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Cartas a Tora LXXXIX

Viernes, 08 de Junio 2018 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El otro día amanecimos con la novedad de que el chavo del 7 se levantó muy temprano, se vistió de traje oscuro y corbata color vino, y cuando los vecinos salían a trabajar o a la compra, se les presentaba (Todos lo conocían ya, pero el hecho de que se presentara les cayó muy bien), los saludaba, se interesaba por la familia, les preguntaba cuáles eran, según cada uno de ellos, los mayores problemas de la vecindad y qué sugerían para resolverlos. Esto les cayó todavía mejor porque, por primera vez, alguien los tomaba en cuenta.

El portero se enteró enseguida. No porque se levantara temprano. La noche anterior tuvo un “encuentro” con la Flor (Y su prima) y se desveló muchísimo. Lo que pasa es que su guarura consentido le fue con el chisme. No sabes cómo se enojó. “Esto es jugar con ventaja”, gritaba. “Se está aprovechando de que yo respeto el sueño y el trabajo de los demás para comerme el mandado (Entiendes ésto del mandado, ¿verdad?. Es muy fácil. Y si no, imagínatelo, que  te hace mucha falta ejercitar la imaginación) ¡Tengo que hacer algo!”. Pero no se le ocurría nada.

El del 7 se fue a media mañana, para no llegar demasiado tarde a la Delegación, y el portero seguía en las mismas, pero cada vez más enojado. Reunió a todos los guaruras, y les pidió ideas. O, cuando menos, sugerencias. No se podía quedar con los brazos cruzados viendo a su adversario ganar votos. Les dijo malagradecidos, hijos de su mamá, cabezas huecas y, por fin, idiotas. Después de varias horas de deliberaciones el más feo (Su consentido) le sugirió que en la noche se parara en la puerta de la vecindad, saludara a los vecinos de mano, se interesara por su familia y les preguntara cuáles creían que eran los mayores problemas de la vecindad. Se lo agarró a sombrerazos, le dió una patada y le dijo que antes de hablar, dejara de rebuznar. Sin embargo, estuvo a punto de poner en práctica la idea; pero el más joven de todos, un chico bastante guapito (Quién sabe quién será su madre, que así logró anular todos los genes del padre) le dijo que mejor fuera a visitarlos a sus casas y se interesara por el estado de su hogar.

Le pareció bien la idea, y enseguida la puso en práctica. Se puso su mejor traje (Es decir, el único); mandó a un guarura a comprarle una corbata de color rojo, no rojito o de puntos, sino rojo intenso, rojo bandera, rojo sangre de los héroes y los mártires, se hizo acompañar por el feo y se fue a visitar al inquilino del número 1.

El del 1 no estaba. Ni su esposa ni sus hijos. En el 2 estaba la empleada doméstica, que se rió mucho al verlo así vestido, y le dijo a su guarura que no se fuera, que la acompañara un ratito. El muchacho pidió permiso y se quedó. (Estuvo hasta las tres de la mañana; y llegó a la portería arrastrándose, lamiendo el suelo con la lengua, a ver si se le quitaba el sabor a pachulí que le quedó impregnado).

Para visitar a la Mocha, el portero se llevó al guapito; y a punto estuvo de coserle unas alitas en la espalda para quedar bien con ella. ¿Pero sabes lo que le dijo la indina?  (No sé si “indina” viene de indio o si es casualidad, pero la etimología no importa. ¿O a ti sí te importa?). Que el mayor problema que tenía la vecindad era el portero, que además de flojo era corrupto, mujeriego, incompetente y aprovechado. El portero no sabía qué contestar, así que se levantó y se fue, con la cabeza muy alta y el guarura revoloteando alrededor de él, como luciérnaga apagada.

Los del 56 le invitaron una botella de tequila, que el portero se tomó muy a gusto, y le dijeron que contara con ellos para todo menos para echarle aguas, porque con el agua no se llevaban. Y se echaron a reir como descosidos. (Nunca he visto reir a un descosido, pero por algo lo dirán).

Ese día ya no pudo hacer más visitas, porque le dolía mucho la cabeza (Dijo que se le había subido la presión, aunque yo creo que fue otra cosa. Pero eso no se le pude decir, porque se enoja. Sólo la Flor le puede hablar de eso; y con mucho  tiento, no sea que el tequila se le cruce con las pastillas para la presión y sufra un corto circuito emocional).

El caso es que en la noche el chavo del 7 siguió saludando a los vecinos. Y el portero, que ya hacía rato estaba montado en cólera y a punto de ser despedido por los aires, le mandó a la Flor.

Hacía mucho tiempo que el chavo no se la encontraba así, cara a cara, y se notó que estaba impresionado. El caso es que dejó a su mamá en la puerta recibiendo a los vecinos, y se llevó a la Flor al hotel de al lado. La pobre madre lloró amargas lágrimas de dolor; pero por dentro. Por fuera se mostró siempre sonriente. El chavo regresó a los veinte minutos, con los ojos y los labios hinchados, pero más amable que nunca. Y todos los vecinos lo alabaron por poner el deber encima del placer (O del amor, según el vecino fuera masculino o femenino). El caso fue que sus votantes se multiplicaron.

Aquí entre nos, la Flor regresó una hora más tarde, conteniendo las lágrimas. Y le dió al portero una bofetada que sonó en toda la vecindad. Los vecinos se preguntaban qué había sido eso, pero nadie se los supo explicar.

Y paro, porque me voy a ver “La Miel Se Fue de la Luna” Pero ¿cuál luna? ¿Cuál miel? Que yo sepa, en la luna no hay abejas. Ha de haber algunas claves en ese título, que me resulta muy atractivo, sin saber por qué.

Te quiere,

            Cocatú

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Número 22 - Octubre 2018
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