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El que calla otorga

Martes, 17 de Mayo 2016 - 16:30

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Imposible ser comunicóloga y no encontrar fallas en la comunicación o ignorar todas las formas en que el proceso se hace presente en la interacción personal.

Dice el refrán que “si la vida te da limones, aprende a hacer limonada” que no es otra cosa más que el sentido de aceptar lo que se nos presenta en la vida y sacar el mayor provecho (que no abusar) de la situación o en otras palabras, aprender de la experiencia y salir lo mejor librado del asunto aunque a veces resulta complicado ponerle buena cara al mal tiempo.

Es también a partir de la experiencia ajena que uno aprende por ejemplo hace unos días falleció la mamá de una persona muy respetada y cercana a mí y me aleccionó de forma singular la libertad con la que expresó su dolor ante la pérdida el cual se hace visible en la primera fotografía que él mismo publicó pasado el sepelio y la filosofía con que asumió la situación expresando también abiertamente el descanso que sentía al saber que su mamá al fin descansaba después de padecer la enfermedad que la aquejaba pues tuvo una vida maravillosa que merecía un final digno. Verlo y escucharlo seguir adelante a pesar de tanto dolor (sin contar la pérdida años atrás de uno de sus hijos) no sólo me conmueve sino como escribí, me alecciona porque encuentro en él congruencia entre lo que dice y hace y porque no le teme a comunicarse y expresarse.

En contraste y a menudo, lo normal es justo lo contrario porque vivimos en una realidad de mentiras, de poses, de etiquetas (aunque algunas no sean en mal sentido) de máscaras, de supuestos, de entredichos, de verdades a medias, de juicios y de silencios también. Nos da miedo comunicarnos y por eso somos fan de los emoticonos porque ellos se encargan de expresarlo todo, con un emoticono resolvemos la risa que no sabemos en qué momento y a qué grado soltar, la duda que no queremos que sea impertinente, el enojo que no sabemos canalizar o la felicidad que nos hace parecer locos ante los demás.

Y todavía más, no obstante que no sabemos comunicarnos asertivamente (fallidamente la mayoría lo hace) también hay quien se aprovecha de la situación porque le deja la responsabilidad a la suposición o a la interpretación y ante eso, no queda más que poner las cosas claras desde el principio.

Hay quien por comodidad elige no aclarar tal o cual situación quizá por así convenir a sus intereses o también puede ser por temor a declarar abiertamente su duda. Hay quien finge no haber entendido claramente el mensaje para disfrazar sus malas intenciones. Algunos más son felices entre malos entendidos y mentiras porque no se ven forzados a decir lo que realmente piensan o sienten y los menos, viven en una realidad alterna que los aísla y los hace confundirlo todo.

Quizá el problema está también en quien se da cuenta que su mensaje ha sido mal entendido y no se atreve a dejarlo claro. Para mí es un misterio porque estoy convencida de que ante un mensaje claro y directo la confusión no tiene cabida.

Existen ciertos códigos que para mí blindan no sólo la comunicación sino la interacción personal aunque la realidad me ha demostrado una y mil veces que no es así, que hace falta poner en letras grandes y en papel ciertos mensajes para evitarse disgustos. Estos códigos que para mí son infalibles consisten en:

  1. En una conversación el interlocutor no tiene por qué mentir partiendo del supuesto (primera suposición) de que todos somos personas honestas
  2. Si el mensaje no fue claro y directo no se vale asumir, suponer ni especular y en cambio, se vale preguntar y corregir
  3. Si no hay retroalimentación del mensaje el proceso de comunicación no se ha completado y se quedó a nivel informativo
  4. Si se quiere decir “A” pues hay que decir “A” y no dar vueltas al mensaje esperando que el interlocutor suponga lo que quiere decir

Total que la comunicación debería ser un asunto claro y transparente como la rendición de cuentas (creo que ya entendí la raíz del problema) la cuestión es que somos más deshonestos, abusivos, inexpresivos y temerosos de lo que creemos y por eso es más fácil argumentar que el que calla otorga.

¡Se los dejo de tarea!

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Número 22 - Octubre 2018
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