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Cartas a Tora LXXIV

Viernes, 16 de Febrero 2018 - 16:00

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Hoy te voy a contar lo que le pasó a la señora del 7. Es muy buena persona, y desde que murió su marido se dedica a ayudar a todos los que puede. Y más que su hijo está haciendo muy buena carrera en la Delegación y muchas veces no llega ni a dormir.

El caso es que hay un mendigo en la esquina;  y la señora le tenía mucha lástima, porque se veía que era bueno (Y si no, lo parecía). Un día le sacó una torta (Pan con algo dentro, que se está convirtiendo en comida folklórica de esta ciudad) para que comiera. A partir de ese día, el mendigo la busca cada vez que sale a la calle. Un día que no salió porque estaba resfriada, entró y le tocó en la ventana de la cocina. La señora lo hizo pasar, y le dió de comer. Así estuvieron varios días, hasta que el portero empezó a fijarse. Un día detuvo al mendigo, y le dijo que estaba prohibido comerciar en la vecindad. Alegaron mucho si era comercio o no, pues el portero decía que el mendigo sacaba provecho de aquella mujer, y el mendigo afirmaba que era una ayuda desinteresada. Al cabo de un rato el portero llamó a sus guaruras, y entre todos expulsaron al mendigo de la vecindad con muy malos modos. Y al día siguiente, no lo dejaron entrar.

La señora del 7 abría la ventana a cada rato para ver si venía el hombre, pues le había hecho unas enchiladitas de mole, y se veía que estaba nerviosa porque no lo veía aparecer. Observó que allí estaban los guaruras, paseándose como quien no quiere la cosa (¿Cuál es la cosa? ¿Pasear? Misterio). Ya en la tarde uno de los guaruras (El mayor, que es grandote y feo) fue y le dijo al mendigo “¿Tienes hambre?”. Y como él contestara que sí, le dijo: “Ven”, y lo llevó a la portería. Allí, el portero le dijo que podía entrar a comer con la señora, siempre y cuando le trajera algo a él. “¿Y cómo voy a hacer para traerme algo?”. “Cuando acabes, dile a la señora que te regale un taquito para tus hijos”.

El mendigo lo tuvo que hacer así. Pero cada día, el portero le pedía más; y como no se atrevía a pedirle a la señora, empezó a robarle. La señora se daba cuenta de que cada día tenía que hacer más comida, pero era incapaz de pensar que la estaban robando. Porque, además,, los guaruras estaban siempre rondando la ventana de su cocina; luego iban a decirle a su padre lo que estaba cocinando, y el portero le exigía que le trajera aquello que más le gustaba. Finalmente, la cosa se hizo insoportable; y al mendigo se le ocurrió pedirle una torta a la señora, y cuando salió de la vivienda recogió una porquería de perro que encontró en el patio (Cada día está más sucio el patio) y se la puso dentro.

Al portero no se le antojó la torta, y se la regaló a su hijo el más chico. Este se la comió, y antes de la noche estaba malísimo del estómago. Lo llevaron al Seguro Vecinal, pero la enfermera sólo le pudo dar un cocimiento de salvia condimentada con hierba del sapo que ni siquiera había lavado bien.. Eso lo puso peor, y  tuvieron que llevarlo al hospital. Lo salvaron, pero al portero le costó una lana (No, no intervino ningún borrego. Así se llama al dinero a veces, porque también tiene muchos otros nombres).

Cuando regresaron a la vecindad, el portero se las olió. No porque sea muy inteligente, sino porque en la basura quedó un pedazo de torta, y toda la casa olía  a… Perdón por lo que voy a decir… a eso, a lo que la torta tenía. Mal pensado como era, temió una venganza del mendigo o de la señora del 7. Pero no podía creer que la señora, tan correcta siempre, le hiciera eso. Y culpó al mendigo (Con toda razón).

Entonces, el día siguiente le dijo al mendigo que en adelante su cooperación iba a ser en efectivo, que de lo que le dieran apartara una cantidad y se la entregara en cuanto entrara a la vecindad; y si no estaba, a su guarura consentido (El más feo, como siempre). Así lo tuvo que hacer el mendigo. Pero, por supuesto, el portero le exigía cada día más.

Por fin, la señora se dió cuenta un día que regresaba del mercado y los oyó discutir. El portero decía que todo el que obtuviera un lucro dentro de la vecindad debía pagar una cuota para el mantenimiento de la misma; y el mendigo estaba viviendo a costas de una distinguida vecina, a la cual explotaba y robaba. La señora se enojó muchísimo. Entró y llamó al portero ratero, hambreador y salteador de caminos. Al portero no le importó.Yo creo que hasta le gustó. Y al mendigo le dijo que era un desagradecido y que no lo seguiría ayudando, porque la había defraudado Sin embargo, cuando sale a la calle le da unas monedas, porque le da lástima. El portero hacía un coraje cada vez que la veía, y el portero le acepta las monedas con un gesto de asco, porque lo hacía por lástima, no por deseo de ayudarlo.

¿Cómo ves?,

         Cocatú 

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Número 18 - mayo 2018
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