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Cartas a Tora LV

Viernes, 29 de Septiembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El asunto del futbol ha apasionado a todos. Nadie falta a los partidos, salvo los enfermos y los amargados. O los que tienen que trabajar. Más o menos la mitad de la vecindad apoya a los Rayos, y los demás a los Relámpagos. Mientras dura el juego es muy bonito y todos están muy animados, que hasta canciones les hicieron a los dos equipos, y hay muy buen ambiente. Lo malo es cuando acaba el partido. Entonces el equipo perdedor y sus “fans” (de “fanático”, persona que apoya a un equipo, que está loco por él, en realidad es una palabra tomada del inglés,para variar) se deprimen; los ganadores se burlan de ellos, y en ocasiones llegan a las manos, a los pies y hasta a los cabezazos, y en ocasiones dejan de hablarse durante días. Eso no me gusta, pero no lo puedo evitar.

El otro día hubo un incidente horrible. No tuvo que ver directamente con el juego, pero sí con el futbol. Parece que me estoy contradiciendo, ¿verdad? Te voy a explicar.

Ese día ganaron los Rayos, gracias a seis goles que metió el chavo del 6. ¿No es curioso? Seis goles del chavo del 6. Pero ese no fue el problema. Ya salían todos del baldío y el chavo del 6 se retrasó un poco recogiendo sus cosas. Y antes de que se diera cuenta, llegó esa señora con cuerpo de uva de quien te hablé, ¿te acuerdas?, la que dicen que huele a chuquía, y que lo arrincona contra la portería (que es un simple tubo de cartón y se cayó enseguida). El chavo se llevó un susto espantoso; sobre todo porque lo empezó a besar y a sobarle el lomo. Se la quiso quitar de encima y ella no se dejaba; y si no es porque en eso llegaron de regreso la del 6, la del 8 y la del 16, que son muy amigas, quién sabe lo que le hubiera pasado. Las tres se echaron encima de la vieja esa, la llenaron de improperios y de cardenales, y la dejaron allí tirada; luego se llevaron al chavo a darle un poco de azúcar para que le recogiera la bilis (así dijeron: yo ni siquiera sé lo que es la bilis, pero te prometo averiguarlo).

Yo creo que la vieja esa de veras huele mal, porque una rata se le subió a morderle alguna carnosidad (creo yo), pero se bajó corriendo. La chuquía debe ser una cosa muy desagradable.

En el siguiente partido el chavo estaba jugando muy mal. En el primer tiempo apenas logró anotar tres goles, todo el público empezó a abuchearlo y el árbitro ya le había marcado nueve penalties. Y es que no hacía más que mirar al público (yo creo que parar ver si estaba la vieja esa). Para el segundo tiempo ya estaba más tranquilo y logró meter cinco goles sin que le marcaran penalties o “fuera de lugar”, y sin romperle la pierna a nadie. Acabó otra vez como héroe y también se retrasó un poco recogiendo sus cosas. Y que le cae otra vez la vieja esa, pero en vez de arrinconarlo se lo llevó a su vivienda; y allí, no sé qué tantas cosas le hizo. El caso es que cuando salió de ahí se fue al baldío y metió diez goles en diez minutos. Claro que no había portero ni defensas ni jugadores; pero la puntería no le falló ni un poquito. Y cuando llegó a su casa, su mamá le dió dinero para que se fuera a un baño público y se restregara muy bien todo el cuerpo con jabón y zacate. (Zacate: fibra que se usa para raspar la mugre sin lastimar la piel, a menos que se ejerza mucha fuerza).

Así estuvieron una temporada, ganando a veces los Rayos y  a veces los Relámpagos; hasta que el portero se dio cuenta de que los perdedores hablaban mal de él: decían que favorecía a los que habían ganado, que el entrenador (que es uno de sus guaruras, el mismo para los dos equipos) a veces favorecía a unos y a veces a los otros, y que el árbitro tenía orden de marcar penalties al que fuera ganando. Los vecinos que perdían se enojaban cada vez más y miraban al portero con ojos de pistola, porque estaba “traumatizando a sus hijos”, ”humillándolos por turnos”, “castrándolos para el futuro”, y quién sabe cuántas lindezas más. Un día, cuando el portero llegó a la vecindad después de un partido que terminó en empate, encontró a veinte o treinta inquilinos esperándolo, con caras de pocos amigos (más bien, de ninguno); dudó en entrar, pero no podía verse débil ante ellos y dio un paso dentro del patio; luego otro, y ya iba a entrar a la portería cuando los vecinos lo rodearon y empezaron a darle pamba.

Interludio cultural.- “Pamba”, según uno de los más prestigiados diccionarios, significa “Plano, llano, laguna o río poco profundo”. Pero en la vecindad, pamba significa rodear a una persona y golpearlo con las manos al unísono (o como sea); algunos abusivos intercalan patadas, pero eso no se vale. El otro día oí que decían que debían darle pamba con picahielos al guardameta que perdió un partido. ¿Te imaginas el sangradero? A menos que lo golpearan con el mango del picahielos, no con el pico. Pero mejor no, ¿verdad?

El portero se enojó muchísimo. Sobre todo, por la falta de respeto para su alta investidura. Primero pensó en vengarse, pero ¿qué podía hacer? Luego decidió suspender el futbol, pero temía suscitar mayor ira entre los vecinos y perder todavía más votos. Porque desde su ventana podía ver a los vecinos platicando con el chavo del 7, que mientras los escuchaba pateaba una lata vacía de atún que acabó por chutar (palabra técnica de futbol) hacia su ventana y alcanzarlo en la frente. “¡Gol!”, gritaron los vecinos, y aplaudieron más que si hubiera sido el Ejotito.

Otro interludio cultural (Pero más corto).- El Ejotito es un centro delantero (me parece) que ya está jugando en otros países y ganando harta lana (no es borrego; al contrario, es muy listo).

Pero esto mismo le dio una idea, y al momento salió al patio y anunció a los vecinos que iba a organizar torneos con otras vecindades; y para eso iba a formar una Selección (con mayúscula) que pusiera muy en alto el honor de la vecindad y de sus inquilinos. Porque ellos ganarían el campeonato, que no les cupiera la menor duda (como si las dudas pudieran caberles en alguna parte). E inmediatamente citó a todos los jugadores para que al día siguiente empezara a formarse la Selección “con lo más granado de la vecindad” (no sé cómo interpretar eso de “lo más granado”, pero vamos a aceptarlo – por el momento, al menos).

Ya te contaré lo que pasa, porque la gatita rubia me vino a buscar. Tuvo que regalar a sus gatitos, porque ya no tenía leche que darles (¿Eran 9 ó 10? Ya no me acuerdo), y hay que consolarla. Porque el desgraciado del padre ni siquiera una lamida les dió. Pero no te enceles, que no tienes por qué. Hay labores que son humanitarias; y aquí, aunque seamos gatos, somos muy humanitarios. ¡Que no te enceles, te digo!

Te quiere,

              Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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