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Cartas a Tora LXX

Viernes, 19 de Enero 2018 - 16:00

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    El chavo del 7 había estado muy tranquilo y no se aparecía por la vecindad; sólo para dormir, y no siempre. Lo bueno es que su mamá ya se acostumbró y ya casi no lo siente. Lo extraña, claro; pero lo único que piensa es “Ojalá no sea otra como la Flor” (A esa no la puede ver; y cada vez que se la encuentra, hace una seña como de cuernos, que no sé lo que significa. Pero me voy a enterar). El caso es que el otro día llegó en un momento en que el del 56 (ése que siempre anda incróspido) estaba escandalizando en el patio. Entonces tuvo una idea (te digo que es bien listo), y trajo a una persona de una asociación que combate el alcoholismo para que diera una plática a los vecinos. Todas las viejas llevaron a sus maridos, a ver si los convencen de no irse de parranda los viernes, los sábados y algunos otros días de la semana. Todos fueron, oyeron la plática muy serios y corrieron a la cantina a comentarla. Sólo dos regresaron esa noche a dormir. Los otros fueron apareciendo poco a poco; y a uno tuvieron que ir a buscarlo a Chalchicomula, que nadie se explica cómo fue a dar allí (ni por qué).

El caso es que el portero se puso celoso y quiso hacer lo mismo que el del 7, pero mejor. Entones, se le ocurrió citar a los vecinos a una junta urgente y presentarles al del 56 y a su esposa, que estaban hasta las chanclas (En buen español, con una aguda intoxicación etílica. Ésto sí lo encuentras en el Diccionario Inter-galáctico, pues en todas partes ocurre). Los hizo pasar al frente, caminar (es un decir), hablar (no se les entendió nada) y cantar (peor aún). Los vecinos se echaron a reír. ¿Y qué crees que pasó? La señora se rió con ellos, más que ellos. Pero el señor se enojó; quiso pegarle al del 32, que estaba en primera fila; pero el golpe dió en el aire, él se cayó y no podía levantarse. Y los vecinos, a reír. El portero les decía que quiso demostrarles lo feo que era beber y el 56 se le fue encima; pero se equivocó, y que se cae en el hoyo del patio. Y más risas todavía. Total, que cuando los vecinos se fueron, el pobre incróspido no podía salir del hoyo; y su vieja se quedó ahí, en el borde, durmiendo y llorando. Ahí pasaron toda la noche y parte de la mañana, hasta que la Mocha organizó la Operación Rescate con una escalera y cuerdas, y los depositó en su vivienda (en la regadera de agua fría, para no perder tiempo).

La señora durmió todo el día, pero el señor estaba muy ardido (Moralmente, se entiende) por haber dormido en la suciedad del hoyo. Así que se bañó, se puso ropa limpia (de cuando era empleado de Gobierno), y salió al patio. Nadie lo conocía. Logró identificarse ante todos, y les dijo que había nacido un hombre nuevo, que se habían acabado las guarapetas (Vulgo borracheras), y que jamás lo volverían a ver ni siquiera a medios chiles (imagínatelo). Hubo gritos, silbidos, cuchufletas (Diccionario, por favor) de todo tipo. Pero él se mantuvo firme; dijo que iba a buscar un trabajo (las burlas subieron de tono) y que su vida entera iba a cambiar.

¡Hubieras visto cómo se puso el portero! Decía que él había hecho renacer a ese hombre, que él le había infundido ese valor, esa dignidad, y quién sabe cuántas cosas más. Hasta le ofreció trabajo en la portería, barriendo y trapeando. El señor le dio educadamente las gracias y le dijo que aspiraba a algo más; que, si era necesario, renunciaría a su jubilación, pero que quería un trabajo de verdad, y se fue a recorrer las dependencias oficiales en busca de un puesto, por lo menos, de archivista.

Cuando volvió sin haber conseguido nada, su vivienda le olía desagradablemente a alcohol (Lo que nunca había percibido), y su mujer seguía dormida. La despertó, la bañó (soportando patadas y golpes bajos), la vistió, y la quiso sacar a pasear. Pero ella corrió a echarse “un traguito” antes de salir, y ya no hubo manera de sacarla. El pobre hombre tuvo que cenar (cosa que no había hecho en mucho tiempo) lo único que había en el refrigerador; una salchicha. Nunca le habían gustado las salchichas; pero su mujer se las daba porque lo único que tenía que hacer era ponerlas en un sartén a la lumbre, y a veces sin sartén y hasta sin lumbre.

La mujer le invitó un trago, pero él lo rechazó. Se le veían las ganas de tomárselo, pero se las aguantó. La mujer pasó toda la noche llorando, insultándolo y abofeteándolo. Él se mantuvo firme.

Naturalmente, los vecinos oyeron el escándalo y se enteraron de todo. Les pareció maravilloso que el hombre luchara por reformarse, que fuera capaz de aguantar tanto por convertirse en un hombre de honor. Y empezó a correr el rumor (propalado por el del 11, que es un oportunista) de que un hombre así les convenía para presidente del Consejo. A todos les pareció genial la idea.

A los dos minutos, el portero ya estaba enterado. Y se alarmó. Ni tardo ni perezoso, llamó al señor del 56; le empezó a hablar de un amigo que podía conseguirle un buen trabajo en Tijuana y le ofreció una copa. El señor lo escuchó atentamente, dijo que no le interesaba irse tan lejos y rechazó la copa. El portero no podía insultarlo ni abofetearlo, y le dijo que era de los que buscan trabajo rogando no encontrarlo. El señor le contestó que no le interesaba ser pollero.

Breve interludio (Muy breve).-  Ser “pollero” no es comerciar con pollos, sino con seres humanos, que pasan al otro lado. ¿Por qué? Misterios de la ciencia.

Los vecinos lo ovacionaron cuando salió de la portería y todos le confirmaron su voto para presidente del Consejo, y querían que iniciara su campaña al día siguiente. Él aceptó, agradecido, y corrió a decírselo a su mujer. Pero ella le cerró la puerta en las narices y no lo dejó entrar.

El hombre se fue a sentar en una piedra que hay en el patio, y allí se quedó, pensando, pensando…

Eran casi las 12 cuando llegó el chavo del 7, y se fue a sentar con él. En pocos momentos se enteró de todo lo que había pasado. Y sin perder tiempo, trazó un plan de acción (Te digo que es listísimo).

Lo primero que hizo fue llevar al señor al King’s, a probar sus nuevos “Texas Tomato Tacos with Pressed Chicharrón”, y nada de salchicha. Y allí le empezó a hablar de la dulzura de los brazos de mujer dándole la bienvenida por las noches, de los momentos pasados a su lado en la intimidad del hogar, del contacto de unos labios ardientes y de… No pudo ir más lejos. Al del 56 se le llenaron los ojos de lágrimas, y empezó a suspirar. Y a cada suspiro, el chavo le echaba un chorro de tequila en su refresco de tamarindo.

Dos botellas le hizo tragar antes de que la lengua empezara a trabársele. Un momento después se aflojó la corbata y la camisa, y a la media hora se paró en la mesa gritando: “¡Al diablo con la presidencia del Consejo! ¡Al fin que ni quería!” Y se fue corriendo a la vecindad. Subió los escalones a gatas y aporreó la puerta; pero no le abrieron hasta que gritó “¡Ábreme, que vengo muy urgido!”.

Y toda la vecindad fue testigo de la reconciliación de la pareja.

No sé si estar contento o no, porque hay para todo. ¿Tú qué opinas?

Te quiere,

              Cocatú

P. D.- Lo de la señal de cuernos lo dejo para otro día. Orita no tengo ganas. Perdón.

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Número 17 - abril 2018
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