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Cartas a Tora LXIII

Viernes, 24 de Noviembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         ¿Otra vez la señora del rebozo!

Volvió a presentarse el otro día, más delgada y más sucia que antes. Los vecinos no conocieron su papel en el asunto de la mariguana, así que la recibieron como a una vieja amiga. Aunque ahora no iba a vender nada; en vez de mercancía, ¿sabes lo que llevaba? ¡Un bebé!

Todos se le acercaron. Sobre todo las viejas, que chulearon al bebé hasta cansarse; le preguntaron si era suyo y qué iba a hacer con él. La señora se limitó a mover la cabeza y luego se echó a llorar. Eso los impresionó; y cuando la señora les pidió unos minutos para descansar en un rinconcito del zaguán, todos se retiraron. Entonces, aprovechando un momento en que no había nadie en el patio, la señora puso al bebé en los escalones de la portería, dejó una carta encima y se fue.

A poco llegó el portero con la Flor, vió el bulto, se espantó al percatarse de lo que era, le dijo a la Flor, “¿Tú?”. Ella respondió “¿Cómo crees?”, corrieron a dejarlo en los escalones del 3 y se encerraron en la portería.

En el 3 viven tres hermanas, a cual más feas, y la madre, que no canta mal las rancheras (no es cantante; se dice así de alguien que hace las cosas igual o es igual que las otras). Salió ésta, vió al bebé, abrió la carta, llamó a sus niñas y empezó a darles manazos y a llamarlas indecentes, descocadas y quién sabe cuántas cosas más. ¿Sabes lo que decía la carta? Un montón de cursilerías, y acababa así: “Yo no puedo hacerme cargo de nuestro hijo. Ya tengo demasiados. Encárgate tú de él. Dile que me perdone, que me quiera y que rece por mí”. Las muchachas devolvieron a la madre todos sus manazos por triplicado y le dijeron que el bebé era suyo; la llamaron indecente, descocada y quien sabe cuántas cosas más. Total, que para que la perdonaran tuvo que hacerles chocolate con churros toda la semana. Pero antes, dejaron al bebé en la puerta del 47, que está lejos de su vivienda.

Allí vive un matrimonio mal avenido, que al ver la carta se recriminaron mutuamente el “desliz” que aquello significaba. Pero él gritaba más fuerte y logró dominar a la mujer con el volumen; le ordenó llevar el bebé al 53, la encerró en el clóset del baño y se fue al billar para que se le bajara el coraje.

En el 53 vive una señora que tiene ocho hijos y un marido que sólo le da disgustos. En cuanto leyó la carta, la mujer dijo “Yo no voy a cuidar otro hijo tuyo. Ya recogí a ocho. A ver a quién se lo enjaretas”. Él dijo que ese niño no era suyo, pues ya había aprendido a usar condones y que hiciera con el bebé lo que quisiera, que él no le iba a reprochar nada. Entonces, la señora lo llevó a la vivienda número 37.

La señora del 37 se quedó bizca al ver al bebé, pensando que era de su hijo, un chavo de 17 años muy acelerado. Pero el chavo juró que no, que él ni siquiera sabía cómo se hacen los bebés y que se había pasado todo el año estudiando, a ver si lograba terminar la primaria; y se lo llevó al 41.

Ahí estuvo a punto de ocurrir una tragedia, pues el uno le reclamaba al otro y el otro al uno, y se regañaban y se enojaban. “Por eso es que hace mucho no me acompañas al súper, ¿verdad?. Porque te vas a visitar a esa desgraciada de su madre”. “No te acompaño” – le respondió- “porque tú nunca quieres ir conmigo a la lavandería”. “No voy contigo porque la humedad me afloja los pectorales y voy a parecer señora mayor que no se cuida”. Y así se estuvieron todo el día, pues aunque al bebé se lo pasaron al del 56, tenían muchas cosas que recriminarse. Pero fueron juiciosos y arreglaron sus diferencias; y ya en la noche salieron a pasear, cogiditos de la mano.

El del 56 siempre está algo incróspido (¿te acuerdas de la palabrita? Si la has olvidado, revisa mis primeras cartas –supongo que las estás guardando– y encontrarás el significado). Se quedó mirando al bebé; leyó la carta cinco o seis veces y no entendió nada. Se la llevó a su mujer, pero ella estaba peor, por lo que se echaron a reír y llevaron el bebé al 22, que son amigos suyos y quisieron hacerles una broma.

Pero sí, ¡vaya broma! El señor es muy celoso y pensó que el bebé era de su esposa con algún galán de barrio, de esos que le gustan tanto. La vieja juró que no. El marido le pegó. Ella le dio un escobazo. El le volvió a pegar. Y quién sabe cómo hubieran acabado las cosas, de no ser porque el del 56 se asomó por la ventana y le dijo “¡Inocente palomita!”, pues creía que era el Día de los Inocentes.

Aclararon las cosas y llevaron el bebé al 14, cuyo inquilino les cae muy mal porque siempre anda de saco y corbata. Y sí le hicieron mucho daño, pues creyó que era para su hija, una chica de 20 años muy estudiosa y muy seria. Y ya le iba a entrar a golpes cuando apareció la Mocha y le afeó su conducta, diciendo que una mujer, aunque fuera una pecadora, no debía ser tratada a golpes. El señor ya le iba a pegar a la Mocha también; pero ésta le recordó a su esposa “que en gloria esté”, y el hombre se soltó llorando; luego le pidió perdón a la hija y le dijo que si había tenido un hijo era por culpa suya, por lo mal que la trataba. La hija también lloró, y empezaron a pensar qué hacer con el bebé.

Para esto, ya se había juntado la gente y todos quisieron opinar; y ya estaban jalando el bebé para uno y otro lado, cuando la Mocha lanzó un chiflido de arriero y los hizo callar. Luego les dijo que ese bebé era hijo de todos (hubo gritos, abucheos, silbidos); que lo habían encontrado en la vecindad, y que todos eran responsables (algunas afirmaciones, dos o tres “hurras”) y que debían criarlo entre todos (nuevas vacilaciones); que ella se iba a hacer cargo del bebé (aplausos), pero que esperaba el apoyo de todos (¡sí, sí, bravo!) y su generosa cooperación (protestas) moral, no económica (nuevos aplausos). Se metió a su vivienda con el bebé y guardó la cartita “por si algún día la necesitamos”.

¿Qué te parece cómo acabo ese asunto? Pero lo que yo me pregunto es: ¿Qué tiene que ver la señora del rebozo? ¿Por qué dejó el bebé en la portería? Te prometo que lo voy a averiguar. No sé cómo, pero yo no me quedo con esa duda.

Ah, la gatita rubia tuvo once gatitos. Yo la voy a llevar con alguien para que la opere, porque el gatote negro (siempre el padre desobligado) ya los regaló en las vecindades cercanas, dándole once disgustos muy gordos. Hasta la próxima.

Te quiere,

             Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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