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Caminos

Martes, 02 de Octubre 2018 - 15:00

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Silvia Alicia Balbuena

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Caminé.

La mano fuerte y sólida de mi padre me lleva por los pastizales del campo y por el verdor de la placita, por los mosaicos del pequeño patio y por la granza de la cancha de tenis. Cientos de cielos nos iluminan y bocanadas de vientos nos silban. La gota del arroyito, añorante de pureza, salpica mi cara. ¿O es la lágrima de la nostalgia que se confunde con ella? Las alas me balancean en la hamaca, me transportan  ¿Fantasías o recuerdos? ¿Sueño o realidad?

Al despertar el mundo sigue inmóvil y sordo.

 

Camino.

El brazo fuerte de mi hijo sobre mis hombros se entrelaza con mi cabello color plata. Es como que la sustancia fugitiva del tiempo se plasma allí, se une a nuestro andar, se mece en nuestros susurros, se encadena en nuestras expectativas. Una gota escapada de mi Paraná, en el fulgor de la tarde y en el fervor por mi río, se funde con la lágrima emocionada de esos pasos alineados de paseo compartido.

 

Caminaré.

Y me siento con paso inseguro, vacilante. Una manita se entrelaza entre mis dedos rugosos, una sonrisa fresca se prende de mis ojos empequeñecidos de horas, mil porqué de una vocecita se enredan entre mis pensamientos y me obligan a la búsqueda de respuestas nuevas, inéditas, interesantes. ¿Será mi nieto que camina a mi lado? ¿Es una lágrima la que rueda o en ese deseo se enredan las infinitas espumas de ríos y mares lejanos?

El tiempo es una falacia. El círculo de la vida, como la rotonda de la autopista, me devuelve al mismo lugar. Los mismos olores, sabores, sonrisas, preguntas. Las voces se confunden. Lágrimas y gotas se deslizan. Los misterios, que parecen escapar descubiertos de mi puño entrecerrado, se vuelven nuevamente insondables.

Los caminos se entrecruzan, las pasiones se amalgaman, las visiones se difunden.



Número 23 - Noviembre 2018
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