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Cartas a Tora LVIII

Viernes, 20 de Octubre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Ya pasó la fiebre de los damnificados, y a veces parece que ya ni ocurrió nada. Pero no creas. El otro día llegaron unas personas a tocar a la puerta del 6, que son unos señores muy educados, un poco ceremoniosos pero buenas personas. Eran 6 o 7, de todas las edades; y dijeron que eran damnificados y que les habían dicho que allí los invitarían a comer. La señora del 6 no tenía comida para tanta gente; pero su buen natural la impulsó a echarle más agua a los frijoles y más harina al guisado, y decirles que pasaran. Tuvieron un buen rato, porque los “invitados” hicieron derroche de simpatía y tenían un reportorio de anécdotas y de chistes muy amplio, aunque bastante conocidos. Los señores de la casa se quedaron sin comer y apenas así alcanzó para darles una pequeña ración, pero todos quedaron muy contentos y con ganas de volverse a ver. Pero al día siguiente nos enteramos de que esa familia no era de la vecindad de al lado, y ni siquiera era una familia, sino unos vividores que se han dedicado a comer gratis por cuenta del techo caído. Los del 6 estaban avergonzados por haberse dejado engañar; pero, en realidad, ¿cómo asegurarse de que eran realmente vecinos? Pero, como les dijo la Mocha: “Ustedes lo hicieron de corazón, y eso es lo que cuenta. Es como si de verdad se lo hubieran dado a unos necesitados”.

Te voy a contar otra cosa relacionada con esto mismo, aunque al principio parece que no. Resulta que una noche, ya muy tarde, vi al portero en el King’s con una señora ya grandecita, por no decir vetusta, pero muy bien vestida y alhajada. Lo primero que me dije fue: “Pero si estas pulgas no brincan en tu petate…” (No es que duerma en petate; pero, en fin, es una forma de hablar). Me quedé ahí, escuchando, porque estaba muy intrigado. Hablaban de comprar y vender propiedades, y tardé un poco en darme cuenta de que se referían a las viviendas que se vinieron abajo en la vecindad de junto. La señora era la dueña de la vecindad y hace muchísimos años que tiene las rentas congeladas; es decir, no puede subir las rentas desde hace 30 o 40 años, así que en realidad lo que le pagan no alcanza ni para la que friega el piso; ha intentado vender, pero ¿quién le va a comprar una propiedad en esas condiciones? Por eso no compone nada, ni remodela. La propiedad es muy valiosa porque está en el centro de la ciudad, pero no se puede hacer nada con ella. Esa noche ya no pude oír mucho más, y me quedé con la tentación. Pero la noche siguiente, también muy tarde, se volvieron a reunir allí mismo; y estaba con ellos un muchacho que tiene la mismita cara de sinvergüenza que el portero, por lo que deduje que también es hijo suyo. Pero éste trabaja en un banco y les estaba explicando unos planes de crédito “maravillosos y de gran alcance misericordioso, con abonos chiquitos para pagar poquito”. Y sí, pagan muy poquito; pero no se dan cuenta de que son planes a 500 mensualidades, con lo que pagan como diez veces la cantidad que les prestan. Y estaban muy entusiasmados.

Entonces me acerqué, para escuchar mejor. Se trataba de vender a los damnificados los mismos departamentos que se cayeron, a “precios de oportunidad” (nadie sabe lo que quiere decir eso, pero se supone que sea baratísimo). Ya había tres o cuatro muy interesados. Eso sí es cierto, porque uno de los guaruras dijo que iba a comprar y explicó a todo el mundo las ventajas de la operación. Según les dijo, iban a comprar la casa que tanto querían, que en ese instante estaban reconstruyendo (se olvidó de añadir que los arreglos eran pagados por contribuciones de los vecinos), en el lugar donde estaban acostumbrados a vivir; y que en vez de renta, iban a pagar la casa “en abonos chiquitos para pagar poquito”.

El muchacho, como enviado del banco, iba a hacer la oferta a los vecinos, porque ni la señora ni el portero podían figurar en el plan. Así se hizo y en cosa de quince días todos los vecinos damnificados firmaron los contratos de compra-venta y dieron el pago inicial; ya sólo les faltaba ir al notario y protocolizar la escritura.

Y ahí fue donde la puerca torció el rabo (y se le quedó torcido, ya para toda la vida), porque ya ni modo de echarse para atrás. El notario dijo que no tenía autorización de la dueña para vender y que, es más, no le interesaba vender, porque era el patrimonio que le dejó su difunto marido, que en gloria esté.

El dinero que habían dado para “apartar” los departamentos no se los devolvieron, porque era para investigar la situación crediticia de cada uno y eso no tenía nada que ver con la operación. Lo más que el banco podía hacer era darles una buena imagen crediticia. Y sí, salieron en las portadas de las revistas de negocios como personas totalmente responsables; pero nadie les devolvió ni un centavo de lo que pagaron.

El portero, su hijo el empleado de banco y la señora bien vestida y alhajada se fueron a la Riviera Maya, donde se divirtieron mucho. Se dice que la señora regresó embarazada del viaje, pero luego se aclaró que no, que fue una falsa alarma propalada por sus achichincles para ver si lograban casarla con el portero o con su hijo, el empleado de banco. No les dio resultado, porque la señora ya estaba demasiado grande para esas cosas; pero estuvo a punto de salirles bien. De todas formas, la señora se hizo la interesante durante unos días hablando de sus pretendientes e hizo rabiar con ello a algunas viejas más jóvenes que ella.

Me estoy desilusionando un poco de esta gente que quiere aprovecharse de las desgracias ajenas. Entre nosotros también pasan estas cosas, pero de otra forma. No sé… A lo mejor es que estoy muy sensible estos días. Pero no sé… Bueno, a ver cómo estoy la próxima vez.

Te quiere,

               Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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