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Cartas a Tora LXII

Viernes, 17 de Noviembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Estoy muy triste. Yo creí que el chavo del 7, luego de dejar a la Flor del Mal, había vuelto a ser el muchacho modelo que fue hasta antes de conocerla. Sí, es modelo, pero de otra cosa.

En la Delegación ya le dieron un ascenso. Ahora vigila a todos los del Ministerio Público; les ayuda a levantar las denuncias, a redactar los escritos y a darles trámite. Y por todo cobra. ¡A sus propios compañeros de trabajo les cobra! Y no digamos a los pobres desgraciados que llegan a hacer algún trámite sin saber nada. Esos, nada más entrar, tienen que dar su óbolo para el Hogar de Perros sin Hogar; si se quieren sentar, se les pide una cooperación para las esposas de policías muertos durante el servicio; al pasar a la mesa, la cooperación es para las madres solteras que trabajan allí (que cada son más); para que escriban el acta sin faltas de ortografía, tienen que dar para las guarderías de ancianos que sostienen; en fin que para todo tienen que pagar (No lo llaman pagar, porque eso está prohibido; pero es lo mismo). Por eso, ya cambió de coche, y ahora tienen uno más grande, de color rojo furioso, que le sirve para levantar chamacas por la noche.

Pero no era eso lo que me interesaba contarte. Voy a empezar por algo que ocurre desde hace un tiempo, pero no me había dado cuenta de ello hasta ahora.

Resulta que un día apareció una mujer sentada en los escalones de entrada a la vecindad. Una indigente, tapada con un rebozo y muerta de frío. Ahí estuvo unos días, viviendo de la caridad de los inquilinos. Bueno, pues un día extendió el rebozo en el suelo y puso unos dulces, que vendía por unos pocos pesos. Ella los hacía, y se los compraban para que se ganara algo. Un tiempo después, ya vendía dulce comerciales, papas fritas, cacahuates y sandwiches. Asi ganaba algo más.

Entonces fue cuando el portero se fijó en ella. La llamó, y le dijo que tenía que pagar algo por el “derecho de piso”, pues estaba utilizando las instalaciones de la vecindad para lucrar. Ella se negó y se cruzó la calle para sentarse en la otra banqueta. Pero allí no le iba tan bien; se regresó a los escalones de la vecindad y accedió a pagar un porcentaje de sus ventas. Eran unos cuantos pesos. El portero decidió que no valía la pena llevar la contabilidad de cantidades tan pequeñas, y desde el primer día se las embolsó. Pero un día la cuota de la señora fue como diez veces lo que le entregaba habitualmente. El portero se quedó sorprendido (y contento), pero no dijo nada. Y así siguieron, aumentando la cuota poco a poco durante unos meses. Pero el portero estaba intrigado, y empezó a vigilar a la señora.

Pronto se dio cuenta de que vendía cigarros sueltos, lo cual está prohibido; pero es una prohibición que a nadie le importa. Tenía cajetillas de varias marcas y un encendedor (el fuego no lo cobraba), y todo el día había clientes para eso. Aún así, le parecía que no justificaba el aumento de la cuota. Y por fin se dio cuenta de que vendía unos cigarros que no venían en cajetilla, de color verde, y que mantenía escondidos entre las piernas.

Interludio cultural.- Estos cigarros se hacen de una planta llamada mariguana. Los comunes se hacen de tabaco; y aunque  provocan muchas enfermedades, no alteran el funcionamiento del cerebro. La mariguana, sí. La mariguana hace que quien la fuma se sienta muy chicho, que todo lo puede y todo se lo merece, y a veces le vienen como alucinaciones; y dicen que todo lo que hacen cuando han fumado eso sabe más sabroso, más intenso. Imagínate. Los que van al hotel de junto suelen comprar dos o tres cigarros, y salen muy satisfechos (Curiosamente, ellas casi no los consumen; y salen muy contentas, muy relajadas).

El portero se dio cuenta enseguida de lo que eran, y sintió remordimientos. Por primera vez en su vida, la conciencia le dijo que estaba haciendo mal. Cómo sería la cosa, que invitó a la Flor a echarse unos tragos, y le contó lo que pasaba. Ella le dijo que a él no le importaba lo  que la señora del rebozo vendía, que él cobraba un derecho de piso, y eso era lo único que debía importarle. “El mal lo causa ella, no tú”, le dijo mil veces. Y le dió un cigarrito verde.

Eso era lo que el portero quería oir,  y olvidó enseguida sus temores. Eso sí, a sus guaruras les prohibió fumar esos cigarros “porque adormecen la mente, y ellos debían estar listos siempre para entrar en acción” (Al fin y al cabo, son sus hijos y sobrinos).

Al cabo de un tiempo, el portero ya se había acostumbrado a recibir ganancias cada vez mayores, y cada día estaba más contento. Pero entones sucedió que unos policías detuvieron a la mujer, acusándola de narco-menudeo, y se la llevaron; y dijeron (en voz alta, para que se enteraran todos) que lo mismo iban a hacer con sus jefes y con quienes recibían el dinero. El portero estuvo unos días con diarrea, que hasta pañal tuvo que usar, temiendo que lo fueran a detener; y el dinero que aún tenía lo fue a donar a la iglesia del barrio para que, en todo caso, detuvieran al padrecito y no a él.

La señora del rebozo llego a la Delegación, pero ni siquiera le levantaron acusación; y a los cinco minutos salía por la puerta de atrás. Ya la conocen, y la utilizan para esa clase de trabajos. El chavo del 7 era quien le daba los cigarros verdes; se los quita a los traficantes verdaderos y se los pasa a la señora del rebozo.

Lo que aún no sé es por qué lo hizo. ¿Quería solamente darle un susto al portero?¿O fue una advertencia?... Me gustaría saberlo. Por lo pronto, a un señor que llegó con unos pajaritos que leen la suerte, le echó a sus guaruras para que le prohibieran acercarse a la vecindad, con gran disgusto de los inquilinos, pues a todos les interesaba lo que los pajaritos pudieran decir. Ahora está frene al hotel; y ahí lo consultan mucho, para saber si van a tener éxito o mejor no tiran su dinero alquilando una habitación que no va a servir para nada.

Y me voy, porque la gatita rubia está en trance de parto y requiere mi presencia. Dice que yo le comunico serenidad y valor, y necesita mucho de los dos, porque van a ser como diez gatitos (No sé cómo lo sabe pero, desde luego, está muy gorda y muy pesada). Ya te contaré.

Te quiere,

             Cocatú

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Número 16 - marzo 2018
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