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Cartas a Tora LX

Viernes, 03 de Noviembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         La vecindad estuvo bastante tranquila unos días, de no ser porque empezó a faltar el agua en algunas viviendas. Eran sólo algunos ratitos, y nadie le dio importancia; hasta que un día amanecieron todos secos. Enseguida fueron a ver al portero y éste les dijo que no sabía nada, que el suministro de agua no dependía de él, y que lo mejor que podían hacer era esperar.

Esperaron todo el día, y el agua no volvió. Los vecinos empezaron a quejarse de que necesitaban agua para hacer la comida, para lavar la ropa y para bañarse (de ésto, muy pocos); y tuvieron que ir a otras vecindades para pedir agua prestada. Pero nadie quiso prestarles; y se las vendieron, más cara que refresco embotellado.

Fue el del 8 el quien se percató de que el agujero se estaba llenando de agua. Y empezaron a temer que hubiera algún desperfecto en el sistema hidráulico de la vecindad. Sobre todo, porque al día siguiente ya casi se salía del agujero. Entonces pusieron a los niños a sacar agua con botes para que no rebosara. Lo malo era que no podían usar esa agua, porque estaba llena de tierra. Y durante la noche el agua llenó completamente el agujero e inundó el patio, de modo que tuvieron que hacer un caminito de piedras para llegar a la puerta y todo el mundo llegó tarde a su trabajo.

Estaban organizando brigadas para sacar el agua y que no manara más, cuando salió el chavo del 7. Éste preguntó qué había dicho el portero, y al saber que no decía nada, esperó a que el portero saliera y se metió a su vivienda, para lo cual las muchachas del 14 se pusieron a lavarse las piernas en el agujero y los guaruras se olvidaron de hacer su trabajo. Cuando salió el chavo, reunió a todos los vecinos y les pidió espejos. ¿Para qué quieres espejos?, le preguntaron. Él sólo movió la cabeza, e insistió. Le trajeron espejos de todos los tamaños y formas, y él fue escogiendo los que le convenían. Luego, los fue colocando en diversos lugares del patio, bien sujetos: y el más grande lo puso en el centro del patio. Luego ordenó traer sillas de todas las viviendas y sentó en ellas a los vecinos mayores de 21 años (los otros no podían ver lo que iba a ocurrir). Les pidió silencio y dijo que les iba a mostrar un espectáculo poco común y que no se escandalizaran de lo que vieran. Todos estaban curiosos, pero él les dijo que tenían que esperar un poco.

Todos se pusieron a platicar y no se dieron cuenta de que la Flor llegaba y se metía a la portería. El chavo sí se dio cuenta, y hasta pareció que era lo que estaba esperando. Dejó pasar unos veinte minutos o poco más y pidió a los vecinos que se sentaran y, sobre todo, que guardaran silencio. Entonces fue a una de las ventanas de la portería, y la entreabrió. Y en el espejo central pudieron ver al portero y a la Flor con muy poco ropa (casi nada) bailando muy acaramelados un baile muy extraño, en el que primero uno hacía de jinete y otro de caballo, y luego al revés. Y cuando le tocó al portero ser jinete el chavo, refiriéndose a la Flor, dijo: “Ese pasito se lo enseñé yo”.

Hubo el inicio de una carcajada, pero el chavo les impuso silencio y siguieron viendo lo que sucedía dentro de la portería. Y resulta que el portero y la Flor se dirigieron a una tina bastante grande que se estaba llenando de agua. “¡Agua!”, exclamaron todos, “¡Agua corriente!”. Había varios chorros que los impactaban amistosamente; y en el fondo de la tina se hacían olas que lamían los cuerpos seductoramente.

“Es una tina como sólo las hay en algunas casas de masajes”, les dijo el chavo, “y para hacerla funcionar necesitaba toda el agua de la vecindad. Díganle que la desconecte y volveremos a tener agua. El agua que nos inunda es porque sus trabajadores dejaron un tubo abierto allá abajo. Que lo cierren inmediatamente”.

La gente se puso brava, bravísima. Y se metieron por la ventana a la portería. Entonces sí que se inundó la vivienda, pues jalaron todos los tubos y mangueras que vieron. La Flor y el portero se defendían hasta con las uñas; sobre todo ella, que las tiene más largas. Pero la hubieran pasado muy mal de no ser porque la Mocha se puso a gritar no sé qué del perdón y de la convivencia humana que los hizo recapacitar y conformarse con echarles unas toallas y pedirles que se cubrieran. El portero quiso aprovechar el momento para echar un discurso y empezó a decir no sé qué de “las legítimas aspiraciones del pueblo, encarnadas en personas como doña Mocha…”

Lo interrumpió la alta figura de la aludida, que con sombrero y velo alcanza casi 1.90 metros, contra el 1.65 de él. Pero más que eso, fue la mirada de la mujer lo que lo hizo callar. Y sonó su voz en la repentinamente silenciosa portería: “Me ha llamado usted mocha. ¡Pues a mucha honra! Y no sé cuántos años se figura usted que tengo para llamarme “doña”; pero le aseguro que son muchos menos que esos los que tengo. Y agradezca que no soy rencorosa; porque, de lo contrario, aquí mismo lo ahogaba en su tina para baños indecentes”. Y salió muy tiesa, seguida por todas las mujeres de la vecindad, salvo la del 33, que es la más chimiscolera de todas (Chimiscolera. Se explica solito).

De todas formas, el portero les soltó un discurso, que nadie oyó hasta el final porque se fueron a dormir. El día siguiente era sábado y nos pasaron dos películas ¡Dos! Por primera vez, el portero se puso espléndido. Primero, “Madre Querida”; y el portero tuvo la atención de repartir pañuelos desechables a las señoras para que pudieran llorar a gusto (muchos señores los necesitaron, pero se hicieron los valientes y se limpiaron los ojos con los dedos). Y después, “Se Le Pasó la Mano”, que nos hizo reir mucho (Los gatos no ríen; pero yo sí, porque soy algo más que gato). Entretenidos con las películas, nadie se dio cuenta de que la Flor llegó a los diez minutos de empezada la primera, con maleta y todo, y se metió a la portería. Y aunque los vecinos estaban sentados junto a las ventanas de la portería, no vieron ni oyeron lo que pasaba dentro: tan metidos estaban en las películas. La vecindad se volvió a quedar sin agua hasta el lunes, en que arreglaron la instalación hidráulica; pero para entonces, ya sólo se acordaban de los sufrimientos de la querida madre. La Flor se fue hasta el martes, muy temprano, para que nadie la viera. Iba recién bañada.

Bueno, piensa en todo esto, y a ver qué me dices.

Te quiere,

                 Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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