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Cartas a Tora C

Viernes, 07 de Septiembre 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Estoy enojado con el portero. Ha hecho muchas cosas, pero la última me convenció de que, decididamente, es un desgraciado. Vas a ver.

Resulta que hizo una junta con los vecinos para hablar del agujero del patio. Como todos saben que esas juntas no sirven de nada, fueron unos cuantos. Pero, precisamente, ese día escogió el señor del 21 para reclamarle al portero el poco caso que hace de sus problemas. El del 21 es un señor muy serio, muy tranquilo; pero ese día se puso pesado, y le dijo al portero que era un abusivo, que no les hacía caso, que su elección fue una farsa, y que debían destituírlo si no hacía nada por  resolverles sus problemas. El portero le contestó muy  comedido, como ofendido porque piense así de él, y prometió poner remedio pronto y eficaz al problema del agujero; pero en cuanto se refugió en la portería empezó a insultar al señor del 21 y a decir que se iba a encargar de él.

Al cabo de unos días trajo un equipo de hombres, que se pusieron a trabajar en el agujero. Como siempre, el primer día se dedicaron a sacar tierra del agujero y a meterla después. Pero en la noche volvieron y, sin que nadie los viera, hicieron un  agujero en la mera puerta del 21, de modo que nadie puede salir ni entrar de la vivienda. Hubieras visto al día siguiente, la que armó el señor del 21, primero preguntando quién había hecho eso, y por qué. Cosa que nadie pudo contestar y, menos que nadie, el portero. Este se limitó a decir que habría sido alguien que lo quiere mal. Y como el señor le exigiera remedio, lo que hizo fue traer unas vigas y ponerlas sobre el agujero para que pudieran entrar y salir. Lo difícil fue sacar a la abuela, que está en silla de ruedas y, además, tiene vértigo; en cuanto pusieron la silla en las vigas, la señora se mareó. se cayó y se fue hasta el fondo. La sacaron con tan sólo un chichón en la frente, pero nada más, y se la llevaron al doctor porque la enfermera dijo que ella no podía hacer nada (aconsejada por el portero, que yo lo oí).

Ya para en la tarde, los del 21 habían encontrado la manera de pasar por las vigas sin caerse con todo  y la abuela. Pero entonces, esa noche el portero mandó a sus guaruras a untar manteca en las vigas, de modo que todo el que intentara pasar se resbalara. No quiero decirte cómo quedó la pobre abuela después de dos intentos de sacarla de la vivienda. Y es que no se dieron cuenta de que las vigas tenían manteca hasta que uno de los niños empezó a patinar en ellas como si fuera pista de hielo. Entonces, rasparon las vigas para quitarles la manteca. Pero en la noche, los guaruras le volvieron a poner.

Total, que la señora del 21 se rompió una pierna, La abuela, a pesar de estar tan vieja y tan delicada, no pasó de un chichón más grande que el primero, que ya hasta parecía que tenía cuernos. Entonces, el señor del 21 quitó esas vigas y puso unas maderas  que consiguió en una obra cercana, y que le cobraron a precio de oro. Pero se las volvieron a untar con manteca; y cuando sacaron a la vieja, la silla se fue, se fue, se fue y llegó hasta la calle dando tumbos y derribando a varios peatones. Abolló un coche, y el señor del 21 tuvo que pagar el daño, para lo cual pidió prestado en su trabajo y se endrogó para dos o tres años.

Desesperado, el señor puso guardias para vigilar que nadie hiciera nada en las maderas. Primero exigió al portero que le taparan el hoyo; pero el portero dijo que los trabajadores se habían ido, que se habían llevado el dinero que les adelantó para material, y que no podía hacer nada. El señor lo amenazó con denunciarlo en la Delegación, pero el portero contestó que le hiciera como quisiera (sabía que no le harían caso, porque en la Delegación estaba el chavo del 7, y ese no iba a hacer nada por ayudar a alguien no había votado por él). Pero los niños se quedaban dormidos o se iban a ver la televisión de los vecinos por la ventana; la abuela no veía nada sin anteojos y, casualmente, se le perdieron ese día; la señora no podía salir con la pierna rota, y él tenía que trabajar todos los días y no podía desvelarse. Sólo la hija podía pasarse la noche vigilando.

Allí estuvo la pobre muchachas dos o tres noches, paseando para mantenerse despierta. Pero un día, uno de los guaruras (aconsejado por el portero, desde luego), empezó a platicar con ella; y a la semana se fugaron. Hubo un disgusto enorme en la familia; pero cuando se enteraron de que estaba embarazada la recibieron de nuevo, porque “qué iba a hacer la pobre sin marido” (porque el muchacho, siempre aconsejado por quien ya sabes, se fue al pueblo y no volvió).

Por fin, el señor dobló las manitas. (Es un modo de hablar que significa…A ver,  imagínatelo) y le dijo al portero que tenía razón, que era muy difícil tapar el agujero;  y lo invitó a cenar al King’s con la Flor (y su prima), que comieron como náufragas y se los llevaron al hotel de la esquina, con el consiguiente disgusto de la esposa que, con la pierna rota y todo, fue a sacarlo de allí en la madrugada, con el consiguiente escándalo. El señor del 21 pidió perdón, la Flor se rió de la señora y la prima de la abuela, que la había acompañado, y todo volvió a la normalidad . (Ya no le untan manteca a las maderas, pero el agujero ahí sigue, llenándose de agua cada vez que llueve y criando moscas de todos colores).

Estoy triste. No me gusta cómo reacciona esta gente. En cuanto alguien tiene un poquito de poder, abusa de los demás. Y la que gana es la Flor (y su prima), con el consiguiente disgusto de las personas decentes. Habría que hacer algo con el portero, ¿no te parece? ¿Pero qué? A ver si me sugieres algo, porque a mí no se me ocurre nada.

Te quiere,

              Cocatú

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Número 21 - septiembre 2018
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