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El muerto que nos llegó del Norte

Martes, 14 de Marzo 2017 - 15:00

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Noé Israel Borja

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Desde hace rato estoy mirando a Julia. Está triste. Yo quisiera decirle alguna palabra para animarla, pero ella me dio la orden de que aquí me esté sentado, al pendiente para cualquier cosa que se ofrezca. Desde hace tres días, cuando recibió una llamada, ha estado triste. Le ha dado por pensar en su ruco, así le decía a su marido muerto hace ya varios años, y le ha dado por hacer un chuzo con sus labios y quedarse pensativa. Así es siempre que está triste. Yo sé que quisiera tener a su marido enfrente para decirle: “¡Mira!, este muerto te corresponde enterrarlo a ti”.

Porque eso le dijeron en aquella llamada, que se alistara para recibir a un muerto de Estados Unidos. Y ya está por llegar. La noticia se ha regado entre los conocidos y la gente llega a ofrecer sus condolencias. Le preguntan a Julia por el muerto, y ella dice que no sabe muchas cosas; le preguntan que de qué murió, y ella mira que yo no ande por ahí y murmura algo cubriéndose la boca con los dedos. Yo desde temprano puse el manteado para la sombra del patio y acomodé las sillas y los bancos para la gente que esperamos. Y aquí estoy sentado, esperando al muerto…

Florencio era un niño que ya pegaba carreras para la calle cuando su padre casó por segunda vez y trajo a Julia a esta casa. A Florencio, luego de la muerte de su madre, su abuela paterna lo acabó de criar. Su abuela era una señora que vendía camotes horneados y calabaza enmielada en la plaza del mercado. Aunque vivían en la misma casa, su padre, el Viudo, circunstancia que le derivó en apodo, dedicado a los trabajos del campo y a su nueva familia, casi se olvidó de Florencio.

La abuela lo apuntó al único colegio que había en el pueblo, y que era de paga; cuando ir a la escuela aún era un privilegio para pocos. Ella quería que su nieto fuera alguien en la vida.

Por ese tiempo un grupo de muchachos homosexuales se la pasaba en el zócalo del pueblo. De grutas antiquísimas les llegó y despertó el deseo carnal. Se vestían y se pintaban como mujeres, y al pasar algún muchacho que les gustaba, se palmeaban las piernas desnudas para atraerlos. La gente se escandalizaba y los llamaba frescos. Ahí fue a dar Florencio. Se hizo el mayate favorito de aquellos muchachos y, en vez de asistir a la escuela, se iba de pinta con ellos.

La abuela, muy ocupada con sus camotes y calabazas, y el Viudo, en la huerta de su bajial, no se dieron cuenta que Florencio dejó su ropa de muchachillo para vestir camisas finas y usar perfumes carísimos que los frescos le regalaban. Hasta el día en que le dijeron al Viudo que su hijo sería un hombre sin oficio ni beneficio porque nada más se la pasaba con aquellos jóvenes que sembraban el escándalo y la vergüenza. Ese día el Viudo se puso a esperar a Florencio para arreglar las cosas como él sabía. Florencio llegó hasta la media noche. Había sido un día de grande mortificación para él, porque como ningún otro, un escozor en sus partes íntimas lo martirizaba. Maldecía a cuanto fresco se había cogido porque ellos le habían pegado aquel escozor, un escozor de costras superpuestas de tanto rascarse y removérselas. Había dejado de ver a los muchachos del zócalo porque estaba muy disgustado con ellos. Y si llegaba tarde a su casa era porque se la pasaba en el billar. Trataba de llegar a su casa a la hora en que todos dormían. Entre más tarde mejor, porque llegaba directo a los fogones y al horno donde su abuela cocía los camotes y las calabazas, y ahí agarraba el rescoldo y se lo frotaba en sus costras, sentía algo de alivio. Florencio pensaba que de este modo se iba a curar, pasándose ceniza caliente, hasta donde aguantaba, sobre sus partes heridas. Aquella noche llegó a su casa, atravesó el patio, agarró rescoldo de los fogones y se fue al baño. Apenas se había quitado los pantalones, cuando sintió el ardor en los riñones del primer rietazo. Su padre lo había esperado agazapado en el corredor. En una mano tenía una reata, remojada, porque así duele más; y en la otra, un machete con el que cortaba leña. Le dijo que era la vergüenza de su sangre y de sus días. Lo amarró del palo de un mezquite que estaba en el patio y ahí lo hubiera matado si no llega su mujer y su madre. Entonces, una aplacando la furia del Viudo, y la otra desatando a Florencio, permitieron que éste, desnudo, pero libre, nada más con la camisa deshilachada por los rietazos y los fajos, arrancara una carrera para la calle y esa carrera fue dejando un bonito aroma de perfume.

Dicen que estuvo unos días más en el pueblo, que los frescos lo curaron de la enfermedad. Y ya después se fue del pueblo sin decirle nada a nadie.

No volvió a la casa durante el tiempo que su padre vivió. Ni a enterrarlo vino. Cuando murió su abuela, vino pero llegó directo al panteón para dejarle un ramo de flores.

Fue hasta muchos años después que murió su padre cuando volvió a esta casa. Él andaba en los cuarenta. Se había cambiado el nombre. Ahora se hacía llamar Baudelio. Llegó con el oficio de algodonero y el de granjearse a las abuelas: trajo como esposa a una mujer que pasaba los sesenta años. Pero a esta luego la despachó. Según, él mismo dijo, no aguantó el calor y el bochorno de estas tierras. No se desanimó, luego se buscó otra de los mismos años que la anterior.

Se instaló en el patio con una máquina de banda conque hacía algodones de almidón. De eso se mantenía. De ese tiempo yo guardo el recuerdo de su imagen: era alto y delgado y tenía un bigote grande y espeso que se la pasaba engomando. Yo le dije esto a Julia, pero ella me dijo que yo andaba muy errado, que de lo delgado y del bigote no me decía nada, pero que él era chaparro. Ya no tarda en llegar. Estoy por decir que tengo la tentación de verlo en su caja de muerto nada más por saber quién tiene razón, si Julia o yo.

Pero volvamos a aquellas tardes de cuando se ponía a hacer algodones. Recuerdo que nos arremolinábamos a ver cómo iba enmarañando los palillos de esa espuma de dulce hasta que quedaban esponjados. Mientras avanzaba, él agarraba con los dedos y nos daba la prueba. Por eso nos gustaba ponernos alrededor suyo cuando echaba a andar su maquinita. Ya cuando el sol bajaba, junto con su mujer, se iba calle arriba con su rostro alumbrado por la esperanza de las buenas ventas.

Una tarde ya no volvió a este patio a hacer sus algodones. Después ya nada más vimos a su mujer sola vendiendo por las calles. Más de uno quisimos revivir aquellas tardes en que Baudelio nos daba, y nos acercamos para pedirle un algodón, pero ella nos extendió la palma de la mano exigiéndonos la paga por delante. Nos regresamos apenados y desconsolados porque no traíamos ningún cinco. Alguien la hizo contar que Baudelio se había ido a los Estados Unidos y que le había dejado la maquinita para elaborar algodones mientras mandaba por ella.

En este rato que les he platicado esto último, ha llegado la carroza con el féretro, unos señores lo pasaron hasta el corredor y antes de acomodar la caja, pidieron a Julia que pasara a reconocer al difunto. Entonces yo aproveché el tumulto que se hizo para ir a ver a Baudelio. Julia siempre tiene razón. Baudelio se veía achicado, como si sus huesos apenas cupieran en su piel fría y reseca. Nada de alto como yo según lo recordaba. Nada más tenía su bigote rutilante de tanto engomar, como si se hubiera venido engomándolo por todo el camino.

Alguien le da las condolencias a Julia, y luego le pregunta que de qué murió el muertito, y ella ve que yo no ande por ahí, tuerce la boca, hace un chuzo y se cubre los labios con los dedos y dice una palabra como no queriendo decirla, debe ser una enfermedad malísima, porque no quiere decirla, y después de decirla se limpia los labios como limpiando lo sucio que dejó esa palabra en su boca.

 

Este texto forma parte de un manuscrito de relatos que el autor publicará bajo el mismo nombre: El muerto que nos llegó del Norte.

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Número 21 - septiembre 2018
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