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Condorito y el letargo de la animación latinoamericana

Viernes, 20 de Octubre 2017 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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El estreno tardío del primer largo del famoso cóndor chileno, es una muestra más de que a la animación en Latinoamérica le queda mucho camino por recorrer

Quienes vivieron su infancia en los años 80, sin duda tuvieron contacto con una historieta, Condorito, editada por la hoy extinta Novedades Editores. Su característica principal era su impresión a dos tintas y su humor simple pero efectivo, en pequeñas tiras de una página. Creado por René Ríos Boettige, “Pepo” en 1949, y después de convertirse en un verdadero clásico dentro de la historieta latinoamericana, llega al cine en formato de animación 3D.

Condorito: la película (2017, Alex Orrelle y Eduardo Schuldt) narra lo ocurrido cuando el cóndor de cabeza calva más famoso de Latinoamérica hace un convenio con unos extraterrestres para que secuestren a su suegra, pero al ver el dolor que le causa a su novia, decide rescatarla de sus captores, aunque deba viajar al espacio por ella.

Anunciada desde el año 2015, la cinta contó con un presupuesto superior a cualquier animación que se haya realizado en todo el territorio latino, quizá únicamente superado por Metegol (2013, Juan José Campanella), sin duda la mejor película de dibujos hecha en estos lares. En este sentido, el diseño de personajes y el CGI resultan muy bien realizados, pero un aplauso especial se lleva una pequeña secuencia en la que un personaje ve en un televisor una caricatura estilo “Transformers”, hecha de manera tradicional.

Pero por desgracia, fuera de eso, no tiene ningún otro atributo. La historia es muy convencional y repite los clisés de prácticamente todos los filmes animados: personaje bueno pero muy egoísta, que hace algo poco ético y mientras intenta arreglarlo, va cayendo en cuenta de que actuó de forma mezquina y al final encontrará la redención. Por el lado del humor, es bastante elemental y muy de vez en cuando logra arrancar una sonrisa, lo cual quizá es más grave de lo que parece, al darse cuenta que eso es precisamente lo que caracterizaba al personaje.

Aquí no está el pícaro que siempre se salía con la suya, que intentaba ligar mujeres y siempre terminaba siendo castigado por su eterna novia Yayita y para colmo, el doblaje que se presenta en la versión de nuestras salas, encabezado por el mediocre Omar Chaparro, está lleno de lugares comunes y chistes fáciles o muy quemados.

La traición y descafeinación es ya una constante en este tipo de adaptaciones de personajes clásicos a la animación, principalmente en Latinoamérica. Ya ocurrió con Don Gato y su pandilla (2011, Alberto Mar) y su secuela, Don Gato: El inicio de la pandilla (2015, Andrés Couturier), El Santos vs. La Tetona Mendoza (2012, Andrés Couturier y Alejandro Lozano) y Boogie, el aceitoso (2009, Gustavo Cova). Aunque en los dos últimos casos se trata de filmes muy divertidos, la principal barrera con la que se enfrentan es que los personajes vienen de tiras cómicas, no de historietas. No tienen, a diferencia de sus contrapartes norteamericanas, una sólida historia y tradición detrás. El 90% de ellos fueron creados para hacernos reír con chistes insertados en periódicos y revistas diversas, son sketches, no tienen una continuidad que permita el realizar un arco dramático para una cinta. Entonces se trata de forzarlos a ser lo que no eran para llenar la hora y media que debe durar un filme, aunado a los tiempos actuales, en los que la corrección política, la mayoría de las veces, no permite que se vean todos los rasgos de su personalidad. Si fue difícil conservar el espíritu pícaro de Condorito, mucho menos se puede llegar a imaginar una cinta de, digamos, Los agachados o Memín Pingüin, con esa mala leche que caracterizaba la obra de Rius y el color de piel de la creación de Yolanda Vargas Dulché y Sixto Valencia, llenos de estereotipos raciales y culturales. Por lo pronto, Condorito, la película, nos queda a deber y nos deja, otra vez, quejándonos de que aún no ha llegado la animación latinoamericana que esperamos.

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Número 12 - noviembre 2017
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