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El arte: ese infinito

Viernes, 16 de Febrero 2018 - 15:00

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Juan Mireles

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El arte, esa manía por encontrar algo, por reinventar las cosas en un intento por acercarse a la definición más precisa.

Sólo un roce. La suficiencia y la inocencia del artista.

Quieren encontrar lo nunca visto, la unidad que lo contiene todo.

Así se van muriendo, desprendiéndose de la seguridad de saber algo: “Empezamos a dudar si saberlo todo de antemano –de arriba abajo- era de verdad saberlo todo” Wislawa Szymborska.

Sí, el arte como una aproximación a la verdad, al interior del ser humano y de todo lo que nos rodea.

Los ojos de un niño y la sonrisa, la falta de la culpa, la esperanza y la creencia, la confianza, la boca dulce y la lengua limpísima, y también el capricho y el fuego, esa luz que ilumina el vacío: el artista.

Quizá el artista consiga sensibilizarse a partir no de una vocación únicamente sino desde la necesidad que, de tanto, diría Cortázar, se vuelve obsesiva.

Un oficio que no suelta al escogido. Que le echa una cruz sobre los hombros y le dice “anda”, descubre que detrás de todo, hay una continuación de lo mismo, que la salida es una puerta pintada en una pared cualquiera.

Esa cruz, el arte, pesa tanto que se tiende a disimular su peso diciendo que no, que el arte no es tan importante, que el quehacer artístico es poca cosa: le restan importancia para quitarle peso a esa madera que talla el cuerpo y lo sangra.

Los huesos al descubierto del artista –la herida- es el dolor que plasman en sus obras.

Vaya responsabilidad adjudicada, vaya maldición siempre inoportuna. Vaya necedad innecesaria.

Diría la maravillosa portea Szymborska: “Qué estoy haciendo aquí donde no hay nada”.

Qué hacen los artistas, ahí, donde se supondría se resolvería el mundo -esa eterna sensibilidad que palpita siempre y que guía a un núcleo lejanísimo e inalcanzable-, si donde nos dijeron estarían los frutos y el agua, sólo hallamos más tierra.

El arte hace preguntas. Mira al interior de las cosas, escudriña sus profundidades, grita, consigue el eco y se ilusiona, continúa los rastros de su propia voz y le pregunta: ¿qué son todas las cosas?, ¿qué es aquello que logra la literatura, la poesía, la pintura, la música, la escultura? ¿Qué sentido tienen mis preguntas?

Ante el silencio, ante el acto primario de la incertidumbre, la salida. Regresar al mundo, a la tinta y al papel con otra voz: los signos -esas palabras- apareciendo sobre la hoja, hilándose, entendiendo su virtud, su idea y su contexto.

El poema y los versos, la respuesta, ya no del desconocido sino la conclusión del poeta, del artista: “El señor habla de otra cosa porque es su voluntad hablar de otra cosa” (W. Szymborska).

Pero hay una necesidad por no callarse, por dar respuestas que nadie pide, acaso, para resolver nuestro mundo, el interno, y apaciguar los males que ocasiona la voluntad artística.

Ante la falta de un Dios consciente, revelado, sano y empático, ante la falta de un Dios sin palabras, los artistas. Sus voces son la invención de lo que calla aquél.

Lo poético es quizá el acto teatral que consigue situar al que no tiene sitio, acercar una silla y platicar con él, al aire, de todo, de tantas cosas, para no sentirnos solos -hay otra cosa del otro lado, queremos pensar: aun siendo conscientes de la mentira.

¿Cómo desde un acto fuera de toda corporalidad como la expresión y sensibilidad artística llegamos a descreer de la existencia de un ente superior bellísimo?

Diría la poeta: “a costa de indescriptibles pérdidas, un pequeño poema, un suspiro”. Sí, la resignación del artista al darse cuenta de su orfandad.

Se resuelve que el arte es un abrazo para morir ya sin el peso de la cruz.

Pero en el cuerpo queda el rastro, la historia, la dificultad. Algo lastimó ese cuerpo, algo lo dejó marcado: la curiosidad y la continuación del arte.

Más tarde otro artista, otra poeta llega y descubre lo mismo, encuentra en su voz similares respuestas a su oficio, a su arte.

Todo es una continuación de la que nadie puede escapar. Aurora Luque lo sabe bien, otra artista que descubrió, parafraseando, que las palabras servían para otras cosas: “Los esfuerzos titánicos del arte/por aclarar la eterna turbiedad de los días”.

La eternidad es esa pulsión artística, esa necedad que lo continúa todo.

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Número 18 - mayo 2018
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