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Cartas a Tora LXXII

Viernes, 02 de Febrero 2018 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Hoy  te voy a contar lo que le pasó a la inquilina del 58. Para empezar, debes saber que es una cotorrita… No, no es un pájaro; pero aquí, a las mujeres solteras y de cierta edad les dicen cotorras. Es despectivo, ya lo sé. Peo así es la gente, ¿y qué quieres que yo haga? A ésta, como es chiquita y poquita  cosa, le aplicaron el diminutivo. Nadie sabe cómo se llama (Por lo menos, eso dicen). Unos la llaman Coto; otros, la mamá de Puchi (Orita te explico) o doña Rita, o como se les antoje. Cotita vive (o vivía. Ya verás) sola. Con Puchi.

Puchi es un perrito, una porquería de perro que no levanta un palmo del suelo. Su mamá lo traía siempre muy bien vestido (Hasta corbata le puso una vez, que se le pisaba y se tropezaba a cada rato) y alhajado. Tres pulseras tenía ya el animal, y estaba ahorrando para comprarle la cuarta, a fin de completar las cuatro patas. Era muy alegre, muy juguetón, y le gustaba mucho ladrar. Cuando me veía en el patio se me acercaba por detrás (Traidor en toda la extensión de la palabra) hasta casi tocarme, y ladraba como si fuera un perrazo de 80 Kg. La cola se me subía a la cabeza. Si alguna vez tengo hipertensión, se la deberé a él.

Bueno, pues Puchi se enfermó. Le dieron convulsiones, y se azotaba contra las paredes. Cotita se asustó mucho y, aunque no le sobra el dinero (Vive de una pequeña pensión) lo llevó al veterinario. Regresó destrozada. El médico le dijo que no tenía remedio, que iría de mal en peor, y que lo mejor sería dormirlo. “Dormirlo” es un eufemismo, porque “matarlo” suena muy feo. Pero le cobraba muy caro, y ella no quería ver sufrir a su animalito. Esa noche le dio a Puchi un tranquilizante para que durmiera bien, y se acostó sin cenar.

Al otro día, el cuadro era peor aún, con Puchi convulsionándose porque volaba la mosca (Otro eufemismo, que quiere decir “porque sí”), y ella sólo dejaba de llorar para poder empezar a llorar otra vez. Entonces, a uno de  los vecinos (Ha de haber sido el del 17, que es muy bruto) se le ocurrió pedirle a uno de los guaruras que lo matara, y justificar así lo que le están pagando. A todos les pareció muy buen la idea, menos a Cotita, claro. Pero se dejó convencer, y allá fueron a buscar a uno de los guaruras (El de mayor edad, que es el más aventado, y digno hijo de su padre). Este les dijo que sí, que con mucho gusto (Nueva explosión de llanto de Cotita), y que esa noche lo haría.

La atribulada madre (Porque como madre atribulada se comportó) preguntó qué método emplearía para dormirlo. El guarura le enseñó un cuchillo de carnicero extra grande que le regaló su papá en su cumpleaños. “¡No!”, gritó Cotita. “Le va a doler mucho”. El guarura sugirió su pistola. “Pero me va a tener que pagar la bala”, añadió, “porque las tengo contadas”. A Cotita le pareció muy sanguinario. El muchacho sugirió atropellarlo con el coche de su papá. ”¿Y quién lo va a detener para que le pase por el lugar correcto?”, arguyó ella. “¨Pues usted”. Cotita lanzó un alarido. “¡¡¡No!!!” Yo no puedo ver cómo lo destrozan”. “Lo echamos al agujero del patio una noche de lluvia, para que se ahogue”. “¿Una muerte lenta, asfixiante? ¡De ninguna manera!”

Total, que se llevó a Puchi a su casa. A darle un té de tila bien cargado, porque tranquilizantes ya no tenía. Y a pesar del té, durante la noche oímos a su mascota quejarse varias veces. Y al día siguiente…

Al día siguiente, Puchi amaneció muerto. “Muerte natural”, pensaron muchos. “¡No!”, gritó Cotita. “Presenta signos de desesperación”. Y pidió que le hicieran la autopsia. Pero para eso tenían que ir a la Delegación, levantar un acta, dar propinas y esperar a que el forense tuviera  tiempo, pues había una epidemia de asesinatos y no se daban abasto. Tuvo que renunciar a la ayuda de la Delegación, y fue a pedirle el favor al veterinario. Este dijo que sí, pero que le cobraría….. X (No pongo la cantidad, porque eres muy mala en matemáticas, y no vas a saber hacer la conversión) También se le hizo demasiado caro, y se llevó a su animal.

El llanto de Cotita, mezclado con gritos de desesperación, se oía en toda la vecindad, y no dejó dormir a nadie. Algunos vecinos se reunieron esa noche, y acordaron dar una cooperación para pagar al veterinario.

Pero el día siguiente, cuando fueron a darle la buena nueva a Cotita, la encontraron hablando con el muchacho del 14, que lucía contrito y arrepentido. En ese momento se enteraron de que ese chico había “dormido” a Puchi. “¿Por qué? ¿Por qué?”, aullaba la mujer “Para hacerle un favor a usted”, dijo él. Y explicó que se había enterado de su problema, y decidió aplicarle la eutanasia (Corre al diccionario, por favor) al perro. ¨¿Pero cómo? ¿Cómo?”, preguntó ella. “Desde la ventana de mi cuarto se ve su azotehuela; le aventé unas tabillas de chocolate, que se comió muy contento, y al ratito dio un brinco y se murió”. “¿Pero sufrió?”. “Yo creo que le dolió el estómago un poco, porque empezó a revolcarse. Pero no duró mucho”.

El portero, que había oído la última parte, dijo que había que castigar al muchacho por asesinar a un perro ajeno. Todos los vecinos se volvieron contra él, acusándolo de injusto, y estuvieron a punto de llegar a las manos. Y es que estaba enojado porque no le habían dado ese trabajo a su hijo. No pasó nada porque la Mocha intervino, diciendo que el muchacho obró con buenas intenciones, y que no merecía un castigo. El portero siguió alegando, pero Cotita zanjó la cuestión diciendo que, al fin y al cabo, Puchi había  tenido una muerte muy dulce.

Nadie sabía que el chocolate puede ser venenoso para los perros. ¿Te imaginas?

Bueno, te dejo. ¿Cómo te estás portando? Ya tengo ganas de verte.

Te quiere,

             Cocatú

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Número 18 - mayo 2018
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