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Cartas a Tora CI

Viernes, 14 de Septiembre 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Toda la vecindad está excitadísima desde hace unos días, por la vecina del 19. Es una mujer ya grandecita, pero agradable, que nunca se mete con nadie. ¿Y sabes por qué? Porque tenía novio. Llevaba 35 años de novia con el mismo individuo. ¿Te imaginas? 35 años viéndolo todos los días, tocándolo (Con muchas reservas y muy delicadamente) todos los días y no pudiendo hacer más. Porque a decente nadie le gana. Todo eso está muy bien. ¡Pero 35 años! Yo, la verdad, no me lo explico.

El señor llegaba todos los días a desayunar con ella, se iba a trabajar y venía en la noche un rato. Se sentaban en la sala y allí se estaban platicando, con las ventanas abiertas para que todo el mundo pudiera ver lo que hacían (Ella vivía sola). No cenaba allí porque tenía que ir a atender a su mamá, y cenaba con ella. La mamá estaba enferma desde hace  casi 40 años. Por eso no se casaba, porque primera estaba su mamá. Lo cual me parece muy bien, pero era injusto para la muchacha. Digo muchacha por costumbre porque, como ya te dije, está grandecita. No digo que hubiera dejado sola a su mamá, pero podían haber encontrado una solución intermedia, ¿no te parece? Supongo que la exigente fue la mamá, pero no me consta. Como quiera que sea, él fue un gran hijo. Pero yo me pregunto si no tendría sus cositas por ahí, fuera de la decencia que tanto proclamaba. Perdón. Estoy desvariando. Pero es que veo tantas cosas aquí, que a veces no sé qué pensar.

El caso es que el domingo pasado, a eso de las doce, cuando el patio estaba lleno de gente que platicaba y se disponía salir a la calle, la señorita del 19 subió al primer piso, sacó un altavoz y dijo que tenía que hacer un anuncio. Y sin más ni más, dijo: “Me caso”. Se hizo un silencio impresionante. Todos se miraban, sin comprender lo que habían oído. Y la señorita añadió : “Están todos invitados a la boda”. Entonces se oyó un alarido de alegría, y todos subieron a felicitarla, que la pobre quedó toda estrujada, a pesar de que se metió en el hueco de una puerta para defenderse. Pero es que a las viejas no les cabía el entusiasmo en el cuerpo.

Y en la noche, cuando se presentó el novio, todas lo estaban esperando, y entonces le tocaron a él los estrujones y las palmaditas en la espalda (Y más abajo también, que hay algunas muy aprovechadas y querían comprobar la calidad de la mercancía). El pobre hombre no sabía si reir o llorar, porque ese día había enterrado a su mamá. Sí. La señora se murió; y en cuanto la depositó en su morada eterna (¿Qué te parece mi retórica?) fue a cumplirle a la que tantos años lo había esperado. Ese día sí cenó con ella, y estuvieron hasta  haciendo planes para la ceremonia (Siempre con la ventana abierta, porque es muy propio y no quiere empañar la reputación de la que va a ser madre de sus hijos… No, puede que eso ya no; pero sí se convertirá en la dueña de sus quincenas y bonos de asistencia). Total, que esa noche organizaron hasta la luna de miel, para satisfacción y vergüenza de la feliz señorita.

Aunque el señor vive en otra vecindad, los señores le hicieron una despedida de soltero, “porque bien merecida se la tenía”. Y, en combinación  con el portero, lo encerraron en un departamento vacío y le echaron a la Flor (y a su prima). El hombre se quedó patidifuso; ´pero supo muy bien lo que tenía que hacer con ellas; con lo cual confirmé que tenía sus “cositas” por ahí (Para que las madres exigentes comprendan el mal que pueden hacer a sus hijos obedientes y devotos). En fin, no pasó nada malo, porque la Flor (y su prima) son de absoluta confianza, y no le fueron con el chisme a la señorita del 19 (Aunque yo creo que ella se las olió, porque esa noche no pudo dormir y a cada rato se asomaba a la ventana).

El vestido de novia se lo hicieron las vecinas. Quedó un poco charro… No que pareciera traje de charro, sino raro, recargado, hasta cursi, si quieres. Pero es que cada una le quiso poner algo, y no quedó un centímetro sin una flor o un adorno o un colgajo “especial”. Y es que todas se hicieron partícipes de la felicidad de la novia (Sobre todo, las que no están casadas, quienes concibieron nuevas esperanzas de que algún día se les haga). La fiesta fue en el patio, no hay que decirlo. Todos los señores bailaron con la novia; y las mujeres, con el “muchacho” (Y aprovecharon para manosearlo y “prepararlo” para esa noche (Y lo hicieron tan bien, que el pobre cayó dormido en cuanto traspasó el umbral de la puerta). Al día siguiente se fueron de viaje de bodas. Y regresaron a los ocho días, con cara de cansados, por tanto nadar y jugar en el agua.

Viven aquí, en el 19, porque él no quiso volver a la casa donde su madre sufrió tanto. Se llevan muy bien con todo el mundo; pero él rechaza todas las invitaciones de los señores, pues ya sabe que  en algún momento aparecerá la Flor (y su prima) y no quiere tener problemas; dice que a él le basta con su esposa, y que no quiere a nadie más. Las viejas se enteraron el otro día de eso que decía, y también ellas le quieren poner una trampa; pero no se ha dejado, pues dice que su mujer es lo mejor que le ha pasado en la vida. Para que veas de que los hay, los hay.

Bueno, mi amor, te dejo. Estoy contento de todo ésto, porque me demuestra que hay gente buena en el mundo.

Te quiere,

             Cocatú

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Número 21 - septiembre 2018
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