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Difunta Correa

Martes, 20 de Marzo 2018 - 15:30

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Silvia Alicia Balbuena

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  • Versión libre de un mito argentino. Mi homenaje a las mujeres en el mes de su Día Internacional.

Tengo sed. Caminaré rápido, ¡allá veo agua!

Deolinda no conoce el desierto, no sabe que el calor, por refracción de los rayos solares, forma espejos y que al reflejar el azul del cielo parece agua. Está sedienta, aprieta su hijo contra su pecho y acelera el paso. El espejismo a veces desaparece, a veces se aleja y ella se desanima. Le quedan pocas fuerzas.

Agua… necesito agua… Mi chango y yo moriremos… Agua. ¡Malditas! No me dancen, ¡denme agua!

Las enormes piedras a los costados de su paso parecen burlarse, se visten con harapos que flotan en el aire y le hacen rondas danzantes, se le mueven rozando su larga falda, se le ríen con risas estruendosas. Deolinda saca fuerzas de sus debilidades y sigue por las arenas desconocidas rumbo al norte. Es el año 1840. Las tropas montoneras alistaron a su esposo y se lo llevaron a una guerra que no conocían. Ella sabe que su esposo enfermo necesita su medicina, que sólo ella prepara y que lo puede reconfortar. Por eso casi sin pensarlo, con sólo las referencias del Atanasio, el mendigo del pueblo que en una charla maloliente de alcohol le dijo que siga al norte el camino de los algarrobos y lo iba a encontrar en La Rioja, preparó la travesía. Sin averiguar demasiado, y a la vez huyendo de los acosos del comisario, se lanzó, desde su San Juan, al camino de los algarrobos en búsqueda y apoyo de su esposo. Sólo encontró el desierto desconocido.

¿Dónde están los algarrobos? Sólo veo arenas. Arenas que me comen los pies. Y piedras. Piedras que me empujan, me enceguecen, me gritan. ¡Basta! No doy más. Necesito comer y tomar. Necesito descansar…

Sólo teniendo como manta un cielo constelado, en la negrura de la noche, se refugia en una piedra. Siente que unos brazos la acunan. Empieza a desvariar. Prende a su hijo de su seno y se duerme.

Las claridades la despiertan. Mordisquea el último pedazo de charqui acompañado por su último mendrugo y toma las gotas que quedan en su cantimplora. Pide un milagro, encontrar el algarrobal y un alma que la socorra. Saca sus escasas últimas fuerzas y sigue el camino.

El rojo de su vestido se vuelve más intenso con el calor abrasador de un sol que hace más dura su marcha. Aprieta a su niño y piensa en su esposo, percibe que la llama, que la necesita, que debe llegar a donde está él.

Sus pies ya llagados se mueven con dificultad en las arenas. Siente que el suelo la come. Que el calor la consume. Que las esperanzas empiezan a morirse en esas soledades.

Ya cayendo la tarde…

Una loma… ¡La loma! Y tiene un árbol. ¿Será el algarrobo que me prometió Atanasio? Tal vez encuentre un arriero… Tal vez me dé agua. ¡No! Váyanse hombrecitos de negro. No me miren así. Esos ojos movedizos me asustan…

Mientras sube la loma empieza a desvariar. Mil ojos inquietos, inmensos, vestidos con capuchas y túnicas negras la rodean, le danzan amenazadoramente, parecen corroerle el alma.

Fuera ojos vestidos de negro. ¡No me toquen! Déjenme trepar la loma, debo llegar. No me atrapen. Hay un árbol… Lo necesito… Fuera ánimas con ojos. No me asusten. Mi chango está protegido, mi marido me espera, no me toquen. ¡No me quiten el aire, no me cierren el pescuezo! Fuera…

Ya las estrellas son agujeros intensos en un cielo negro sin luna, cuando Deolinda Correa llega a la loma y se tira bajo el algarrobo. Aprieta a su niño

Bebe chango… alguien vendrá y nos ayudará. Bebe mi leche. Sonríe, vive…

Su voz se hace un hilo. Agujas punzantes le comen sus carnes, delira.

¿Viste changuito? Llega la lluvia, siente las gotas, ya están en mis carnes, ya estarán en tu leche…

La voz se le vuelve un susurro imperceptible. Ya no soporta esas agujas que la carcomen. Los brazos se le caen. Los músculos pierden su tonicidad. El dolor se acaba, una dulce sensación le recorre el cuerpo. Llega la nada…

Mira changuito, ahí están unos arrieros, te salvarán. Es verdad, el algarrobo es vida…

Dos días después, unos gauchos que recorrían el lugar encuentran el cuerpo de la mujer vestida de rojo muerta y su pequeño niño con vida mamaba del fluido que su cuerpo aún emanaba. Toman al niño y entierran bajo unas piedras a su desafortunada madre, entre sus ropas encuentran su nombre: Deolinda Correa. Colocan una piedra a modo de lápida, le escriben DIFUNTA CORREA y se llevan al niño. El mito popular empieza a nacer.

Escucho voces. Algunos se acercan. Gritan o susurran. “Que nunca le falte agua a la Difunta”. Rodean mi tumba de botellas de agua… ¡Cuántas! Calmarán mi sed por toda la eternidad. Los dioses de los cielos me ayudan, mi chango vive y yo tengo agua…. ¡agua!

Mujeres y hombres, gauchos y chinas, arrieros. Caminantes. Promesantes de todas las latitudes comienzan a llegar a la tumba de la Difunta. Si ella ya muerta había podido dar de mamar a su hijo, pudo sacar vida de la muerte, todos llegan a pedir milagros. Las madres elevan sus oraciones para que ella nutra sus pechos escuálidos. Personas de toda condición social le acercan ofrendas de las más diversas, como pedidos o en agradecimientos de milagros obtenidos.

Hoy es 2 de noviembre, Día de las Ánimas. ¡Cuántos llegan a mi tumba! Mi fe en esa larga caminata en el desierto es su propia fe que los mueve hasta acá. El milagro de la fe los coronará. Yo sólo soy la mano que les marca el camino, camino que ellos mismos encuentran en su interior.

Así esta historia ancestral indígena se convirtió en uno de los mitos paganos más fuertes del folklore argentino, mito o leyenda que el catolicismo no avala ni acepta, porque no concibe ni puede re-interpretar la vida emergiendo de una muerta.

Hoy es 4 de abril… ya escucho el galopar de los caballos de interminables cabalgatas que llegan con sus jinetes de todos los alrededores para seguir calmando mi sed y que les siga marcando destinos. Son muchos… me conmueven… Les tenderé una mano de salvación con los mismos sueños y el mismo amor con que le di leche a mi chango. Me necesitan… los cielos me marcaron que debía ayudarlos.

Tal vez la Difunta Correa, desde los cielos o desde los dolores, sonría a la devoción popular tan difundida en Argentina, ya que arrieros y camioneros han levantado en todas las rutas del país, desde Jujuy a Tierra del Fuego,  pequeños altares, oratorios, ermitas, en los cuales caminantes y promesantes dejan botellas de agua y elevan sus pedidos y sus gracias.

Mira, mi changuito. Ya han pasado casi 180 años. Mi terrible historia de amor, sacrificio y esperanza se ha convertido en un símbolo… en un prodigio de fe…

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Número 17 - abril 2018
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