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Cartas a Tora LXVII

Viernes, 22 de Diciembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Estos días son de fiesta en la vecindad. En toda la ciudad. Primero tuvimos unas fiestas que se llaman “Posadas”, de las que te hablaré en otra ocasión, porque en la última Posada pasaron cosas que me llamaron la atención. En esa fecha se reúnen las familias a cenar, se dan regalos y como que se acuerdan de que la vida les da muchas cosas, y se ponen a agradecerlas, aunque casi siempre estén renegando de ellas. Pues la familia del 18 decidió ir a cenar con los padres de la señora. Pero la hija mayor no quiso ir; dijo que a ella no le importaba esa fiesta, que se sentía mal, que tenía sueño y no sé cuántas cosas más. Los padres insistían en que tenía que ir; pero ella se encerró en su cuarto, atrancó la puerta con todos los muebles y dijo que a ver cómo la sacaban de ahí. Por fin , el padre dijo que la dejarían; que si tenía hambre, en el refrigerador había frijoles, pero que ellos iban a cenar bacalao y pavo y pasteles especiales, y no sé cuántas cosas más. Total, la muchacha se quedó sola.

Cerca de las 12, cuando en todas las viviendas estaban las familias cenando, oí un grito en el 18, y fui a ver. ¿Y qué crees? Que la muchacha tuvo un bebé. Ella solita. Descansó un poco, recogió todo, envolvió al bebé en una mantita que tenía escondida, lo puso en una caja de cartón y salió. Todo esto, sin verlo siquiera. ¿Y a dónde crees que fue? A dejarlo en casa de la Mocha, que trae como príncipe al que nadie quería en la vecindad, ¿te acuerdas? En el último momento, por curiosidad o quién sabe por qué razón, lo destapó, lo contempló un ratito, le dio un beso, y se fue. Y creo que iba llorando.

La Mocha no estaba. Había ido a cenar con unos parientes (llevando al bebé, por supuesto, porque no lo deja solo por ningún motivo). Llega, y se encuentra con ese regalo. Por un lado le dio gusto; por otro, coraje, pues dijo que ya la habían tomado por madre substituta de todos los niños del mundo. Pero enseguida se arrepintió, y metió al niño a su casa (Yo me metí también, para ver qué hacía). Lo descubrió, lo vistió con ropa de su hijo adoptivo (Los dos son hombres), y los acostó juntos. Se veían muy bonitos los dos, tan tranquilos, tan contentos… Y dijo que era otra bendición que le llegaba en ese día tan especial.

Mientras tanto, la familia del 18 regresó de su cena, y encontraron a la muchacha llorando desaforadamente. Pero, por más que le preguntaban, sólo decía que había cenado muchos frijoles, y que le dolía el estómago. La madre, preocupada, dijo que iba a llamar a un médico; y aunque la muchacha le suplicó que no fuera, no le hizo caso. Entonces intervine yo. Sí, yo, que juzgué necesario hacer algo para arreglar las cosas. Me planté enfrente de la señora, y empecé a rasguñarla (Poquito, para que me hiciera caso); no la dejé pasar, y a fuerza de ese tipo de amenazas la fui llevando a casa de la Mocha. Y la muchacha, detrás de nosotros, gritando que estaba bien, que la dejaran sola. Toda la familia nos siguió, y de las viviendas empezó a salir la gente, llena de curiosidad.

Cuando llegamos a casa de la Mocha, empecé a maullar muy fuerte. Hice un verdadero escándalo; y cuando la Mocha abrió la puerta me metí  corriendo y salté a la cama donde estaban los niños; y con una pata señalaba al recién nacido (Con mucho cuidado, para no lastimarlo; y luego saltaba a brazos de la muchacha. La madre no tardó en darse cuenta de la verdad; y la chica, que no podía más, confesó. El padre se puso hecho un energúmeno, y le dio una bofetada. La Mocha le dió otra a él, y le dijo que diera gracias de que su hija hubiera respondido como una mujer y no hubiera tirado a su nieto a un basurero, como había hecho la del… No dijo el número, pero la del 14 se echó a llorar.

El hombre comprendió; pidió perdón a la Mocha y a su hija, y tomó al bebé en brazos. Pero sí dijo a la muchacha que quería saber quién era el padre, y que tomaría cartas en el asunto. Ella le dijo que no valía la pena, que el muchacho se había ido para el Norte, que no quería saber nada de él. Y se fueron todos a su casa, a improvisar una cuna para el bebé.(“En la tina de lavar la ropa”, dijo la señora. “Algo mejor tendremos”, repuso el marido).

Yo quedé muy contento con la intervención que tuve. Pero más contento me puse cuando subí a la azotea. Primero vi a la gatita rubia en un rincón, hecha un ovillo, triste como nunca. Me supuse que el gatote negro ni siquiera la había ido a ver; y efectivamente, un rato después lo vi cortejando a una gata de pelo largo y sedoso que se paseaba indolentemente por el pretil. Le iba yo a decir algo para consolarla, cuando veo venir un gatito chiquito, rubio como ella, uno de la última camada que tuvo, que regalaron a alguien de la vecindad de junto, y que traía algo en la boca. Llegó junto a la gatita y dejó a su lado lo que traía; era un pedacito de carne fresco y jugoso, no un pellejo cualquiera. Luego se frotó contra ella y se fue, volteando de vez en cuando para ver cómo se comía la carne.

Yo no sé si los gatos lloran, pero la gatita tenía los ojos acuosos. Y yo, no se diga.  Con eso, y la Mocha, y todos los del 18, que estaban emocionadísimos con el bebé, estuvimos a punto de provocar una inundación. No te digo más.

Te quiere,

            Cocatú

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Número 18 - mayo 2018
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