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Cartas a tora LXIV

Viernes, 01 de Diciembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El otro día fue una comisión de vecinos a ver al portero para exigirle que tape el agujero del patio. Así como te lo digo: a exigirle. Y es que casi todos los días se cae alguien al agujero y el Seguro Vecinal no tiene medios para enyesar los huesos rotos; apenas le alcanza para ponerles unas curitas (no, no son curas chiquitos; así llaman aquí a unas curaciones para raspones, cortaditas, etc.) en las heridas y agua oxigenada para desinfectarlas. Y, francamente, así no se puede.

El portero los escuchó atentamente y les dijo que iba a tratar de hallar una solución. Entones el del 37, un señor muy serio y muy reservado, habló por primera vez desde que vive en la vecindad y dijo que “tratar de hallar una solución” era un subterfugio (a todos les encantó la palabrita), pues ellos aportaban sus cuotas del Seguro puntualmente y no era decente (así, con esa palabra se lo dijo) que los tratara en esa forma; y le dio una semana de plazo para hallar esa “solución”.

El portero hizo un entripado, pero no dijo nada hasta que salieron los vecinos. Entonces sí, les dijo a todos de su mamá, de su abuelita y de su tía la del pueblo. Y es que como acaba de cambiar de coche, no le queda un centavo de las cuotas y no puede hacer nada. Y empezó a decir que tenía que distraer a los vecinos, hacer que pensaran en otras cosas. ¡Lástima que el concurso de “Miss Condominio” estuviera tan reciente y ya no podía hacer otro!

-¿Y “Mister Condominio”? – preguntó uno de sus guaruras, el más estudiado de todos.

Le pareció una magnífica idea, e inmediatamente mandó hacer unos pósters para anunciarlo.

Enseguida llegaron a inscribirse los vecinos. No todos, claro. El del 56, por ejemplo, ni siquiera se enteró del asunto, pues tenía una cruda de pronóstico reservado. Pero los demás… Ay, mi amor, hubieras visto las panzas cerveceras, los pectorales llenos de grasa, las papadas dobles y triples… ¿Cómo quieren ser “Mister Cualquier Cosa” con esos cuerpos? Sólo el señor que vivió hace tiempo en el 41 y que ahora vive en el 22 estaba presentable. Y faltaban los del 41.

Para esos muchachos fue un problema: ambos querían presentarse, pero ni modo que compitiera el uno con el otro. Lo estuvieron considerando varios días, y por fin decidieron echarlo a la suerte. Ganó el moreno, el que tiene las pestañas largas largas y ojos de borrego sacrificado (que a todas las viejas les encantan).

No hubo necesidad de hacer eliminatorias, porque era evidente que solamente este muchacho y el que vivía en el 41 (que decía ser su tío, ¿te acuerdas?) podían competir. De todas formas, la vecindad vivió unas semanas muy intensas mientras se preparaban para el concurso y se olvidaron del agujero (hasta el señor del 37, que se dedicó a hacer la campaña del de los ojos aborregados).

Por fin, llegó el día del concurso. Más bien, la noche del concurso. Arreglaron el patio con sillas (que cada quien llevó de su casa) y un pequeño escenario. Primero que nada, la Flor cantó. Luego vino el desfile de concursantes en traje de baño (los que lo tenían; y los que no, salieron en calzoncillos; algunos, hasta agujerados). Y al momento de dar el fallo, el portero dijo que no, que él no podía ser el juez, no fueran a pensar mal de él; que mejor se sometiera a votación. Así se hizo y les dieron a las doce de la noche, antes de terminar de contar los votos. La Flor anunció el resultado y ganó el muchacho del 41; pero no el de los ojos aborregados, sino el otro, el que no se presentó al concurso. El portero protestó. Pero las viejas dijeron que era güero y que nada más por eso les gustaba más. No hubo más remedio que aceptar “la decisión del pueblo”, dijo el portero. Subieron la foto del ganador a las redes sociales y le dieron un diploma y una corona de laureles “como en los tiempos de la Grecia antigua”, sólo que en vez de hojas de laurel, eran de lechuga.

Total, que al día siguiente había una fila de coches frente a la vecindad, que todos estaban asombrados de verlos, tan nuevos y relucientes. Y dentro de ellos, una serie de viejos, quien más, quien menos, desdentados, que venían a invitar al ganador a dar un paseo y tal vez a comer, ”según se desarrollaron las cosas”.

El muchacho se escondió, diciendo que él no tenía esas costumbres. Tuvo que estar fuera varios días, hasta que los viejos dejaron de venir. Y volvió a su vivienda, donde lo esperaba el de los ojos aborregados, que ya para entonces estaban abiertos y desorbitados por la preocupación. Y los dos juntos, en un arranque, quemaron el diploma y la corona y no volvieron a acordarse del concurso.

El portero estaba muy contento, porque los vecinos no hacían más que hablar de los viejos que llegaron en sus coches. Sobre todo, porque algunos eran conocidos y nunca se les hubiera ocurrido “sospechar” de ellos. Ya para entonces llegó otro mes, se cobraron las cuotas del Seguro y de mantenimiento, y el portero hubiera podido decir algo a los vecinos sobre el agujero: pero prefirió darle un celular a la Flor, para poder localizarla sin problemas.

El señor que hace tiempo vivió en el 41 se quedó un poco resentido con los muchachos. Pero ellos lo calmaron diciéndole que todo se lo debían a él, a sus enseñanzas, a su paciencia, a su ejemplo. Y volvieron a ser amigos.        

No sé si en todo esto haya una moraleja. Búscala. Y si la encuentras, me avisas.

Te quiere,

            Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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