuento con tres currículos: el ejecutivo, el deportivo y el literario, mismos que, en este instante no me sirven de nada y mientras más tiempo pase, el ejecutivo será obsoleto y mi horizonte ya no apuntará para ese lado.

Un baúl me siguió por 20 años, ahí vivió mi vida en papel. Algunas fotografías viejas, el primer recibo de sueldo de mi primer trabajo cuando tenía 16 años, muchas libretas y los manuscritos de los libros que escribí. Ahí vivió todo lo que me recuerda que mi pasatiempo ha sido extenso, cada papel cuenta una historia gigante. Recortes de periódico y revistas que hablan de mí, me dicen que la vida ha tenido un ritmo acelerado, productivo y exitoso. La vida en papel la acomodé en otro lugar porque el baúl lo regalé, se fue a vivir a otro hogar en donde empezó a coleccionar otras historias.

Este debe ser solo un instante, un trabajo remunerado sin logros, que quedará en el baúl, todavía hay espacio para coleccionar tiempos. Este instante será grande un día porque también logré superar un tiempo de mucho ajetreo sin productividad. Después de todo, si no se sabe para qué estamos en el mundo, el tiempo todo, debe ser siempre coleccionable para ser contado.

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Número 21 - septiembre 2018
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