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Apunte sobre la lectura y los libros

Viernes, 02 de Febrero 2018 - 15:00

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Juan Mireles

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¿A cuántos de nosotros nos han dicho que leer es importante? Lo vemos en campañas en medios, lo escuchamos de nuestros padres o de uno de ellos al que le despierta la consciencia de que la lectura nos dará elementos más sólidos para enfrentar la vida.

Al menos eso se intuye, creemos en la valía de ponerse a leer un buen libro. Pero, si lo pensamos detenidamente, al querer acercarnos a los libros, nos surge la pregunta, ¿qué leer?, y acaso, ¿qué es un buen libro? A muchos de nosotros nos han dicho alguna vez en la vida que debemos leer, inclusive si el mismo sujeto que nos lo está diciendo no lee.

Es como si el individuo que nos invita a leer se supiera condenado al fracaso en ese sentido; es decir, ha muerto en el “intento” por leer, pero quizá piensa que alguien más, con “mayores capacidades”, puede salvarse, puede lograr lo imposible: leer un libro.

-Por lo menos la consciencia del poder de los libros sigue intacto-.

Al hablar de libros nos topamos de frente con dos problemas fundamentales: la creencia de que los libros son para unos pocos entendidos, para gente aburrida, para un cierto sector social a la que no le gusta demasiado las personas y por ende se vuelve un tanto antisocial (esto último puede ser cierto, es uno de los problemas de la lectura: te vuelve más analítico y es cuando puedes ver más allá de las máscaras de todos…), y la mentira repetida diez veces que reza así: “no es lo mío” o “la lectura no se me da”.

La situación es que leer un libro no es cuestión de si es lo nuestro o si nacimos o no para leer. Lo verdaderamente importante es trabajar en favor de ir eliminando esos prejuicios que van más de la mano del miedo o malas experiencias a tempranas edades con lo que respecta a los libros que de nuestras capacidades.

De esta manera, y colocándonos del lado del que no lee porque no es lo suyo, podemos ver que muchas veces esto proviene de muy atrás; es decir, tal vez esta persona vivió una mala experiencia con los libros de pequeño.

Quizá lo pusieron a leer El Principito como a mí y lo odió. Quizá en secundaria lo obligaron a leer El Diario de Ana Frank y lo vomitó. Quizá le dieron a leer a Kafka a muy temprana edad. Quizá algún profesor “genio” les impuso el castigo de leer un libro muy voluminoso, como solía suceder en mi tiempo de adolescente. Quizá con todo lo anterior y más, lo hicieron sentir como un tonto, que no era capaz de leer un libro, que era él y no los astutos que obligaron esas lecturas y que colocaron esos libros en el programa escolar.

Y así es como empieza la distancia.

Así el error.

Así ninguna Reforma Educativa nos salvará.

Es decir, los libros tienen sus tiempos. Hay libros a los que se llegan con muchas lecturas y conocimientos en varias disciplinas para entenderlos en su totalidad. Hay autores que necesitan ser entendidos, con el tiempo. Hay autores que permiten el acceso temprano a las grandes letras -pienso en John Steinbeck u Horacio Quiroga o el propio Rudyard Kipling.

Hay libros que se sugieren de entrada para leer por el tipo de literatura que contienen (el estilo, el discurso narrativo, los giros argumentales, la construcción de personajes y demás).

No es novedad el éxito de Stephen King entre los adolescentes porque es una literatura que se acerca a ellos por los temas que trata pero no desde la pesadez sino desde los recursos narrativos que tiene el autor para mantenerte enganchado, leyendo.

No olvidemos que leer se vuelve un hábito que se va construyendo con el tiempo, con ese ir descubriendo libros, autores, temas y estilos. El meollo del asunto es entrar al mundo de los libros con el pie derecho, con lecturas de valía literaria pero más adecuada para los que inician.

No es leer por leer, es saber qué leer. Cada libro nos va llevando a otros libros. La búsqueda comienza cuando el primer libro nos gusta y nos entretiene.

Los valores literarios que se pueden ir encontrando en cada obra, es decir, la sofisticación del lector, irán llegando poco a poco. No hay prisa para llegar a ser un gran lector de novelas, cuentos, ensayos o poemas.

Tampoco se trata de leer 60 libros al año u obligarse a leer cierta cantidad de minutos al día. La cuestión está en encontrar el libro indicado (pregúntese qué temas le gustan en general, guíese con su experiencia en el cine; piense en sus rasgos, características, personales, en sus búsquedas. Pregúntese qué tipo de persona es usted, si es más introspectiva, que quiere conocer más a profundidad las sensaciones humanas, las suyas, que le atrae la idea de saber qué hay más allá de las emociones de las personas o si le atraen los temas históricos, si se siente fuera del tiempo o si lo que busca es mero entretenimiento o aventuras o misterio o ciencia ficción. Si lo suyo es crear accesos emocionales profundos, quizá la poesía sea para usted: sentir, sentir junto con el poema).

Cada literatura tiene su estilo y sus temas (la literatura francesa, japonesa, inglesa, mexicana tiene diferencias marcadas), ir descubriéndolas es parte de la riqueza de la lectura.

No es leer a Murakami porque el tipo es mediático y se ven sus libros en todas las mesas de novedades. Recuerde que la literatura no es por moda, los libros no deben escogerse por la cantidad de horas de pantalla que tiene un autor o porque aparecen sus libros en todos lados. En la literatura el tiempo no es lineal.

Guiarse en la compra de un libro por moda no beneficia el fomento a la lectura.

En fin, en esta época donde los tiempos de traslado de casa al trabajo y viceversa se vuelven tediosos y pesados, la literatura se vuelve opción, si lo ve incluso desde una óptica pragmática, para matar el tiempo.

Sea por la razón que sea, leamos. Acerquémonos a los libros. Uno de los mayores actos de libertad, quizá, sea la lectura.

Y no lo olvide: si un libro le parece pesado y aburrido, déjelo, vaya por otro, no se castigue leyendo un libro que no le gusta. No es manda.

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Número 16 - marzo 2018
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