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Cartas a Tora LIII

Viernes, 15 de Septiembre 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El portero no quita el dedo del renglón (así se dice cuando alguien insiste en algo. No es difícil, ¿verdad?). Busca por todos los medios la forma de hacerse querido por los vecinos. La última fue con los niños. “Los niños no votan”, le dijo su guarura consentido. “Pero sus papás sí”, le contestó. Esto vino a cuanto porque un día los vio jugando futbol…

Paréntesis.- Futbol es una palabra inglesa españolizada. La traducción es “balompié”, porque se juega fundamentalmente con los pies; pero nadie la usa. En todos los idiomas se le llama futbol y es el juego más popular del mundo. Consiste en dos equipos de once jugadores cada uno que se disputan un balón empleando solamente los pies (de ahí el nombre); y tratan de meterlo en una casita que está en el extremo del campo y anotar un gol (lo mismo: palabra inglesa españolizada). Parece un poco menso, pero no sabes las pasiones que levanta (hasta hubo una guerrita por un partido de futbol, hace años). Cuando alguien anota un gol, los espectadores se levantan, gritan, aplauden, se abrazan, y algunos hasta se manosean (los más morbosos, porque la mayoría está demasiado metida en el juego para pensar en esas cosas).

Bueno, pues tres chamacos estaban jugando en el patio (no caben los 22 y por eso sólo había 3) y uno de ellos chutó (no preguntes). Fue un trallazo (tampoco) como de jugador de verdad. El que hacía de portero (defensor de la casita) no metió las manos, no le fueran a romper las uñas, y el balón fue a romper un vidrio de la vivienda de la Mocha. Los tres salieron corriendo a sus casas a terminar sus tareas, porque ya conocen a la Mocha cuando se enoja. Y sí, salió; y como no vió a nadie, regañó a todos los niños de la vecindad a gritos (sin insultos, porque su religión se lo prohibe; no como la del 13, que aunque su religión se lo prohíba también, si le rompen un vidrio se acuerda de todos los antepasados del niño ofensor). Los niños se rieron y le lanzaron unas palabras que acababan de aprender y que sus padres les ordenaron que nunca usaran en público (porque, en privado, hasta ellos las usan).

Entonces se le ocurrió al portero organizar unos equipos de futbol en la vecindad. El regalaría el balón y los guaruras, los uniformes. Eso no les gustó, pero la obediencia filial los obligó a aceptar. Luego hizo una junta y pídió a todos los niños que se apuntaran para formar los equipos. En un momento se formaron los “Rayos” y los “Relámpagos”. Pero había un problema; no tenían entrenador. El portero nombró entrenador a uno de sus guaruras, pero éste le dijo que no sabía jugar futbol. “Aprendes”, le contestó. “Es que no me gusta”, insistió el muchacho. “De hoy en adelante te va a gustar”, afirmó el portero. “Es que tengo una pata de palo”. “Así darás mejores patadas”, finalizó el portero. No hubo más discusión y fijaron las horas de entrenamiento a las cinco de la mañana, para que estuvieran frescos y descansados, en un baldío cercano donde no había muchas ratas. Los niños estaban felices. Y los papás también, porque al fin iban a lograr que sus hijos se levantaran temprano y llegaran a la escuela a tiempo; porque eso sí, a las 7 se acababa el entrenamiento, pasara lo que pasara.

Sólo un niño estaba triste porque no alcanzó lugar en los equipos, ni siquiera como aguador. El portero, que derrochaba simpatía y sonrisas, fue a decirle que le encontrarían un lugar un algún equipo. El niño dijo que no era posible, porque era ciego. El portero se quedó pensando y luego dijo: “Hay un puesto para ti. De árbitro”, y le dio un reglamento y un silbato muy estridente. “¿Pero cómo voy a ver las faltas y las violaciones?”, argumentó el niño. “Que te los cuenten los demás”, respondió el portero. Y sí, en el primer partido que tuvieron, con toda la vecindad presenciándolo y la Flor en el lugar de honor, un niño dio a otro un puntapié que lo tiró por tierra. Todos corrieron con el árbitro y éste escuchó 22 versiones diferentes del incidente y 22 opiniones sobre lo que tenía que hacer. Pero él, para no quedar mal, gritó “¡Penalti!”, y mandó que lo dirigieran contra el equipo del herido (la verdad es que no sabía ni de qué equipo era, y señaló al tanteo), Los espectadores protestaron, lo abuchearon y lo amenazaron con romperle la madre (pesa más de 100 kilos y es más brava que chofer de camión materialista, y en la primera escaramuza noqueó a tres padres, ya muy cargados de cerveza). Pero intervino el portero, que dijo que el árbitro era la autoridad máxima en el juego; y que ahí se hacía lo que el árbitro mandara, aunque estuviera equivocado (yo creo que no deben ser así las cosas, pero eso fue lo que pasó), y cuando el penalti (de penalty, castigo, en inglés) se convirtió en gol, todos aullaron de entusiasmo y se echaron un par de cervezas más para aclararse la garganta.

Acabando el partido, el portero se levantó; pidió silencio, para lo cual los guaruras tuvieron que echar unos tiros al aire y les echó un discurso, del cual sólo se entendió que así como uno de los equipos ganó el juego, así iba a marchar la vecindad con el próximo presidente del Consejo (no dió nombres). El chavo el 7 se rió muy fuerte, y todos se le quedaron mirando. Pero él se marchó tranquilamente, platicando con una chava que al pasar junto a la Flor le pisó los dos pies.

La cosa promete ponerse interesante. Ya te contaré.

Te quiere,

              Cocatú

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Número 12 - noviembre 2017
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