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El ropero de la abuelita

Martes, 31 de Julio 2018 - 15:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Agradezco profundamente que el señor Ruiz-Healy haya creado este espacio para brindar total apertura para expresar y escribir sobre aquellas ideas que brincan de un lado a otro en nuestras cabezas y corazones, de paso comentaré que también me emociona seguir activa después de 158 colaboraciones casi ininterrumpidas (salvo casos excepcionales) desde el año 2015. ¿Por qué? Porque uno no dimensiona el valor de lo que hace y de lo que recibe hasta que pasa el tiempo y mira hacia atrás; en mi caso, escribir y publicar han sido de las cosas que más satisfacciones me han dado desde la primera publicación en tiempos preparatorianos, pero ser parte de un equipo de colaboradores bajo el auspicio de Eduardo no tiene parangón y es desde ya, una grata experiencia.

Ahora bien, habiendo agradecido la oportunidad y el espacio otorgados, además de la libertad de expresión, les platicaré de la evolución de las fiestas infantiles pues, aunque no lo crean, la forma en que los niños se divierten ha cambiado y a pesar de que hemos normalizado ciertas conductas y códigos, al parecer, lejos de lograr que los niños sean más sociables, estamos generando justo lo contario (o tal vez no, es cuestión de percepción).

Por allá en la década de los ochenta cuando su servidora oscilaba entre los seis y diez años de edad, una fiesta infantil de cumpleaños era significado de total diversión, un momento en el que se gozaba de plena libertad para hacer lo que se quisiera dentro de ciertos rangos de conducta admisible. Los papás (mamá y papá) formaban parte de la diversión cumpliendo el rol de animadores y organizadores de la fiesta; ellos marcaban los tiempos para los juegos de destreza y habilidad, la cortada del pastel, la apertura de regalos y la torna fiesta (cuando se retiraba la mayoría de los invitados y quedaban sólo los “cuates”) la cual podía convertirse en una pijamada, esa reunión en la que podíamos quedarnos a dormir en casa del festejado o festejada y prolongar la diversión unas cuantas horas más. Quienes tenían hermanos mayores o menores los incluían sólo en ciertas actividades, pues una fiesta de cumpleaños era algo personal y significaba que uno era cada vez mayor y podía tener el control de su propia celebración además de ser el centro de atención.

Pero ¿qué era eso de los juegos de destreza y habilidad? Pues nada más y nada menos que dinámicas en las que se incluía a toda la chamaquiza con el afán de divertirse y ganar premios (los cuales podían ser dulces, juguetes e incluso dinero según el presupuesto familiar) por ejemplo:

El juego de los costales: consistía en meter ambos pies en un costal (de esos donde se transporta el azúcar) y brincar como un canguro al otro extremo de la línea de salida de ida y regreso; el primero en lograrlo era premiado.

El juego de las sillas: un clásico en el que se colocaban sillas con el respaldo encontrado en una fila, se ponían tantas sillas como niños participaban, se ponía música para que todos caminaran o bailaran alrededor al compás musical y cuando se detenía todos corrían a sentarse y poco a poco se iban descartando porque se retiraba una silla cada vez, así que uno debía estar muy atento a la música para no quedarse sin silla y seguir en la ronda; el último en lograr quedar sentado gana premio.

El juego de ponerle la cola al burro: otro clásico que no podía faltar y que se trataba de poner un cartel con figura de burro en una pared, en el otro extremo, se vendaban los ojos del participante y se le entregaba una cola de cartón con una tachuela, la cual debía colocar en su lugar en el cartel frente a él; quien más se acercara o incluso, la colocara correctamente, ganaba premio.

El juego de las donas: en un listón se colgaban donas formando una fila, los participantes debían comer la dona en su totalidad con las manos atadas; quien lo lograba ganaba premio.

El juego de las palabras: papá o mamá se colocaban al centro de un círculo formado por los invitados y proponían un juego de trabalenguas, adivinanzas o memoria verbal; quien lograba acertar o repetir sin error también ganaba un premio.

Por supuesto que en ese entonces también se podía incluir el show de un payaso o un mago quienes proponían los juegos para integrar a los niños y lograr un ambiente amistoso y festivo en el que todos participaran, incluso los más tímidos. La fiesta también incluía gorros de cartón, serpentinas, espantasuegras, silbatos, confeti, pastel, gelatina, aguas de sabores o refrescos, palomitas, botanas y dulces para todos. Los adultos participaban echando porras en los concursos, motivando a jugar y cantar, vamos, eran auténticos animadores e incluso, eran parte de la diversión porque interactuaban con los niños siendo parte de los concursos infantiles o jueces de los mismos.

Actualmente, los brincolines, piñatas, videojuegos y animadores (payasos, titiriteros, magos, imitadores, etc.) acaparan la atención de los más pequeños. Algunas celebraciones ya no se realizan en casa del festejado sino en salones de fiestas que lo tienen todo: juegos, juguetes, alberca de pelotas, espumas, música; desde mi perspectiva, la atención se diversifica y el festejado deja de ser el centro de atención; es decir, los niños no asisten a una fiesta para interactuar con el cumpleañero sino para divertirse por su lado con todo lo que hoy en día ofrece una fiesta infantil y que no requiere de que un grupo de niños se reúnan para divertirse y desarrollar habilidades y destrezas, pues esa ya no es la finalidad, los regalos se reúnen en una mesa ex profeso para ello y se abren al llegar a casa, sin la oportunidad de experimentar la emoción que representa el dar un obsequio y recibirlo aderezado con el ingrediente sorpresa. Los niños de hoy son simplemente diferentes, sus juegos son de otro tipo y la tecnología los ha invadido por completo aunque eso implique ser más solitario y menos sociable en términos de interactuar, reconocerse, aprenderse e intercambiar. Bueno, eso digo yo y usted, ¿qué opina?


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Número 23 - Noviembre 2018
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