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Cartas a Tora LIX

Viernes, 27 de Octubre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El empleado de banco se sigue viendo con el portero todas las noches en el King's, cuando ya está cerrado. Y la dueña de la otra vecindad viene también muchas veces. Se están horas celebrando el éxito del plan de ventas; y quieren repetirlo, pero de otra forma. Así, después de mucho hablar y de tomarse muchos alipuses (bebida alcohólica), armaron otro asuntito.

Se trata de un Seguro para Catástrofes Inesperadas. Así le pusieron, porque dijeron que las catástrofes esperadas son menos catastróficas y que, por lo tanto, el seguro no es tan necesario. Consiste en que paguen (por supuesto) un seguro para que en caso de incendio, terremoto, inundación, etc., tengan de dónde echar mano para vivir un tiempo, arreglar su vivienda, dejar de trabajar una temporada, etc., y que no pasen las angustias que acaban de pasar.

Pero resulta que a los vecinos no les gustó. Dijeron que ahorrar para una cosa que quién sabe si suceda no tiene chiste. Y nadie lo ha pedido. Entones se le ocurrió al muchacho incluir un beneficio consistente en que si al cabo de 25 años de estar pagando el seguro no han tenido catástrofes inesperadas, el banco les prestará ese dinero (con los intereses vigentes en el momento) para hacer una fiesta que no hayan podido hacer por cualquier causa: fiesta de quince años, graduación, bodas atrasadas, etc. Eso sí les interesó y ya empezaron a hablar con el hijo del portero.

Viendo el interés, el portero dijo a su hijo que hicieran una de esas fiestas para que vieran qué bonitas pueden salir con la asesoría del banco. Y el muchacho tuvo una idea brillante: organizar la boda de la señorita del 32 con el muchacho del 43, que a fin de mes cumplen 50 años de novios.

¿Que por qué no se han casado? Porque nunca coincidieron las vacaciones del uno con las de la otra, y nunca pudieron organizar su luna de miel. Y luego, cuando ambos dejaron de trabajar, ya tenían tiempo para la luna de miel; pero lo que no tenían era dinero, porque sus pensiones eran muy bajas.

Les comunicaron la noticia a los novios. Él dijo que ya para qué; ella se ilusionó muchísimo, y no sabes lo que le costó que el novio dijera que sí. A toda prisa se organizó la cosa. Y lo bueno fue que el vestido de novia ya lo tenían, porque en una ocasión que hubo una barata en La Lagunilla ella se compró uno (por si acaso).

El novio sí tenía un traje negro, de modo que no hubo problema por ese lado. Tan sólo se lo ajustaron un poco, porque la cintura ya no estaba como en su época de esplendor.

Total, que la ceremonia fue en el patio. Nada más taparon el agujero con unas sábanas. Allí se cayeron dos de los vecinos de al lado, que no conocían la geografía del patio; pero no les pasó nada que unas curitas y un buen baño no pudieran remediar.

Ahí fue también la comida, que se prolongó en cena y en desaryuno. La sirvió el King’s, que les cobró lo que le dio la gana al portero por el siguiente menú:

“White Wheat Fantasy” (o sea, “Fantasía de Trigo Blanco”), que al tiempo que entona el estómago, es muy útil para que los niños aprendan a leer (en otras palabras, sopa de letras).

“Risotto al Pomodoro”, es decir, arroz rojo.

“Chicken Breast in Bechamel with Camote Puré”.

Y de postre, como “los pasteles de boda están muy choteados”, palanquetas de cacahuate. Éstas sólo las pudieron comer los más jóvenes, que tienen los dientes completos. La novia se empeñó en darle unas lamiditas y acabó con la lengua escarapelada.

Hacía medianoche, el novio abrió la ventana de su vivienda para pedir ayuda. Pero la novia lo amarró y lo volvió a meter. Fue el único incidente desagradable que turbó la armonía de la fiesta.

Todos quedaron muy contentos y al hijo del portero le dieron un ascenso y un aumento de sueldo. Pero no me queda claro si fue por la importancia del negocio realizado o porque se había tirado a la dueña de la vecindad de al lado, que era algo que todos los ejecutivos querían hacer. Porque la señora estuvo presente en todas las negociaciones, sonriente y prometedora, como siempre. Pero el foco de las festividades fueron los novios, que renovaron sus votos ante la bóveda del banco y ya figuran en lugar preponderante en el Anuario de la institución.

Un negocio más, hecho a la sombra de la desgracia. Pero nadie se ha dado cuenta.

Te quiere,

                Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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