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Cartas a Tora LXVIII

Viernes, 05 de Enero 2018 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Llegó el nuevo año, y el portero quiso quedar bien con los inquilinos. No se le ocurrió nada mejor que buscarse el agradecimiento de los diversos grupos humanos que conforman la vecindad, y decidió empezar por el de los “ninis”.

Intermedio cultural, para que entiendas de qué estoy hablando, porque los diccionarios no sirven para ésto.- Hay muchos muchachos en plena edad productiva (y reproductiva, que es lo peor) que no estudian porque les da flojera asistir a una escuela, hacer tareas, presentar exámenes, etc., que afirman que nada de eso es necesario y que la sociedad debe encargarse de darles un trabajo bien remunerado que les permita vivir decentemente; y que si la sociedad no se los proporciona, no van a hacer ellos su trabajo. Por lo tanto, tampoco trabajan, y  permiten que sus padres los mantengan, para no ser una carga para la sociedad. Y como “ni” trabajan “ni” estudian “ni” se ocupan de nada, los llaman los “ninis”.

Al portero se le ocurrió dar a estos muchachos una cantidad mensual de dinero , un sueldo, vaya, para que cuando llegue el momento todos voten por él. Y lo hizo desde ahora para que no se note la intención del ofrecimiento. Así lo anunció un domingo a mediodía, cuando casi todos los vecinos estaban en el patio. Y pidió a los ninis que al día siguiente fueran a verlo a primera hora. “Al fin que sólo serán 3ó 4”, pensó.

El día siguiente, en cuanto se levantó abrió la puerta; y se encontró con una fila de más de 30 muchachos y muchachas, esperando impacientemente. Cerró de golpe y preguntó ”¿Quiénes son esos? ¿Qué quieren?”. “Son los ninis”, le contestaron. “Vienen por su sueldo por no hacer nada”. Y no me lo vas a creer, pero en los primeros lugares estaban tres de sus guaruras, todos hijos suyos.

A éstos los recibió enseguida y les preguntó qué demonios hacían allí. Ellos le respondieron que trabajar de guarura era bastante arriesgado, que no podían dormir sus ocho horas completas, y muchas veces se quedaban sin comer. En cambio, los ninis se pasaban el día descansando, no arriesgaban que les desfiguraran la cara con un puñetazo, comían a sus horas y recibían casi lo mismo que su sueldo de guaruras. El portero se puso furioso, les dijo que a ellos no les daría nada, y  los echó a patadas. Ellos se quedaron afuera, pidiendo justicia y trato igual que a los demás; y todos los que hacían cola se sumaron a sus protestas.

Resulta que en la vecindad sólo había 3 ó4 ninis, tal como el potero había calculado; y que en cuanto se enteraron del ofrecimiento del portero llamaron a sus amigos y los invitaron a vivir con ellos. Y así fue que en un cuatro de azotea donde vivía un muchacho peludo y sucio, ya eran cuatro los inquilinos. Otros habían llamado a sus hijos, a los cuales habían echado de sus viviendas por flojos y tragones, y les pidieron que volvieran, prometiéndoles que no habría más regaños si compartían el sueldo con ellos. Dos muchachas que estaban en el hotel a la vuelta de la esquina se aposentaron en otro cuarto de azotea, esperando cobrar ese sueldo y, además, ejercer su profesión por el puro gusto de hacerlo, sin tener que cobrar.

El portero quiso echarlos a todos de la vecindad, pero no pudo, porque todos sus guaruras habían enunciado ya y se habían unido a ellos. Entonces decidió cambiar de táctica y, para ganar tiempo, les pidió que pasaran a inscribirse en el programa de “ninis”.

La inscripción terminó a las doce de la noche, porque les preguntaron todo lo que se le puede preguntar a una persona dentro de los límites de la decencia. Eran más de 60, y todos se decían fuertes y saludables.

Luego los sometieron a un examen médico exhaustivo, que se los hizo uno de sus hijos que estaba indeciso entre renunciar o no, y se hizo pasar por médico mediante una pequeña “corta” (Más bien larga, en este caso). Y al primero que examinó lo rechazó por tener los pies planos. Quiso rechazar a uno por tuberculoso; pero los demás protestaron, alegando que “el pobre nunca iba a poder trabajar ni estudiar” y necesitaba el sueldo para toda la vida. A partir de ese momento, todos resultaron enfermos incurables, y tuvieron que aceptarlos a todos.

Entonces, el portero pidió que le trajeran cartas certificando que habían solicitado empleo, por lo menos, a dos empresas en la semana; y en caso de estudiantes, una plaza a dos escuelas distintas. Las cartas debían estar hechas en computadora, con papel bond de 36 Kg. y letra Arial 11, a doble espacio, con las firmas de todo el Consejo Escolar o la Junta de Directores. Todos trajeron sus cartas, hechas en la papelería de la colonia.

Luego les exigieron que junto con las cartas trajeran original y dos copias de los siguientes documento; identificación oficial, RFC, licencia de manejo (y si no la tenían, una carta explicando esa carencia), pasaporte vigente con visa para Estados Unidos también vigente, credencial del Metro y del Metrobús, tarjetas de afiliación a tres bibliotecas, por lo menos; tarjeta de afiliación al Instituto de Personas de la Tercera Edad (y, si no la tenían, una carta explicando las razones en español y en inglés, certificada esta última por perito traductor), t arjetas de circulación de todos sus coches (y, si no los tenían, cartas explicando estas irregularidades, en español y en inglés, también); y, tratándose  de escuelas, certificaciones de que siempre habían obtenido el primer lugar en sus estudios). Esto, para cada una de las personas que les firmaran las cartas.

Los ninis cumplieron con todos estos requisitos, y  el portero tuvo que desocupar todo un librero (No tenía libros, sólo algunas revistas de muchachas) para colocar todos esos documentos; y les dijo que esperaran, que no iban a poder aceptarlos a todos de golpe (Un rumor amenazador corrió entre la multitud, que ya era más grande, porque estaban los parientes de todos los ninis) y que se les avisaría. Unos días después se anunció la concesión de las primeras becas (Aunque no lo creas, así las llaman) a la Flor del Mal (Nadie la vió cuando se inscribió, nadie la vió en las entrevistas) y a su prima (Una completa desconocida).

Se alebrestaron todos, se metieron a la portería, rompieron cuanto podían romper y se merendaron 12 tacos de papa con guacamole que acababan de llegar del King’s.

Entonces sí que se enojó el portero. Sobre todo, porque los tacos eran de los “especiales” del King’s, con salsa de chile ancho que le mandó su tía del pueblo. Se subió a una mesa, los llamó desagradecidos, inútiles, buenos para nada y otras linduras por el estilo. Los ninis se fueron, no dejando de los tacos más que el papel en que los envolvieron (Papel de estraza lleno de grasa, que ni siquiera se podía chupar), e hicieron una fiesta en la azotea esa noche con unas botellas que se robaron de la tienda de la esquina. El portero suspendió el programa  de  becas “hasta que las circunstancia sean más favorables”, y ese Año Nuevo se limitó a felicitar a todos de corazón, según dijo. Y a sus guaruras que quisieron ser ninis los castigó con dos días de suspensión de derechos, lo que en buen español significa trabajar sin cobrar ni tener derecho a comida. Total, que lo único que logró el port ero con su experimento “socializante” fue aumentar la población de ninis en la vecindad. ¿Qué te parece?

Te quiere,

              Cocatú

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Número 13 - diciembre 2017
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