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Cartas a Tora LVI

Viernes, 06 de Octubre 2017 - 16:00

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El portero ha perdido muchos puntos, pero muchos. La gente andaba entusiasmadísima con la selección de futbol, diciendo que le íbamos a ganar a las otras vecindades, que eran puros pichones, y ya se preparaban a comprar la copa más grande que encontraran. Pero ocurrió algo que…. Vamos desde el principio.

La selección de la vecindad de junto empezó a entrenar. Pero para no perder tiempo en ir hasta el baldío, se pusieron a entrenar en la azotea. Ya hasta comían y dormían por turnos, para entrenar más. Y resulta que con tantos goles, con tantas carreras de todo el equipo y de las vecinas, tantos batacazos a todas horas y tanta lluvia, el techo se reblandeció y se vino abajo. Hubieras visto el revoltijo de manos y piernas que se formó en la planta baja, y el gritadero, y las demandas de “foul”, y la sangre… La verdad, no hubo mucha sangre para los estándares de esta gente. Pero como nosotros tenemos tan poquita, pues me parecio una exageración. Pero no hubo necesidad de poner ni una transfusión. No se murió nadie, y sólo hubo dos brazos rotos (Aquí entre nos, fue porque uno se quiso robar el balón, y otro le mordió el brazo para impedirlo. Luego entraron las mamás, y se despeinaron; y los papás se rajaron los labios cuando el equila ya les salía por las orejas).

Como sea, a todas las viejas se les echó a perder la comida. Entonces las nuestras (nuestras viejas, quiero decir) decidieron llevarles algo a las “damnificadas” (les empezaron a decir así porque la del 32 leyó esa palabra en su periódico, y creyó que podía aplicarla aquí; y si, no andaba tan descaminada). “Además”, dijeron casi todas, “así aprenderán a comer como la gente decente, no esas porquerías que hacen”. Eso sí, a los niños les dieron puras verduritas, no fuera que se pusieran más fuertes que los nuestros y nos metieran muchos goles.

No alcanzó para todos (son más que nosotros), y tuvieron que pedir ayuda a otras vecindades. Entonces, el portero tuvo la ideota (fíjate que puse “e”, no “i”) de hacer una colecta en todo el barrio y recolectar ayuda para ellos, en lo que escombraban las viviendas y podían volver a guisar. Y allá van todas las viejas chimiscoleras (No creo que la encuentres en el diccionario, pero es fácil imaginarse lo que es) a pedir ayuda. Les dieron algunas cosas, y quedaron en llevarles más luego; y sí, toda la tarde estuvieron llegando con una pata de pollo, un huevito de canario, unos chiles rellenos de gorgojos (con dedicatoria para el portero) y un “paté de foie gras avec pommes frites”, que nadie quiso probar porque se oía muy feo. Total que en la noche tenían ocho o diez cajas de comida para llevarles.

Como era muy tarde, decidieron dejar la entrega para el día siguiente y hacer una pequeña ceremonia, en la que la Flor cantara “No Me Importa el Dinero”, que es una de sus especialidades; que los niños de kínder cantaran “La Marcha de las Letras”, y los de tercero recitaran “La Leyenda de los Volcanes”. En eso quedaron, y se fueron todos a acostar (algunos a dormir, y otros nada más a acostarse).Y entonces ocurrió… lo que tenía que ocurrir (Vamos a decirlo con esas palabras, para que no se oiga feo).

Un guarura vio que en una caja había un chocolatito; y como es muy goloso, se lo comió. Pero lo sorprendió el portero (Ya te dije que casi todos los guaruras son sus hijos, ¿verdad?), que lo abofeteó, le metió los dedos en la boca y le sacó el pedazo de chocolate que no había tenido tiempo de tragar, y lo echo al patio, a dormir bajo la lluvia. La gatita rubia y yo le hicimos un huequito junto a los baños para que no se mojara tanto (¡Silencio! No te atrevas a decir lo que estás pensando). Lo llamó ladrón, traficante del hambre, glotón impúdico y abusivo concupiscente (Esto fue lo que más le dolió).

Todos nos dormimos con la satisfacción del deber cumplido (sobre todo, el portero). Pero a las tres de la mañana llegó la Flor, tocó en la ventana de la portería que da a la calle, y el portero le pasó tres cajas de ayuda para damnificados (las tres que tenían cacahuates). Yo corrí a despertar al guarura concupiscente y entre la gatita y yo (Silencio, más que nunca) lo llevamos a ver lo que sucedía.

El muchacho se quedó con la boca abierta, que se la tuve que cerrar de un coletazo para que no me bañara con sus babas. (A los gatos no les gusta bañarse). Luego lo empujamos para que fuera a avisar lo que estaba ocurriendo, aunque fuera al chavo del 7. Pero el chavo estaba en el hotel con la madrota, y no nos hizo caso.

Entonces despertamos a todos los gatos, y nos pusimos a maullar como si la luna se estuviera cayendo. Todos los vecinos se despertaron, indignados; y nosotros corrimos hacia la calle, para que vieran lo que hacía el portero. Pero llegamos tarde, cuando la Flor ya se iba con las cajas y el guarura estaba tumbado en el piso con los ojos en blanco (El padre le había dado un coscorrón que casi lo vuelve idiota). Sólo dos o tres de los vecinos vieron a la Flor meter la última caja en el coche, y estaban verdaderamente enojados.

A las doce en punto el portero hizo su festival, y entregó las cuatro cajas que habían quedado. Dijo que “era poco, pero dado con el corazón”. Los inquilinos de todas las vecindades prometieron traer más en la tarde, y el ´portero los distribuyó a todos en las casas de nuestros vecinos para comer, que más de uno no alcanzó más que un vaso de agua (No dijeron nada para no apenar a los damnificados; pero tuvieron que ir luego al King’s a comer algo, aunque fuera unos “Catsup Chilaquiles”, que es lo más barato que tienen (“with cream and sprinkled with serranitos”, cuestan un poco más).

En la tarde, los vecinos que vieron lo ocurrido la noche anterior, corrieron la voz de lo sucedido. Entonces sí intervino el chavo del 7 que ya había acabado con la madrota (o la madrota con él, no estoy muy seguro), y les dijo que esos benefactores que propalan a los cuatro vientos sus acciones son puro fraude; que la caridad, para ser efectiva, debe ser silenciosa; que las ceremonias multitudinarias como la de esa mañana son oropel y humo, y que si querían repartir sus donaciones, fueran ellos mismos a dejarlas a los damnificados. Los vecinos quisieron hacerlo así. Pero el portero se paró en la puerta, y dijo que eso era una barbaridad; que iban a humillar a sus compañeros en desgracia; que a nadie le gusta que los demás sepan que tienen necesidades; que él sabía repartir las cosas, porque tomaba en cuenta el contenido calórico, nutricional y vitamínico de los alimentos, y que el que había puesto un condón en una de las cajas estaba haciendo el ridículo, porque sus vecinos estaban tan débiles que de todas formas no iban a poder concebir.

Los vecinos se quedaron callados, contritos y arrepentidos; y decidieron dejar que el portero hiciera el reparto. Pero todos quedaron de acuerdo en que no volverían a colaborar para resolver las necesidades de los demás, porque no valía la pena.

Eso fue lo que más me indignó: que el portero, con toda su autoridad, no solo fue incapaz de resolver el problema, sino que le quitó el deseo de hacerlo a los que sí pueden. No sé a quién hizo más daño; a los damnificados o a los que les quitó el deseo de ayudar. ¿Tu qué piensas?

Te quiere,

              Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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