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Cartas a Tora LXXIII

Viernes, 09 de Febrero 2018 - 16:00

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Otra vez Cotita. Empiezo a pensar lo que dice mucha gente aquí, que las solteronas se hacen maniáticas y malhumoradas. Cotita andaba de muy mal genio después de la muerte de Puchi. Eso lo entiendo. Pero no entiendo que se peleara con todas las vecinas y que insultara a sus maridos si se cruzaban en su camino. Y si era el “asesino” de Puchi, lo mordía. El caso es que los vecinos se fueron a quejar con el portero. Este dijo que no podía hacer nada, que ni siquiera le correspondía hacerlo. Los vecinos insistieron en que aquello iba a acabar en trifulca, que ellos eran muchos c otra una sola cotorra, y que... El portero los hizo callar, y les dijo que el problema era que Cotita no tenía nada que hacer ni nadie a quien querer (A veces piensa.  Y acierta, como en este caso). y les preguntó qué habían hecho con la cooperación que dieron para pagar al veterinario. Le dijeron que la tenían guardada, y el portero sugirió que la usaran para comprar un perrito y regalárselo a Cotita.

La idea fue aceptada con entusiasmo; y el portero se ofreció a conseguir la mascota, porque  tenía un amigo que se dedicaba a eso. Así que le dieron el dinero. No alcanzó, y hubo una nueva cooperación, a la que incluso el portero contribuyó. Y el día siguiente les trajo un cachorrito muy bonito, muy tierno (Según las vecinas) y muy vivaracho (Según los vecinos).

Cotita se emociónó mucho al verlo, y les dio las gracias con lágrimas en los ojos. Inmediatamente sacó la ropa de Puchi para probársela. Toda le quedaba grande, pero se dedicó a arreglarla para ponérsela. Ese mismo día lo sacó a pasear, ante el aplauso de los vecinos; y al portero le dedicó una amplísima sonrisa por haberle conseguido ese maravilloso perro.

El portero le devolvió la sonrisa, pero por dentro rió a carcajadas. Porque el animal se lo habían regalado, y él se había embolsado todo el dinero de la cooperación. Y se fue a contarle a la Flor lo que había hecho.

Cotita regresó algo sofocada, porque todos los perros de la calle habían seguido a su mascota, olisqueándola, y le costó mucho trabajo apartarlos. La señora del 37 le dijo que, seguramente, era una hembrita. Eso la disgustó un poco, porque decía que en una casa no debía haber dos señoras, porque una siempre sobraba. Pero se conformó al poco rato, diciendo que nadie le iba a disputar a ella el mando de la casa.

El descubrimiento le recordó el problema del nombre. Había pensado ponerle Puchi, como el otro, pero le parecía muy fuerte, muy masculino. Pucha le sonaba a grosería, pero Puchita estaba bien. Le dió sus croquetas Etapa Infantil (El sexo no tiene nada que ver en eso, y pudo aprovechar las que le quedaban), y la mandó a dormir.

Pero Puchita le resultó inquieta; más bien, traviesa. Y en cuanto le quitaban el collar, salía disparada al patio. Cotita gritaba, pedía auxilio, y alguien la detenía y se la regresaba. Hasta que un día Puchita no salió corriendo, sino que se arrastró lentamente, sin hacer ruido, y llegó hasta la calle.

Cotita se desmayó. Ofreció una recompensa a quien se la trajera, y no durmió en toda la noche. Al día siguiente, Puchita regresó sola, cariacontecida, con aire culpable; y lo primero que hizo fue lamer la mano de Cotita. Esta se deshizo en lágrimas, la abrazó, la besó, y no pudo castigarla.

Pero la vigiló más estrechamente, para que no volviera a escapar. Y así se dió cuenta de que comía más, de que tenía períodos de lasitud, que empezaba a engordar y que cambiaba mucho de humor. Pero se dijo que estaba equivocada, que Puchita era una perrita decente y que nunca le haría eso.

Pronto supo que ya se lo había hecho. Y fue por casualidad. Un día se encontró al veterinario en la calle, y éste la felicitó porque ya iba a ser abuelita. Cuando llegó a su casa, cogió la escoba para darle una buena felpa. Pero la vió en un rincón, con la cabeza baja y ojos de arrepentimiento, y se acordó de lo que había hecho ella y del trágico desenlace que tuvo su predicamento, y no tuvo corazón. La abrazó, la consoló, la acarició, y le dijo que contara siempre con ella. Y se fueron las dos a dormir después de haber llorado juntas.

Cotita despertó con la firme resolución de castigar al responsable de aquel desaguisado, y se fue a la Delegación acompañada por dos vecinas. Allí pidió ver al chavo del 7, al cual conocía desde niño. Lo encontró sentado a un gran escritorio, con dos secretarias y dos ayudantes, y entre todos le preguntaron qué deseaba. Cotita pidió justicia, un castigo ejemplar para el violador de su mascota. Lo malo era que no sabía quién era. El chavo le respondió que en la calle había muchos perros; que a veces andan en pandillas, y que no se puede saber quién es el responable. Eso la horrorizó. ¿Una violación masiva? Con razón Puchita lloraba tanto. Pero exigió. Exigió que se aplicara la ley. El chavo le dijo que se aplicaría; pidió a sus ayudantes que buscaran en todos sus libros de texto, a ver si en alguno encontraban crímenes sexuales en el reino animal. Pero a Cotita le dijo que se fuera tranquila, que él se encargaría del asunto personalmente.

Hasta la fecha, los ayudantes no han encontrado nada. Cotita quiere ir a quejarse con el presidente. Los perritos ya nacieron. Diez. De todos colores, y muy parecidos a Puchita, lo cual dificulta la identificación del padre. Ahora están considerando hacerles un examen de ADN, a ver si eso los ayuda. Mientas tanto, la pobre Cotita no se da abasto atendiéndolos, porque comen que da miedo.

Pero Puchita se sale todas las tardes a la calle.

¿Qué te parece?

Te quiere,

              Cocatú

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Número 21 - septiembre 2018
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