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Cartas a Tora LIV

Viernes, 22 de Septiembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El portero no quita el dedo del renglón (así se dice cuando alguien insiste en algo, no es difícil, ¿verdad?). Busca por todos los medios la forma de hacerse querer por los vecinos. La última fue con los niños. “Los niños no votan”, le dijo su guarura consentido. “Aquí van a votar hasta los bebés”, le contestó. “¿O qué? ¿Ellos no viven aquí?” Y es que ese día los vió jugando futbol.

Paréntesis.- Futbol es una palabra inglesa españolizada. La traducción es “balompié”, pero nadie la usa. En todo el mundo se le llama futbol, y es el juego más popular del mundo. Consiste en dos equipos de 11 jugadores cada uno que se disputan un balón con los pies (de ahí el nombre) y tratan de meterlo en una casita que está en el extremo del campo y anotar un gol (lo mismo: palabra inglesa españolizada). Parece un poco menso, pero no sabes las pasiones que levanta. Cuando alguien anota un gol, los espectadores se levantan, gritan, aplauden, se abrazan y algunos hasta se manosean (los más morbosos, porque los otros están demasiado emocionados con el gol).

Bueno, pues tres chamacos estaban jugando en el patio (no caben los 22, y por eso sólo había tres) y uno de ellos chutó (no preguntes). Fue un trallazo (tampoco), como de jugador de verdad. El que hacía de portero (guardametas, para no confundirlo) no metió las manos, no fueran a romperle las uñas, y el balón fue a romper un vidrio de la Mocha. Los tres salieron corriendo a sus casas a hacer sus tareas, porque ya conocen a la Mocha cuando se enoja. Y sí, la Mocha salió; y como no vió a nadie, regañó a todos los niños de la vecindad a gritos y en ausencia (sin insultos, porque su religión se lo prohibe; no como la el 13, que cuando le rompen algún vidrio se acuerda de todos los antepasados del niño ofensor y de sus amigos). Los niños se rieron; y la insultaron, claro, porque acababan de aprender unas palabras que sus padres no les permiten usar en público, porque en privado ellos también las usan).

         Entones se le ocurrió al portero organizar unos equipos de futbol en la vecindad. El regalaría el balón; y los guaruras, los uniformes. Esto no les gustó, pero la obediencia filial los hizo aceptar. Luego hizo una junta y pidió a todos los niños qe se apuntaran para hacer los equipos. En un momento se formaron los “Rayos” y los “Relámpagos”. Pero había un problema: no tenían entrenador. El portero nombró entrenador a uno de sus guaruras, pero éste le dijo que no sabía jugar futbol. “Aprendes”, le contestó. “Es que no me gusta”, insistió el muchacho. “De hoy en delante, te va a gustar”, afirmó el portero. “Es que tengo una pata de palo”, objetó. “Así darás mejores patadas”. Ya no hubo más discusión, y fijaron las horas de entrenamiento a las cinco de la mañana, para que estuvieran frescos y descansados, en un baldío cercano, en donde no había muchas ratas. Los niños estaban felices, Y los papás también, porque al fin iban a lograr que sus hijos se levantaran temprano y llegaran a la escuela a tiempo; porque eso sí, a las siete se acababa el entrenamiento, pasara lo que pasara.

Sólo un niño estaba triste porque no alcanzó lugar en ningún equipo, ni siquiera como aguador. El portero, que derrochaba simpatía y sonrisas, fue a decirle que ya le encontrarían algún lugar. El niño dijo que no era posible, porque era ciego. El portero se quedó pensando, y luego dijo: “Hay un puesto para ti: de árbitro”, y le dió un reglamento y le pidió que se lo aprendiera. “¿Pero cómo voy a ver las faltas y las violaciones?”, se quejó el niño. “Que te los cuenten los demás”, respondió el portero. Y sí, en el primer partido que tuvieron, con toda la vecindad presenciándolo y la Flor en el lugar de honor, un niño le dio a otro un puntapié que lo tiró por tierra. Todos corrieron con el árbitro y éste escuchó 22 versiones diferentes del incidente y 22 opiniones sobre lo que tenía que hacer. Pero él, para no quedar mal, gritó “¡Penalti!”, y mandó que lo dirigieran contra el equipo del herido. Los espectadores protestaron, lo abuchearon y lo amenazaron con romperle la madre (pesa más de cien kilos, y es más brava que chofer de camión materialista y en la primera escaramuza noqueó a tres padres (ya cargados de cerveza). Pero entonces el portero, que logró hacerse oír por todos, dijo que el árbitro era la autoridad máxima en el juego; y que ahí se haría lo que el árbitro dijera, aunque estuviera equivocado (yo creo que no son así las cosas, pero eso fue lo que pasó). Y cuando el penalti (de penalty: castigo, en inglés) se convirtió en gol, a nadie le importó quién tenía la razón y se echaron un par de cervezas más para aclararse la garganta.

Acabado el partido, el portero se levantó, pidió silencio, para lo cual sus guaruras tuvieron que echar unos tiros al aire; y les echó un discurso, del cual sólo se entendió que así como uno de los equipos ganó el juego, así iba a marchar la vecindad con el próximo presidente del Consejo (sin decir nombres). El chavo del 7 se rió muy fuerte, y todos se lo quedaron mirando. Pero él se marchó tranquilamente, platicando con una muchacha que al pasar junto a la Flor, le pisó los dos pies.

La cosa promete ponerse interesante.

Te quiere,

                Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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