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Cartas a Tora CVII

Viernes, 02 de Noviembre 2018 - 15:20

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    Sí se hizo el concurso de Día de Muertos en las vecindades de por aquí. Nuestros vecinos lo tomaron con mucho entusiasmo, y todos colaboraron, salvo los del 56, que estaban muy pasados (de alcohol) esos días. Unos llevaron calaveritas de azúcar, de chocolate o de amaranto; otros, papeles de colores, cortados; algunos, platillos para la ofrenda… A los muertos se les ofrece la comida que más le gustaba y la ponen en una mesa para que tomen lo que quieran cuando lleguen a visitarlos. Y mucha gente dice que cuando comen esos alimentos el día siguiente saben diferente. Eso, a los niños les cae de variedad, y andan por ahí diciendo: “El mole me supo a caldo”, “A mi, a alcohol” (llamada de atención para los padres; pero no le hicieron caso). Uno que ya está en sexto y se cree el más inteligente de todos, dijo “A mi me sabe a mortaja”; como nadie sabe lo que eso es, le hicieron el feo y lo dejaron hablando solo.

    Ponen también una flor que sólo se ve en estos días, la flor de… No te digo cómo se llama, porque el nombre es muy difícil; yo no lo sé pronunciar, y menos, escribir, así que tú no vas a poder ni siquiera leerlo. Además, lo que menos importa es el nombre. Es una flor muy bonita, y la ponen en macetas o en ramos, en muchas formas.

    El patio quedó muy bonito, muy alegre, y todos estaban encantados. El día anterior al concurso fueron a ver los adornos de las otras vecindades, y todos les parecieron inferiores, salvo uno que tenía un ataúd con un muerto de mentiras, con cuatro cirios y un disco de campanadas sonoras y profundas, que impresionaba nada más al entrar al patio.

    Regresaron muy desilusionados, y se pusieron a pensar qué podían hacer para superar eso. De pronto, el portero dijo “Necesitamos un muerto de verdad”, y llamó a uno de sus guaruras (el más guapito). El muchacho empezó a caminar para atrás, pálido y tembloroso, negando con la cabeza y con ganas de echar a correr. ”No, yo no”, decía. El portero lo sujetó y le dijo: “No, bruto, no te vamos a matar”. “Sólo tendrás que matar a alguien”, dijo otro de los guaruras. “No, imbécil, no vamos a matar a nadie. Vete a la funeraria del parque, y tráete uno de los muertitos de allí!”. El muchacho se animó, sonrió y pidió “Que me acompañe alguien, porque pesan mucho”. Hubo muchos voluntarios.

    Tardaron bastante, pero al fin volvieron con el muertito, su ataúd, sus cirios y algunas coronas de flores. Lo curioso es que era un payasito de esos de fiestas de niños, con su nariz colorada y sus zapatotes que, según averiguaron, se había caído muerto en la calle y nadie lo reclamaba. Lo pusieron en el centro del patio, sacaron sillas y se dispusieron a velarlo hasta la noche siguiente.

    La gente que entraba quedaba encantada porque había gente que lloraba y tomaba sus “alipuses” (palabra que no existe, pero que significa lo que ya te imaginas) mientras los niños jugaban a ser zombies y pretendían comerse unos a otros. Antes de medianoche ya estaban todos como los del 56 (que, incidentalmente, eran los que más lloraban), y empezaban a pedir unos chilaquiles bien picantes que los del King’s se apresuraron a surtir, a un precio verdaderamente escandaloso. ¿Y qué crees que pasó? En el momento en que una turista, güera balín y todo, se inclinaba para ver el maquillaje del payaso, éste se levanta y dice “¿Dónde estoy?”. ¡Cataplum! La turista y los que la rodeaban.

    El griterío se oyó hasta el Zócalo. Vinieron policías, soldados y algunos marinos. Los que pudieron llegar a sus viviendas se encerraron en ellas; otros se desmayaron en las escaleras y el portero cayó como tabla hasta el fondo del agujero, que algunos creyeron que le había pasado algo grave y dijeron que lo bueno era que ya tenían ataúd.

    El guarura guapito estaba más blanco que el payaso y lo único que pudo hacer fue preguntar “¿Por… qué? ¿Por… qué”. El payaso saltó del catafalco y dijo que a veces le pasaban esas cosa, que se desmayaba de repente y se quedaba tieso. Una vez, despertó cuando ya lo estaban enterrando, y le costó mucho trabajo salir del hoyo sin ayuda. Y dio un saltito y cayó cuan largo era.

    Un niño, chiquito, hasta eso, se echó a reír y lo señalaba con el dedo. El payaso se paró de un salto, hizo una caravana y empezó a correr, con sus zapatotes haciendo ruido. El niño se rió más, y al poco rato otros niños rieron; luego, una señora; algunos vecinos se asomaron por puertas y ventanas y, por solidaridad, empezaron también a reír. Bueno, hasta la turista soltó algunas carcajadas. Acabaron todos abrazándose y bailando unos con otros.

    Ganamos el concurso porque, según dijeron los jueces “Habíamos sabido combinar la tradición con la modernidad, lo lúgubre con lo cómico”. El portero ni se enteró, porque estaba todavía como muerto. Pero no lo pusieron en el ataúd, por aquello de “hierba mala nunca muere”; lo metieron a la portería y lo dejaron en su cama. Allí despertó al cabo, gritando que la Patas de Hilo se lo quería llevar, y llamando a sus guaruras para que lo defendieran.

    A los habitantes de la azotea nos echaron un dulce de calabaza que estaba bueno, pero que era poco alimento. En fin, un día es un día.

Te quiere

Cocatú

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Número 22 - Octubre 2018
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