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Cartas a Tora LXXXI

Viernes, 13 de Abril 2018 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Hoy te voy a contar algo que a lo mejor te parece desagradable. Pero así es esta gente, y hay que tomarlos como son. Ojalá que todas las personas que queremos fueran como nos gustaría que fueran. Sería muy bueno. Y muy práctico. Pero a veces los hijos nos salen terribles, y si no fueran nuestros hijos no los aguantaríamos, y…

         Para tu carro. Yo no estoy en esa situación. No tengo ningún hijo, ni agradable ni desagradable. Y el que diga lo contrario que se prepare, porque le voy a contestar como se merece. Y tu no andes creyendo todo lo que oigas, porque te vas a llevar unas sorpresas y unos disgustos…

         Bueno, a lo que iba. Llegó un nuevo inquilino, un señor solo, que al parecer no tiene familia. Pero levantó ámpula. ¿Y sabes por qué?

         Antes de explicártelo, recuerda que esta gente tiene, donde termina la espalda, una región musculosa, grande, dividida en dos partes iguales (Más o menos), que emplean para sentarse y para… para algunas otras cosas, no siempre muy decentes (Consulta la enciclopedia, para que no te quedes con las dudas). El caso es que este señor tiene esa zona muy desarrollada. Es un poco raro, porque las mujeres la suelen tener más prominente que los hombres en razón de la función reproductiva (No sólo de la gestación, sino de todo lo que conduce a ella). Han hecho unos estudios (A esta gente le encantan los estudios, especialmente los que a nadie le importan) que afirma que ese es el primer punto que las mujeres aprecian en los hombres (Después de la cara, que es lo primero que ven, salvo algunas excepciones). Aquí, en la vecindad, nadie ha oído hablar de ese estudio, pero es un hecho que ese punto de la anatomía masculina interesa profundamente a todas estas viejas (Yo con frecuencia las oigo hablar de eso, y hasta apuestan sobre el peso que tienen esos músculos).

         Bueno, pues ese señor tiene los músculos glúteos más grandes que he visto en mi vida (No es que sea yo un experto, pero basta con fijarse un poco. Y no seas mal pensada). La primera  en notarlo fue la del 3 (Es la que se levanta más temprano), y enseguida telefoneó a las demás para que salieran a verlo (El señor estaba corriendo alrededor del patio en pantaloncito corto. Yo creo que es un poco exhibicionista). Inmediatamente salieron todas, quien en bata, quien en camisón, quien sin haberse pasado el peine, y el patio se llenó de exclamaciones de asombro, de placer y de incredulidad (Al señor le puedes poner un vaso lleno de agua en esa parte, y no se cae ni una gota, dicen los exagerados). Y ahí estuvieron todas, olvidando el desayuno de sus maridos y de sus hijos, hasta que el señor se metió a su  vivienda, momento en que se encendieron todos los celulares con que lo habían retratado. Y en unos minutos ya se había urdido toda clase de leyendas en torno a su principal característica, desde quien decía que era cuestión genética hasta una malformación durante el embarazo de la madre o el regalo de un hada madrina sumamente complaciente.

         Los señores se enojaron, y amenazaron a las señoras con madrearlas (Un horrible derivado de la hermosa palabra “Madre”. ¿Tu concibes eso?). Pero a ellas no les importó, y establecieron guardias para que cuando el señor saliera de su vivienda o regresara de la calle pasara el aviso a las demás. Y la noche que llegó a  las dos de la mañana  estaban  todas en los pasillos, preocupadas por su ausencia, y rezando para que no se las aplastaran.

         Esa noche, el portero se asomó al patio al oir el escándalo que hacían y vio entrar al señor cuando al fin llegó, y por primera vez vez se fijó en su característica. ¿Y qué crees? Se puso verde de envidia. Sobe todo, porque la del 46 estaba al borde de la histeria, ¡y tres días antes le estaba echando los perros a él!

         Interludio cultural.- Para echar los perros no hace falta tener perros. La del 46 apenas le puede dar de comer al flojo de su marido, y menos puede alimentar a unos perros. Tampoco se trataba de un animal que recogiera en la calle y se lo regalara al portero. No. “Echar los perros” quiere decir lanzar miradas, sonrisas o gestos insinuantes, invitadores o francamente provocativos. En el primer caso son perros pequeños, chihuahua o pekineses; y al final pueden ser mastines o doberman, según sean los embates de la pasión. En el caso de esta señora, ya eran francamente lobos.  Esto lo debes entender muy bien, porque cuando te conocí fui a saludarte inocentemente; pero me miraste, y me sentí mordido por todas partes. No digas que no, que te conozco.

         Pues el portero se sintió desposeído, y corrió a su vivienda a verse en el espejo; y se encontró con que por detrás sus músculos se veían tristones. No es que por delante estuviera muy festivo pero, por lo menos, el pantalón le quedaba un poco tirante (En realidad, es por efecto de un abdomen un poco dilatado por motivos intestinales, pero él no lo quiere admitir).

         Para mejorar su apariencia, empezó por meterse más ropa en la parte posterior de los pantalones pero le quedaron muchas bolas, no las curvas que invitan al pellizco del otro (Son palabras de las viejas de aquí, no mías). Una bolsa de agua caliente era muy cuadrada, y  un ladrillo se notaba demasiado. No encontró la manera de aumentarse esos músculos, y se le ocurrió llamar a la Flor. Ella seguramente podría ofrecerle una solución, pues es una mujer de muchos recursos y mucha más experiencia.

         Ya me cansé de escribir. Lo que pasó con la Flor te  lo cuento en otra carta, pues es muy interesante ver cómo esta gente mezcla el amor con la política. Aunque lo de la vieja del 46 no es amor; y lo del portero, menos. Ellos lo califican así para sentirse menos culpables y más dignos, pero es un calentón. Ya verás, ya verás y podrás juzgar. Si quieres. Porque si no, será que no entendiste nada. Pero yo tengo confianza en ti.

Te quiere,

Cocatú

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Número 21 - septiembre 2018
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