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Crónicas del Año Cero (XI): El Futuro, un Apocalipsis sin Utopía

Lunes, 04 de Diciembre 2017 - 15:00

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Jaime Guerrero Vázquez

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Los mitos fundacionales acerca del origen del ser humano preceden a los de su final. Al menos así parecen testimoniar las herencias culturales conocidas. Sin embargo, el fin de los tiempos no parece haber sido de gran interés para nadie hasta 1,500 ó 1,400 años A.E.C. (Norman Cohn), cuando Zaratustra habló de la consumación de los tiempos. Tal vez este personaje fue el primer milenarista, pero cuando llegara el fin, Aura Mazda derrotaría a Angra Mainyu y se inauguraría una eternidad de dicha. Estas dos ideas, Apocalipsis y Utopía, permanecerían juntas hasta el siglo XX. En la tradición cristiana, el Apocalipsis de San Juan es el documento más conocido de una creencia semejante.

Esta idea se repitió a lo largo de los siglos. En la Edad Media, Joaquín de Fiore (S. XII) preconizó el inminente advenimiento de una tercera época de la historia humana, la del Espíritu Santo. Pero no fue el único, en los primeros siglos después de Cristo, los cristianos esperaban el Apocalipsis en el corto plazo como una forma de escapar de los tiempos difíciles y alcanzar el reino de los cielos. El milenarismo o quiliasmo fue tan nocivo que San Agustín llamó a no hacer cálculos de cuando debían empezar a contarse esos mil años que mencionaba San Juan. Curiosamente, para Jean Delumeau y Umberto Eco el Apocalipsis no es un libro de desgracias, sino de esperanza, pues detrás de este vendrá la utopía de un mundo celestial mejor y más justo.

Los siglos XVIII y XIX sustituyeron la idea del Apocalipsis de las grandes religiones monoteístas por la idea de una especie de Apocalipsis social y político que vendría seguido de un mejor mundo. Kant mencionaba un quiliasmo  filosófico “…que espera un estado de paz perpetua, fundada en una liga de las naciones como república mundial”. (Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano. P. 877). Como en la epopeya federacionista de Star Trek, un mundo justo, sin hambre y en paz. Qué decir de Karl Marx, cuyo Apocalipsis era la revolución tras la cual vendría una especie de Purgatorio (socialismo) que devendría en un paraíso (comunismo). En pocas palabras, los filósofos y políticos siguieron atados a la idea judeocristiana de Apocalipsis-Utopía.

El siglo XX (y el XXI) condenó las utopías como una esperanza vacía. El progreso y el desarrollo tecnológico, el triunfo de la razón, no traerían el paraíso para la especie. El futuro se veía como una antiutopía o distopía en el arte, el cine, la literatura, la filosofía y la política. Hoy, el ofrecimiento de soluciones universales (del tipo comercio mundial, democracia liberal, desarme, integración, etc.) despierta desconfianza en muchas sociedades. En Medio Oriente, una parte de Europa, América Latina y África los nacionalismos o el fundamentalismo religioso abren la puerta a “nuevas ideas” basadas en el apartarse de la corriente mundial, ser uno mismo, sin el otro. Detrás del “America First” trumpiano o la independencia de regiones enteras reside ese desencanto. La utopía de una paz mundial, el entendimiento de los seres humanos a nivel global o la vida buena para todes ha sido expulsado de las agendas de futuro.

La realidad está derrotando a Francis Fukuyama, autor del libro “El fin de la historia”, quien auguraba el triunfo de la democracia liberal (¿y amoral?) como la mejor forma de “solucionar el problema humano”, pero sería “una época muy triste” pues quedará atrás el “arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la pugna ideológica mundial que exigió audacia, valor, imaginación e idealismo sería remplazada por el cálculo económico, la solución interminable de problemas técnicos, preocupaciones ambientales y la satisfacción de las complicadas demandas del consumidor. En el periodo poshistórico no habrá arte ni filosofía, tan solo, la perpetua atención al museo de la historia humana.”

Esta idea del fin de la historia es absurda. En El fin de todas las cosas (1794), Kant señaló: “la idea de que llegará un tiempo en que cese todo cambio (y con él, el tiempo mismo) ofende a la imaginación.” (citado por Elinor Shaffer). Pero el posmodernismo sí cree en el apocalipsis (en minúsculas). Como ha dicho Derrida: “un apocalipsis sin visión… un fin sin ningún fin.”

Y parece que tendrá razón. El Apocalipsis probablemente no vendrá ilustrado a la manera de Doré, con Dios destruyendo el mundo; vendrá ilustrado por gráficas y estadísticas que mostrarán el hambre; la enfermedades, curables, pero incosteables para las masas; la contaminación y las guerras por el agua potable.

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Número 12 - noviembre 2017
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